«Belén nos sigue acercando a Dios desde la clausura del Cielo»
Sus padres, Estanislao Pery y María Osborne, cuentan cómo la joven carmelita de San Calixto (Córdoba),continúa transformando vidas con su sencillez, su alegría y su manera de afrontar la enfermedad.

Conferencia “¿Para qué sirve una monja de clausura?”, semblanza de la Hna. Belén de la Cruz en la Basílica del Sagrado Corazón (Cerro de los Ángeles), a cargo de Estanislao Pery, su padre.
Sor Belén de la Cruz, carmelita descalza del convento de San Calixto (Córdoba), murió en 2018 con 33 años, dejando tras de sí una estela de luz que no ha dejado de crecer. Sus padres, Estanislao Pery y María Osborne, autores del libro "Belén, carmelita descalza, nuestra hija" (Editorial Xerión), han recorrido numerosas diócesis presentando el testimonio de su hija y respondiendo a una pregunta muy actual: «¿Para qué sirve una monja de clausura?». Con motivo de la conferencia que impartirán, el sábado 23 de mayo, a las cinco de la tarde, en la Basílica del Sagrado Corazón (Cerro de los Ángeles), comparten aquí cómo su hija sigue moviendo corazones, enseñando a rezar y mostrando el verdadero sentido de la vida contemplativa y el modo de cargar con la Cruz.
Entre recuerdos, anécdotas y certezas de fe, explican por qué una monja de clausura “vive para el mundo” y cómo cualquier cristiano, en medio de sus prisas y problemas, puede aprender de los gestos más sencillos de Belén.

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-Son muchísimos los que se encomiendan a ella con la oración para la devoción privada que redactó y autorizó el entonces obispo de Córdoba, D. Demetrio Fernández. Otros nos recuerdan su recomendación de «rezar tres avemarías cada noche», algo tan sencillo que les llegó profundamente y nos dicen cómo Belén les hace bien, al igual que hizo a lo largo de los 12 años desde San Calixto. Ella llega a la gente a través de sus escritos, que siempre son claros y con palabras sencillas, y recomienda enfrentarse a los problemas de la vida confiando siempre en Dios y a través de la oración.

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-Es una situación que uno nunca piensa que le va a suceder y es entonces cuando hay que estar a su lado. Nosotros intentamos acompañar a Belén en su decisión, ni empujarla ni retenerla, afrontar la situación con serenidad. No fue en absoluto fácil, ni para ella ni para nosotros y sus hermanas.
Sientes como el peso de una losa, solamente de pensar en la vida de clausura, de pobreza y obediencia a la que se entrega, además de la separación que supone. A nosotros nos ayudó mucho que su determinación no la había hecho cambiar, no la veíamos transformada, era ella, Belén la de siempre. Lo que hicimos fue tratar de estar a su lado y nuestra experiencia nos dice: sí, sí se puede estar al lado y muy cerca de una monja de clausura, aunque haya rejas de por medio.

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-¡Estar a su lado! Desgraciadamente hemos visto a algunos padres que se oponen frontalmente y dejan solo a su hijo ante una decisión de tanta trascendencia. Si ya es difícil para él tomar una decisión así, perder el apoyo de sus padres lo hace aún más duro.
Además, si persevera, se le ha añadido un peso mayor a la decisión tomada y, si no persevera, siempre quedará la duda de si abandonó porque no tenía vocación o por la oposición de sus padres.
-A la familia y a los amigos la vida les cambia, pero no de repente, sino poco a poco. Como bien definió su hermana, «desde la sombra era la luz y, como eligiendo aislarse, se convirtió en el centro de todo». Con el tiempo pasó a ser consejera de muchos, pues desde el silencio de la clausura ven muchas veces con más claridad lo que pasa fuera.
Nosotros estamos rodeados de tantas cosas y ruido que muchas veces nos impiden ver y oír con claridad. Muchos de los testimonios de los que la visitaban siempre nos contaban cómo les impresionaba la cara de felicidad de Belén: «Una expresión de felicidad que siempre me impresionaba y que jamás he visto en otra persona; para mí fue una lección eterna de humildad». O, como nos dijo el entonces obispo de Córdoba, D. Demetrio Fernández, en la homilía de la misa corpore insepulto: «Haber conocido a la hermana Belén nos ha acercado a todos un poco más a Dios».
-Ella nos supo transmitir una enorme serenidad, casi sin palabras. Como alguna vez escribió: «¡Qué suerte tenemos de tener fe! Todo se vive de otra manera, el Señor ayuda, te sostiene y, aunque no lo sientas, aunque no puedas rezar, solo una mirada a la cruz de enfrente de la cama, solo decirle “buenos días” o “buenas noches”, Jesús está ahí, Él está detrás de todo y es el que lleva el mayor peso».
Siempre nos decía que ante los problemas de la vida hay que confiar en Dios y ella nunca perdió la confianza en Dios.

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-A ella desde niña no le gustaba destacar; en cuanto por alguna razón podía destacar, desaparecía. Era difícil hasta darle las gracias cuando te ayudaba en algo. Así la definen algunas de sus hermanas del convento: «tan calladita, sin darse importancia por nada y para nada» o «todo lo que hacía iba envuelto en su deseo de no hacerse notar».
Para ella la santidad «no es hacer milagros ni fundar una orden religiosa, sino hacer lo que tenemos que hacer, pero hacerlo con amor». Así que, si ve su foto en la portada de un libro… ¡imagínate!
-Pues nos atrevemos a recomendar lo que ella dijo cuando le decías lo difícil que es hablar con Dios: «Cuando pases por una iglesia cualquiera, entra, siéntate en silencio durante quince minutos de reloj y ya verás cómo algo le dices o te dice Dios».
-Las monjas de vida contemplativa, las monjas de clausura, no están encerradas por el mundo. Su vida de oración y de trabajo la definió muy bien Belén con palabras sencillas: «la vida contemplativa, la vida de oración, es ese corazón que late y da vida al resto; con nuestra vida escondida a los ojos del mundo, pero bien visible a los ojos de Dios, lo que hacemos es ofrecernos para que el mundo viva».
No solamente están en el mundo: ¡viven para el mundo!

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