Religión en Libertad

El universo no es fruto del azar, sino una obra diseñada por Dios con orden, belleza y armonía divina.

Ver a Cristo es cada día más complejo

🔹San Agustín. Tratado sobre Evangelio ed San Juan 74, 4🔹

🔹San Agustín. Tratado sobre Evangelio ed San Juan 74, 4🔹- NMN

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Dice que el mundo no puede recibir al Espíritu Santo, de la misma manera que si dijéramos: «La injusticia no puede ser justa». El mundo (esto es, sus amadores) no puede recibirlo porque no lo ve 🔹San Agustín. Tratado sobre Evangelio ed San Juan 74, 4🔹

Esta reflexión nos habla de la incompatibilidad entre el espíritu mundano y el Espíritu de Dios. San Agustín no condena la creación (el mundo físico), sino la "mundanidad", el amor desordenado por lo temporal.

Tenemos que tener claro que el conocimiento es fruto del amor. Solo se "ve" aquello que se ama correctamente. Lo que no se ama con amor transparente, se distorsiona. No es que Dios le prohíba al "mundo" recibir al Espíritu, sino que, por su propia naturaleza de "amador de lo transitorio", el hombre mundano se incapacita a sí mismo para abrir la puerta a lo trascendente. El Espíritu Santo es libertad y don; el "mundo" es posesión y egoísmo. Son sustancias que no se mezclan entre sí.

La visión de Dios no es física, sino intelectual y espiritual. El pecado es como una catarata en el ojo del alma. Mientras el alma esté "inclinada" (curvada sobre sí misma), solo ve la tierra. Para ver al Espíritu, el alma debe ser enderezada por la Gracia. Para ser llenos de Dios, primero debemos vaciarnos de lo que San Agustín llama "amores del mundo". El descanso místico solo ocurre cuando el peso del amor cambia de dirección: del objeto mudable al Bien inmutable.

Si hablamos de la Nueva Evangelización en el mundo de hoy, el reto de la invisibilidad es de gran importancia. En la sociedad actual, saturada de estímulos visuales y de consumo inmediato, esta frase adquiere una relevancia estratégica para el anuncio del Evangelio.

Tenemos que hacer visible lo invisible a través del testimonio. Si el mundo "no ve" al Espíritu directamente, el evangelizador debe ser el sacramento (signo visible) de esa presencia invisible. El mundo solo creerá en el Espíritu Santo si "ve" sus frutos (paz, alegría, paciencia) en los cristianos. Tristemente, en la actualidad, los católicos vivimos la fe desde perspectivas superficiales.

La Nueva Evangelización no consiste solo en dar información, sino en enseñar a la gente a mirar más allá de las pantallas, de los festejos culturales o de las fiestas emotivistas que tanto se promocionan. Tendríamos que proponer una "ecología del espíritu" que limpie los sentidos de la saturación comercial y recupere la capacidad de asombro ante el Misterio.

Como dice San Agustín, la injusticia no puede ser justa. Evangelizar hoy también es advertir que buscar la felicidad plena en lo mudable es una "injusticia" contra uno mismo, una estafa existencial. Solo el Espíritu Santo, que es el Amor Eterno, puede saciar un deseo que es, por diseño, infinito.

San Agustín nos recuerda que Dios es "más íntimo a mí que mi propia intimidad", pero para el "amador del mundo", Dios es el gran Ausente. El reto hoy no es convencer a la gente de que Dios existe, sino ayudarles a desearlo lo suficiente como para que sus ojos empiecen a abrirse. Como decía el santo, "Dios no es visto, sino amado; y amado, es visto".

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