Religión en Libertad

El universo no es fruto del azar, sino una obra diseñada por Dios con orden, belleza y armonía divina.

Contemplación que nos lleva a la caridad y a la paz

🔹San Agustín. La Ciudad de Dios 19, XIX 🔹

🔹San Agustín. La Ciudad de Dios 19, XIX 🔹

🔹San Agustín. La Ciudad de Dios 19, XIX 🔹- NMN

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A nadie se le prohíbe el ocio santo de la contemplación de la verdad, que es el descanso del alma; pero tampoco se debe negar el justo servicio de la caridad, que es la acción evangelizadora y el cuidado del prójimo🔹San Agustín. La Ciudad de Dios 19, XIX 🔹

San Agustín aborda uno de los equilibrios más delicados y cruciales de la vida cristiana: la tensión entre Marta y María, es decir, entre la acción y la contemplación. Agustín nos enseña que estas dos dimensiones no se contradicen, sino que se exigen mutuamente para que la vida del creyente sea verdaderamente plena.

En la tradición mística de la Iglesia, esta frase es el fundamento de lo que más tarde autores como San Bernardo o Santo Tomás llamarían la contemplata aliis tradere (dar a los demás lo contemplado). San Agustín no entiende el ocio como pereza o inactividad, sino como el silencio fecundo de quien se sienta a los pies del Maestro. Es el "descanso del alma", el espacio donde el espíritu se oxigena con la Verdad. Para la mística católica, este espacio es innegociable; sin él, el alma sufre una desnutrición espiritual.

El místico cristiano no huye del mundo por desprecio, sino que baja de la montaña de la contemplación con el rostro encendido de amor para servir al prójimo. La caridad es el control de calidad de la mística. Si nuestra oración no nos mueve a servir, no estamos contemplando a Dios. Estamos contemplando a nuestro propio ego.

En la espiritualidad cristiana, la acción y la contemplación son como la sístole y la diástole del corazón. La sístole (oración) recoge la sangre y la llena de oxígeno; la diástole (caridad) la bombea con fuerza para dar vida a todo el cuerpo.

Desde la Nueva Evangelización, este es el antídoto contra el activismo vacío y aparente. Llevar esta visión agustiniana al contexto de la evangelización en el mundo actual es de vital importancia, especialmente en una cultura marcada por la prisa, la eficacia métrica y el burnout (agotamiento) pastoral.

Los evangelizadores que multiplican eventos, estrategias de marketing y publicaciones en redes sociales, pero cuyas vidas interiores están secas, tarde o temprano dejarán la misión. Esperan resultados y no comprenden que Dios no busca resultados, sino paz interior. La Iglesia no somos una agencia de publicidad. El evangelizador debe tener tiempos de desierto, de silencio y de adoración para que su mensaje tenga "peso" espiritual.

La mística debe encarnarse porque ve la imagen de Dios en los demás. La Nueva Evangelización no es un club de bienestar espiritual; es salir adonde nadie quiere ir a sanar los corazones heridos. No se puede dar lo que no se tiene. El evangelizador actual debe presentarse ante el mundo no como un maestro que se lo sabe todo, sino como un testigo que habla de Alguien a quien ha contemplado en el silencio. El mundo de hoy no sigue a los propagandistas, sino a los testigos.

En una sociedad fuertemente secularizada donde las palabras religiosas a menudo ya no se entienden o generan rechazo, el "justo servicio de la caridad" es el primer paso de la Nueva Evangelización. Las obras de caridad abren los oídos del mundo para que luego la Verdad pueda ser escuchada.

En las redes sociales, es fácil caer en la dinámica de la opinión constante y el debate agresivo. El evangelizador digital debe llevar el "ocio santo" a las pantallas: propiciar espacios de belleza, de silencio y de reflexión profunda, alternándolos con llamadas concretas a la acción solidaria fuera del entorno virtual.

San Agustín nos regala una brújula perfecta: ni una contemplación tan egoísta que olvide la utilidad del prójimo, ni una acción tan frenética que pierda de vista a Dios. El secreto de la Nueva Evangelización no radica en inventar nuevas técnicas, sino en volver a este equilibrio clásico: ser profundamente místicos para ser verdaderamente misioneros.

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