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Con sus heridas hemos sido curados

Con sus heridas hemos sido curados

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Tres fueron los enemigos que, desde el origen, hicieron del hombre un cautivo: el pecado, la muerte y el demonio. Tres heridas abiertas en la historia humana, tres cadenas invisibles que, desde Génesis, han marcado el corazón del hombre con una inclinación a la ruptura, a la disolución y a la mentira. No se trata de realidades abstractas, sino de poderes que han configurado la existencia concreta de cada persona, como una herencia que no elegimos, pero que experimentamos. El pecado oscurece la inteligencia y debilita la voluntad; la muerte se cierne como horizonte inevitable; el demonio susurra la mentira que aleja de Dios. Y así, el hombre, creado para la comunión, se descubre dividido en sí mismo, temeroso ante el final y vulnerable ante el engaño.

La cruz, medicina y victoria

Pero allí donde abundó la herida, sobreabundó la gracia. La sabiduría de Dios, que no responde al mal con una mera negación externa, ha querido sanar desde dentro, entrando en la misma trama de la historia. Y lo ha hecho de un modo que desborda toda lógica humana: mediante la cruz. Aquello que parecía instrumento de suplicio se ha convertido en instrumento de salvación; aquello que parecía signo de derrota se ha revelado como trono de victoria.

No es casual que fueran tres los clavos que sujetaron el cuerpo de Cristo. Este número reviste una misteriosa correspondencia con los tres enemigos que mantenían al hombre en esclavitud. Como si el Señor, en su infinita pedagogía, hubiera querido dejar impresa en su propio cuerpo la forma concreta de nuestra liberación.

El clavo de la mano derecha: liberación del pecado

El primer clavo atraviesa su mano derecha. La mano, en la Escritura, es símbolo de la acción, del obrar, de la toma de posesión. Con su mano, el hombre transforma el mundo, pero también, trágicamente, puede apropiarse de lo que no le corresponde. Así sucedió en el principio: Adán extendió su mano hacia el fruto prohibido (cf. Génesis 3, 6), y en ese gesto aparentemente pequeño se condensó toda la tragedia del pecado. No fue solo comer de un fruto, fue erigirse en medida de sí mismo, fue tomar en lugar de recibir, fue preferirse a sí mismo antes que a Dios.

Cristo, nuevo Adán, responde a ese gesto con uno radicalmente opuesto. Su mano derecha no se extiende para tomar, sino que se deja fijar. No se mueve para apropiarse, sino que permanece inmóvil en la obediencia. El clavo que la atraviesa no es solo un instrumento de dolor, es el signo visible de una voluntad plenamente entregada. Donde Adán desobedeció, Cristo obedece hasta el extremo (cf. Romanos 5, 19). Y en esa obediencia, el pecado queda desactivado en su raíz. La mano que se había convertido en símbolo de apropiación se transforma ahora en lugar de don total. Ya no hay un “tomar”, sino un “entregarse”. Así, el clavo de la mano derecha no solo hiere, sino que sana; no solo inmoviliza, sino que redime.

El clavo de la mano izquierda: liberación de la muerte

El segundo clavo atraviesa su mano izquierda. La izquierda, en el lenguaje simbólico de la Escritura, evoca el ámbito del juicio, de la separación, del destino de aquellos que se alejan de Dios. En el gran discurso escatológico, el Señor habla de los que serán colocados a la izquierda, caminando hacia la muerte eterna (cf. Mateo 25, 33.41). La izquierda se convierte así en imagen de la muerte, no solo como término biológico, sino como destino de separación definitiva.

Cristo ha querido que también su mano izquierda sea atravesada. No ha evitado ese lugar. Ha entrado en él. Ha asumido en sí mismo la experiencia de la muerte, no como quien es vencido, sino como quien la atraviesa desde dentro. El clavo que hiere su mano izquierda es el signo de que ha penetrado en el territorio de la muerte para desactivarlo. Y desde esa elevación en la cruz resuena su palabra: «Y yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (cf. Juan 12, 32). Hay en la cruz una fuerza de atracción que no excluye a nadie. Incluso aquellos que caminaban hacia la izquierda, hacia la muerte eterna, son alcanzados por ese amor que no se retrae. La muerte, que parecía tener la última palabra, se ve desbordada por una vida que no puede ser contenida.

El clavo de los pies: victoria sobre el demonio

El tercer clavo fija sus pies. Los pies hablan del camino, de la dirección de la vida, del lugar hacia el que uno se dirige. Desde el comienzo, la serpiente ha intentado desviar el camino del hombre, introducirlo en sendas torcidas, apartarlo de la verdad. En Génesis se anuncia una lucha: la serpiente herirá el talón del descendiente de la mujer, pero este le aplastará la cabeza (cf. Génesis 3, 15). Es una imagen cargada de fuerza: el talón herido, la cabeza vencida.

En la cruz, los pies de Cristo son atravesados. Su camino queda aparentemente detenido. Ya no puede avanzar. Y, sin embargo, es precisamente ahí donde se consuma la victoria. La herida en sus pies es la actualización de aquella profecía antigua. El demonio hiere, pero su herida no es definitiva. Cristo, desde esa misma herida, aplasta la cabeza de la serpiente. El clavo de los pies se convierte así en signo de un combate que termina en victoria. El enemigo, que parecía dominar el camino del hombre, queda definitivamente vencido.

Las llagas que curan

De este modo, el cuerpo de Cristo en la cruz se convierte en un mapa de la redención. Cada clavo señala una victoria. Cada herida se abre como fuente de vida. Y así se cumple la palabra del profeta: «por sus heridas hemos sido curados» (cf. Isaías 53, 5). No se trata de una curación superficial, sino de una sanación que alcanza las raíces mismas del mal. El pecado es deshecho por la obediencia, la muerte es vencida por la vida entregada, el demonio es derrotado por la fidelidad de Cristo.

María Corredentora, la nueva Eva asociada a la victoria

Y en esta victoria de Cristo, la Iglesia ha contemplado también, de modo luminoso, la participación de Virgen María. A partir de la traducción latina de la Vulgata realizada en el siglo IV, donde el texto de Génesis 3, 15 fue leído en forma que podía referirse a “ella”, la tradición cristiana, especialmente en la Edad Media, profundizó en el misterio de la nueva Eva. Así, se vio en María a aquella que, en íntima unión con su Hijo, participa en la victoria sobre la serpiente. Si Cristo aplasta la cabeza del enemigo por su obediencia perfecta, María, con su fiat, deshace la desobediencia de Eva, cooperando de modo singular en la obra de la redención. De este modo, la misma profecía adquiere un resplandor más amplio: el Hijo vence, y la Madre, unida a Él, participa de esa victoria. Así se expresa, en lenguaje teológico, su colaboración como corredentora, mostrando que la gracia de Cristo no actúa de modo aislado, sino que suscita una respuesta libre y plena en el corazón de la criatura.

Una libertad que comienza en la cruz

Así, la cruz deja de ser un acontecimiento lejano y se convierte en principio de vida nueva. En ella, el hombre descubre que su historia no está cerrada por el pecado, ni sellada por la muerte, ni dominada por el demonio. En ella descubre que ha sido liberado. Y que esa libertad, nacida de los clavos, está llamada a desplegarse en cada gesto, en cada decisión y en cada paso de su camino.

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