Y eso hace posible por ejemplo que hablemos de violencia machista y no podamos hablar de violencia mujerista; que se pueda convocar un simposio sobre las afrentas españolas a Cataluña y a nadie pueda convocar un simposio sobre las afrentas catalanas a España (¿se le ocurre a alguien lo que habría sucedido en este país de nuestros dolores y alegrías si alguien hubiera hecho algo parecido?) o que un catalán pueda decir que odia España, pero sea inaceptable que un español reproche siquiera algo a los catalanes; que la izquierda no pare de remembrar a la derecha sus culpabilidades durante la Guerra Civil española, y la derecha no pueda ni mencionar las gravísimas responsabilidades que cupieron a la izquierda en el mismo conflicto (pinche aquí se desea conocer alguna especialmente lacerante); que los homosexuales puedan hacer mofa de los obispos en sus fiestas-astracanada y que a la Iglesia ni siquiera pueda expresar su opinión sobre la homosexualidad. O como por desgracia ha llegado a ocurrir en España, que los asesinos puedan denigrar a las víctimas de sus asesinatos y éstas por el contrario no puedan oponer otra respuesta que el silencio, la resignación, el olvido y el perdón. Sólo a modo de ejemplo, hace no tanto, pocos años, en un deleznable artículo perpetrado en su columna "La Tronera" en el diario El Mundo alguien tan beneficiado por el discurso asimétrico del que hablo como Antonio Gala sostenía una tesis que más-menos dictaba: las víctimas a callar, ahora toca hablar a gobierno y terroristas.
¿Alguien se imagina lo que habría ocurrido en nuestro país
ante un simposio titulado "Cataluña contra España"?
Y todo ello, -lo que lo hace particularmente grave-, no en una dictadura que más o menos acepta su condición de tal, no, sino en un régimen que blasona hasta el aburrimiento de su carácter democrático, igualitario y liberal.
Lo deseable sería, desde luego, que los sectores privilegiados en el discurso de los que hablo (izquierda, feminismo, homosexuales, nacionalistas…) hicieran un ejercicio de abandono de la posición radical en la que se han colocado y se avinieran como conviene al comportamiento democrático y como merece la inteligencia humana, a intercambiar puntos de vista sin instalarse en una posición de superioridad moral y de santa indignación ante la contradicción. Pero ante la escasa probabilidad de que lo hagan motu proprio, lo que es intolerable desde ya es que unos colectivos puedan utilizar el lenguaje para la agresión de otro y el colectivo agredido no sólo no pueda hacer lo propio ni casi defenderse, sino que encima esté obligado a aceptar las afrentas con absoluta resignación y hasta deportividad, so pena de ser tildado de fanático, marginal, asocial y demás amables epítetos con los que es obsequiado si opta por una respuesta al mismo nivel a aquél en el que se dirigen a él. Y eso si, como ya empezamos a ver en algunos lugares y en algunas ocasiones, la represión de la respuesta no se produce directamente en los tribunales penales, como es la aspiración de muchos de los componentes de esos sectores beneficiados por la asimetría del discurso. Pero por desgracia, hemos dejado de ser iguales, o como decía ya el cerdo Napoléon de la granja de Orwell, iguales sí, “pero algunos más iguales que otros”.
©L.A.
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