David Luque: “Investigo la educación liberal para hablar del amor”
En “Si los libros amaran”, el profesor madrileño muestra cómo los grandes libros pueden educar el corazón para los demás y abrir un espacio razonable para la pregunta por Dios.

Un libro que se abre y deja salir amores: la literatura como escuela silenciosa del corazón.
En "Si los libros amaran", el filósofo de la educación David Luque recorre la tradición de la educación liberal —de Newman a Gadamer, MacIntyre, Arendt o Nussbaum— para mostrar que en el centro de toda auténtica formación no hay solo métodos, sino amores. A través de los grandes libros, sostiene, se ensancha la inteligencia, se refina la compasión y se educa el corazón para los demás y para Dios, frente a una pedagogía de las “competencias” cada vez más utilitarista y fragmentada.

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En esta conversación, el profesor madrileño desgrana por qué la educación liberal sigue siendo, lejos de toda nostalgia, una propuesta esperanzada para padres, docentes y jóvenes que aún creen que la cultura puede cambiar la vida.

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-Como bien dices, querido Moxó, el libro nace de la convicción de que la educación liberal tiene una capacidad inusitada para transformar a las personas en aquellas dimensiones antropológicas que han sido consideradas como clásicas por la tradición humanística (la intelectual, la moral, la política, la estética, la emocional y la religiosa, que estructuran el ensayo). Eso no quiere decir que otros métodos educativos no ayuden también a esta formación integral, pues, como se puede ver en el capítulo sobre la formación estética que aparece en el ensayo, el pragmatismo tiene mucho que aportar ahí debido a la profundización que realizaron sobre esta perspectiva y que la educación liberal no supo atender desde una perspectiva estrictamente pedagógica.
Pero sí es cierto que cuando se estudian los textos más importantes sobre la educación liberal desde John Henry Newman hasta nuestros días es posible percibir que esta tradición, entendida como una apropiación íntima de la alta cultura, repite argumentos de distinta naturaleza que sitúan las distintas formas del amor en el centro: todas las personas adecuadamente educadas en esta tradición terminan adquiriendo una apertura de miras, una empatía más refinada y una compasión más activa y, cuando se llega a las implicaciones teológicas, el amor de Dios encuentra una vía pedagógica que se hace uno con el amor humano y que es capaz de aportar una profundidad diferente a las distintas dimensiones humanas que acabo de referir (no por cantidad ni calidad, sino acaso por una profundidad que pone de relieve un mundo invisible). El libro nace de esa inquietud y esa convicción: que la educación liberal libera al ser humano para amar libremente.
-En realidad, toda la tradición de la educación liberal respondería unánimemente en este sentido (quizá porque casi toda ella ha revisitado los textos de Newman, como sostengo en el libro): el planteamiento de la actual formación que comentas implica que ya desde niveles muy elementales se produce un estrechamiento fragmentado en la captación de la realidad y un interés por supeditar los fines educativos a un utilitarismo condicionado por dinámicas neocapitalistas. Lo que ha dejado de ver esa vertiente utilitarista‑competencial de la educación es que las personas se mueven por amor y que la capacidad de amar puede ser también formada y que la vía natural para una educación así son las humanidades que constituyen el grueso de la educación liberal.
Los estudios psicológicos ya nos han dicho, y parece asentado en la conciencia pedagógica, que los estudiantes aprenden mejor aquello que los conmueve, con independencia de que se necesite también una entrega a las áreas de conocimiento donde no se experimenta esa intensidad (Weil dirá que el deseo de luz produce luz, al hilo de una meditación sobre el estudio); se sabe que la fuerza que nos lleva a cooperar unos con otros en un mundo donde el espacio público es cada vez más plural no puede reducirse a una mínima neutralidad, sino a un esfuerzo por encontrarse con el otro y apoyarle en su proyecto de vida; y así podríamos seguir con cuantas dimensiones humanas conforman el libro.
lector: un amor contemplativo y paciente o un amor combativo frente a la tecnificación de la
cultura?
-Qué pregunta tan bonita me realizas, Moxó. Si los libros pudieran amar, veríamos que lo que quieren es proporcionarnos los recursos que necesitamos para llegar a ser quienes somos verdaderamente, desde lo más profundo de nuestro corazón. Acaso, nos aman en tanto forman en nosotros la capacidad de ayudar a que otros también alcancen un proyecto de vida más profundo, y eso nos hace sentir felices y plenos también a nosotros mismos.
Eso implica todas las opciones que señalas, querido Moxó: a veces la más alta contemplación porque constituye la más alta forma de felicidad, a veces combatir las injusticias que percibimos en nuestro día a día y, con frecuencia, lo combativo lleva a la contemplación y existe una contemplación en la lucha por la justicia. En el ámbito estrictamente religioso, me parece que un gran ejemplo de esta dinámica son las esculturas de Timothy Schmalz (y que, en algún sentido, representan muy bien lo que provoca la educación liberal). Schmalz tiene una escultura llamada «Homeless Jesus» (que no por nada se encuentra frente a la limosnería vaticana, entre otros lugares) donde aparece una persona sin hogar durmiendo en un banco, de entre cuyos cartones y mantas asoman unos pies que muestran las heridas de los clavos de la crucifixión y revelan que es Jesús mismo quien está sin hogar en un banco de cualquier ciudad.
Si eso arraiga en el fuero interno, cuando sales a la Plaza de San Pedro y tomas Via della Conciliazione, o cuando vuelves al metro de Madrid o de New York, contemplas a las personas sin hogar de un modo diferente porque tu mirada se ha educado para percibir la realidad de otra manera. Si los libros pudieran amar, creo que amarían de un modo así.
-Nuestra tradición teológica contemporánea se caracteriza porque sale al encuentro de la tradición filosófica y otras ramas de conocimiento para conversar con ellas y enriquecerse de sus aportaciones y, cada vez de un modo más frecuente, también el Magisterio en sus diversas formas incluye referencias a grandes humanistas que nos permiten profundizar siquiera un nanomilímetro más en el misterio. En el caso de los autores que aparecen en el libro se dan tres circunstancias que parecían haber pasado desapercibidas por los teóricos de la educación liberal y que a mí, sin embargo y desde el principio, se me han aparecido muy evidentes en mi imaginación como piezas que contenían ecos newmanianos que servían para trazar un desarrollo de esta teoría educativa que respondiera a las problemáticas que atraviesa la educación superior en el presente.
La primera es que todos estos autores han sido formados o han escrito explícitamente o han influido directamente sobre la tradición de la educación liberal tal y como la conocemos hoy; además, implícita o explícitamente han confesado una cierta fe, con independencia de que constituyera el punto central de sus sistemas de pensamiento; por último, sus argumentos pedagógicos siempre se abrieron a la cuestión de lo religioso en la formación humana y al lugar que ocuparía el amor en la teoría de la educación liberal. Siendo esto así, era relativamente sencillo trazar la manera en que las ideas pedagógicas de Newman podían desarrollarse y actualizarse hasta el presente, encontrando una respuesta para todas las personas que aspiran a formarse humanísticamente y, más todavía, como una forma propia de formación religiosa como lo es la educación liberal.
-Como el profesor Torralba señala en el prólogo del ensayo muy acertadamente, el texto admite tres lecturas (como aquellos libros que existían cuando éramos pequeños y que nos dirigían a una página u otra según la decisión que tomáramos si estuviéramos en el lugar de los personajes). Hay una lectura de capítulos sueltos que los profesores de universidad o de secundaria podrían usar como materiales de discusión con sus estudiantes. Hay una lectura que pueden realizar personas increyentes que prefieren prescindir de lo religioso y donde se encuentra una vía que permite explicar cómo formar a través de la educación liberal en una captación intelectual profunda así como en una grandísima empatía y compasión.
La tercera lectura puede ser realizada tanto por creyentes e increyentes de todas las confesiones y proporciona una vía explicativa que permite ver que lo teológico añade una cierta profundización en la realidad que es propia de la visión religiosa del mundo. Quizá los grandes libros preparan para la pregunta sobre Dios en todos los escenarios anteriores porque, haciéndome eco de George Steiner (cuya forma de pensar tan erudita y creativa y libre a la vez yo admiro tanto), se encuentran habitados por el Libro.
-¡Las escenas donde los libros transforman a las personas casi constituyen un género literario en sí mismo! El propio Newman es ejemplo tanto de alguien transformado por la lectura como de alguien que transforma. Siempre digo que el libro que más disfruto leyendo de su obra es el Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana (por cierto, sobre cuyas premisas se asienta mi propio ensayo), que escribió movido por la lectura de los Padres de la Iglesia que había realizado y que le llevaron a cuestionarse su pertenencia eclesial, y, como autor, sus propios sermones continúan todavía hoy moviendo a la conversión a muchas personas que pertenecen al anglicanismo (algunas de las cuales yo he conocido personalmente).
Por supuesto, yo he sido formado en la tradición jesuítica y san Ignacio de Loyola es para mí un lugar común para ilustrar este tipo de experiencias (aunque a muchos de los lectores les vendrá a la cabeza san Agustín de Hipona); más allá de esos ejemplos clásicos, usualmente pasamos por alto la manera en que la mística constituye en sí misma una experiencia pedagógica que gira alrededor de diversos escritos donde se comunica algún tipo de experiencia religiosa elevada, a partir de la cual otras personas organizan sus vidas en contacto con acompañantes o de forma autónoma. Y no nos olvidemos del Caballero de la Triste Figura que, fruto de las lecturas de libros de caballerías que realizó y, un poco a su manera, ha enseñado a la humanidad que es posible luchar por causas que se consideran justas. O el Dante que nos aparece en la Comedia y que reconoce a Virgilio no sólo como su maestro en cuestiones estéticas, sino existenciales hasta tal punto que le conduce del Infierno al final del Purgatorio.
-Una de las razones que doy en el libro para argumentar que es necesario trazar un desarrollo de los argumentos de Newman a la manera en que la educación liberal vive en el presente es que los problemas de la educación superior actuales son los mismos contra los que escribió el santo inglés, pero amplificados: el utilitarismo que condiciona incluso la naturaleza de las instituciones universitarias hoy (por ejemplo, en el orillamiento de las instituciones públicas frente al favorecimiento de privadas, cuando, por decirlo con argumentos de Newman, lo universitario se ha caracterizado desde sus orígenes porque ofrece cultura sin esperar nada a cambio), la fragmentación del saber a edades cada vez más tempranas donde los estudiantes deben decidir itinerarios que estrechan su percepción de la realidad y la preocupación por conseguir respuestas rápidas para todo más que por alcanzar las preguntas adecuadas.
Si este diagnóstico que compartimos ambos es cierto, Moxó, los primeros brotes de la respuesta también se encuentran en el propio Newman y crecen de forma inusitada en los autores que se han sumado a la tradición de la educación liberal que aparecen en el libro como los continuadores vivos de esta tradición educativa. No es una elegía porque la educación liberal sigue viva y no es sólo un diagnóstico crítico porque no se reduce a una crítica estéril: es una propuesta esperanzada a la manera en que la entendía Jürgen Moltmann, acuérdate, la confianza razonada de que la adquisición de un hábito filosófico de la mente y la formación de un corazón noble es posible como un proyecto abierto que emerge en cada aula donde un docente decide acercar a sus estudiantes a la gran tradición humana a fin de que el mundo adquiera formas que nosotros ya no somos capaces de soñar.