Las adicciones y Gollum
"Algo externo entra en su vida haciéndole creer que en él está el fin de sus sufrimientos y la verdadera felicidad. Porque nadie quiere sufrir. Así, el Anillo empieza a ocupar un lugar en su corazón que no le corresponde"
Gollum, el adicto
Ni tú, ni yo, ni nadie estamos libres de sufrir una adicción. Algunas tienen detrás una sustancia, como el alcohol o las drogas. Otras no tienen sustancia ninguna: la pornografía, las redes sociales, el juego. Para comprender cómo atrapan las adicciones y el daño que provocan, me parece muy lúcido el personaje de Gollum y su enganche al Anillo Único en El Señor de los Anillos. Tolkien es un maestro describiendo la mente y el alma humana. Lo que cuenta parece fantasía, pero es profundamente real.
Lo primero que no hay que olvidar es que cualquier adicción va desfigurando a la persona. Esto es más visible cuando hay sustancias de por medio, pero ocurre en todas. Sin embargo, la adicción no define a la persona. Debajo sigue habiendo un corazón amado por Dios, aunque otros ya no puedan reconocer la humanidad que se esconde bajo lo que parece un monstruo. Gollum, antes de llamarse así, era Sméagol: un hobbit que vivía con su abuela, que tenía sueños y proyectos de vida, al que le gustaba ir a pescar y estar con su amigo Déagol. Algo externo entra en su vida haciéndole creer que en él está el fin de sus sufrimientos y la verdadera felicidad. Porque nadie quiere sufrir. Así, el Anillo empieza a ocupar un lugar en su corazón que no le corresponde.
Lo siguiente es que el Anillo, como cualquier cosa que engancha, irá produciendo en Gollum una obsesión. Ya no piensa en otra cosa que en lo que él llama “mi tesoro”. Todo su mundo comienza a girar en torno al Anillo: sus pensamientos, sus decisiones, sus comportamientos. Los de fuera se dan cuenta de que está cambiando. Él no. Eso mismo ocurre en cualquier adicción. Lo que engancha va ocupando el centro de la vida, reorganizándola y desplazando poco a poco lo demás. Se pierden vínculos con otras personas, se abandonan proyectos, se deja de dar importancia a responsabilidades familiares o laborales. El adicto ya no piensa tanto en si algo está bien o mal, sino en si eso le permite rendir culto a “su tesoro”.
Aparece también el autoengaño. Es evidente que Gollum ha cambiado, que el Anillo lo está consumiendo desde dentro. Pero parece incapaz de reconocerlo. A la persona adicta le ocurre algo parecido. Le será muy difícil admitir por sí sola que tiene un problema. Repetirá frases a las que se aferra para seguir con su conducta: “yo controlo”, “no es para tanto”, “lo dejo cuando quiera”. Pero la realidad es otra: cuanto más tiempo se tiene el Anillo, más difícil resulta desprenderse de él.
Por supuesto, en toda adicción aparece la mentira. Gollum manipula, oculta, engaña continuamente. Proteger “el tesoro” está por encima del daño que cause a los demás. El Anillo lo consiguió matando a su amigo Déagol, y aun así dirá que fue un regalo de cumpleaños que merecía. Toda adicción empuja a mentir: a la familia, a los amigos, a uno mismo… y a Dios.
¿Y qué consecuencias tienen esas mentiras y ese daño a los demás? El aislamiento. Gollum acaba solo, escondido en una cueva profunda, contemplando el Anillo, triste y enfadado, perdiendo poco a poco la noción del tiempo y de la realidad. Las adicciones producen algo parecido. Aíslan a la persona de su familia y de sus amigos. Con ellos paga sus frustraciones, su tristeza y su enfado. Y al mismo tiempo es incapaz de reconocer que está enganchado a algo. Cuando algo se convierte en un ídolo, cualquiera que intente ayudar parece una amenaza. El adicto reacciona atacando. Y quienes están cerca sufren mucho: la mentira constante y los golpes emocionales terminan rompiendo la confianza.
Al final, Gollum ya no posee el Anillo: el Anillo lo posee a él. Igual que una adicción. Sin embargo, como en el fondo sigue siendo Sméagol, de vez en cuando aparecen momentos de lucidez. Instantes en los que se da cuenta del daño que se está haciendo y del daño que está causando a los demás. Por un momento incluso parece que puede cambiar. Eso también ocurre en las adicciones. Hay instantes de claridad, momentos de lucha interior en los que el deseo de ser libre aparece con fuerza.
¿Qué se puede hacer? No se puede salir de un pozo profundo sin ayuda externa. Lo más difícil es pedirla, porque implica reconocer el problema sin minimizarlo y poner la verdad sobre la mesa. Las adicciones se afrontan desde muchos frentes. Los sacerdotes, por ejemplo, ofrecemos ayuda espiritual, para que la persona no pierda de vista la mirada que Dios tiene sobre ella: una mirada de amor, incluso cuando vive como Gollum en la cueva más honda. La terapia también es necesaria. Ayuda a entender lo que hay detrás de la adicción: dolor, ansiedad, vacío, soledad, traumas, estrés… Ayuda a manejar los impulsos y a reconstruir la vida. La familia y los amigos también son fundamentales: ayudan a romper la negación del problema, a sostener en los momentos difíciles, a que la persona no esté sola, a recordarle una y otra vez que es amada, y a poner límites sanos para evitar volver a aquello que la destruye.
Las personas con adicción que piden ayuda necesitan acompañamiento. Las que no la piden también lo necesitan, pero hacerlo será imposible. No sirve moralizar ni hablar desde la superioridad. ¿Por qué en El Señor de los Anillos es Frodo, y no Sam, quien comprende a Gollum e intenta ayudarle? Porque Frodo también lleva el Anillo. Sabe lo que el Anillo hace en la mente y en el corazón. Sabe que Gollum no siempre fue así. Sabe que el Anillo hay que destruirlo o terminará destruyéndolo a él.
Nadie comprende mejor el sufrimiento que quien también ha sufrido. Por eso Frodo comprende a Gollum. Y nadie puede cargar con pesos tan grandes solo. Por eso Frodo necesita a Sam.
No temas pedir ayuda. Como dijo Aragorn: "siempre hay esperanza"