Religión en Libertad

Cuando firmas la paz con noviembre o el milagro de rendirse

Durante años discutí con Dios por mis muertos. Al final me cansé, me arrodillé… y gané la paz por rendición. Ahora, en noviembre, rezo y sonrío: al parecer, el cielo sabe esperar.

Noviembre

NoviembreFoto de Annie Spratt en

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Hubo un tiempo en que noviembre era una amenaza. Cada día pesaba más de la cuenta y el aire parecía conspirar contra la alegría. Había nombres que dolían solo con pensarlos y fechas que se presentaban sin ser invitadas. Pero Dios, con su paciencia de cirujano, acaba por coser, incluso las heridas más hondas.

Y así, lo que antes era drama se vuelve anécdota con morriña, como decimos en mi tierra. Lo que dolía a muerte —y nunca mejor dicho— ahora se recuerda con una media sonrisa. Al final, una se da cuenta que llorar eternamente no resucita a nadie, pero reír sí los mantiene vivos en la memoria.

Este noviembre no es como los anteriores, y puedo certificarlo. Durante años estuve en obras, con el alma llena de andamios y carteles de “work in progress”. Pero este año, por fin, el trabajo está terminado. Ya no necesito revisar planos ni reforzar muros: la fe sostiene sola lo que antes se caía. Miro atrás sin que me falte el aire, y hasta me sorprendo sonriendo. Quizá porque he comprendido que los muertos no quieren lágrimas, sino vida. Y que, si el cielo tiene algo de burocracia, mis difuntos ya estarán más que instalados, revisando mis oraciones con una sonrisa cómplice.

Somos obstinados los humanos. Queremos tener la vida bajo control, escribir el guion sin tachones, decidir quién se queda y quién se va. Y cuando algo se nos escapa —como la muerte, que siempre sale mal— nos enfadamos con Dios, con el destino o con la mala suerte. Pero mi fe no nace de la victoria, sino de la rendición, de ese caer de rodillas ante el Sagrario, y decir: "ahora te toca a Ti, que yo voy justa de fuerzas". Es un trabajo lento, lentísimo, el de aprender a confiar. Y cuando una por fin se arrodilla, cansada de pelear, la paz se cuela sin ruido. Llega Dios, sin hacer alarde, y empieza a poner orden. Ese milagro que esperábamos no ocurre cuando lo exigimos, sino cuando abrimos la puerta y dejamos de vigilarla.

Con el tiempo, entendí que la cruz no es un castigo, sino una transformación. Que el dolor no desaparece, se recicla. Y que Dios, en su ironía divina, siempre encuentra la manera de convertir lo que duele en algo que salva.

Este noviembre ya no tendrá lágrimas, sino complicidades. Recuerdo a los que amé, sí, pero también las carcajadas, los enfados absurdos, los silencios cómplices y los viños en taza mirando la Ría. Y a veces me sorprendo hablándoles en voz alta: “Ya veis, sigo aquí, pagando facturas y comiendo sopa. No os quejéis, estáis mejor donde estáis.” Estoy convencida de que, si el cielo tiene sentido del humor —y debe tenerlo, si no sería insoportable—, ellos se ríen conmigo.

Noviembre, con sus días cortos y su luz cansada, ya no me da miedo. Es el mes en que la muerte se vuelve conversación, la tristeza se disfraza de ternura y la fe se vuelve una forma de humor. Porque hay que tener fe para reírse del pasado, y coraje para hacerlo con cariño.

He necesitado muchos noviembres para llegar hasta aquí. Pero hoy puedo decirlo sin dramatismo: la vida no salió como yo quería, salió mejor. A mi medida, con su dosis justa de golpes, ironías y regalos inesperados.

El tiempo, la fe y el humor —ese trío celestial— me han enseñado a soltar sin perder, a amar sin poseer, a esperar sin exigir.

Y ahora, cuando llega noviembre, ya no tiemblo. Solo sonrío y pienso: por fin he aprendido a vivir con los vivos… y con los muertos también.

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