Religión en Libertad

Seguir aquí también es un acto de valentía

El silencio no cura nada: sólo deja a la gente sola con lo que le está pasando

Un libro para quienes sienten que la vida pesa y necesitan un lugar seguro donde poder decirlo en voz alta.

Un libro para quienes sienten que la vida pesa y necesitan un lugar seguro donde poder decirlo en voz alta.

Creado:

Actualizado:

Andrea Snowy (@andrea.snowyy) se ha convertido en una de las voces más frescas y escuchadas sobre salud mental entre los jóvenes, gracias a un estilo donde se dan la mano el humor, la vulnerabilidad y la reflexión. Creadora de contenido y divulgadora digital, habla sin filtros de aquello que muchos viven por dentro, pero pocos se atreven a nombrar: el fracaso, la soledad, el duelo, las adicciones, el sexo, el suicidio. 

Ahora reúne ese universo de conversaciones incómodas pero necesarias en su primer libro, "Manifiesto de los que seguimos aquí. La voz de una generación que no se rinde", con fecha de publicación: 8 de abril de 2026. La presentación y firma de ejemplares será el día siguiente, a las 19 h., en Casa del Libro de Paseo de Gracia, 62, Barcelona

Lejos de ofrecer una receta perfecta, Andrea propone una “guía imperfecta para sobrevivir al caos de la vida”: un lugar seguro donde poner palabras al dolor sin morbo ni sensacionalismo, combinando reflexiones, curiosidades y ejercicios prácticos. Su mirada parte de la experiencia personal, pero apunta a algo compartido: nadie está exento de atravesar noches oscuras, decisiones difíciles y etapas “raras” en las que uno siente que no encaja en los modelos de perfección y éxito que dominan las redes. Frente al silencio que aísla, su propuesta es sencilla y exigente a la vez: atreverse a mirar el sufrimiento de frente, pedir ayuda y no cerrar la puerta a la vida demasiado pronto.

En esta conversación, Andrea habla de lo que significa “seguir aquí” cuando todo cansa y duele, del miedo social a acompañar el sufrimiento y del papel que pueden jugar la fe y la búsqueda de sentido sin caer en frases hechas. Explica por qué el humor puede abrir espacios de profundidad que de otro modo evitaríamos, qué ha aprendido del diálogo entre generaciones y cómo, a veces, el gesto más honesto no es tener todas las respuestas, sino reconocer que necesitamos a otros para sostener lo que nos pasa.

.

.

-Tu libro habla de “seguir aquí” como una forma de resistencia ante el caos. ¿Qué significa para ti permanecer cuando tantos optan por rendirse o silenciar el dolor?

-Hay momentos en la vida en los que todo dentro de ti quiere apagar el ruido: dejar de sentir, desconectarte, no pensar más. Y es muy comprensible. El dolor cansa. Por lo que “seguir aquí” cuando la vida pesa me parece una forma de valentía. No significa tener todas las respuestas, ni estar fuerte todo el tiempo, pero es que a veces la resistencia no es hacer algo heroico.

A veces es simplemente no tomar decisiones definitivas en un momento en el que todo dentro de ti está herido. Es darte tiempo. Tiempo para que algo se mueva, para que algo cambie, aunque ahora mismo no lo veas.

Cuando el dolor es muy grande, tendemos a pensar que ese momento es toda la historia.

Que así va a ser siempre. Pero la vida rara vez es tan estática como creemos cuando estamos en medio de una tormenta. “Seguir aquí” también es dejar espacio para que las cosas se transformen. Para que llegue una conversación, una ayuda, una nueva etapa que hoy todavía no puedes imaginar.

Es más bien un gesto humilde hacia la vida: no cerrarle la puerta demasiado pronto.

-Planteas tu obra como un espacio seguro para hablar de temas incómodos como el duelo, las adicciones o el suicidio. ¿Crees que, como sociedad, seguimos teniendo miedo a mirar de frente el sufrimiento?

-Considero que cuando se trata de una mirada más profunda, y no morbosa, hacia estos tabúes, sí que como sociedad solemos optar por obviar el sufrimiento. Y es curioso, porque el sufrimiento en realidad está muy presente. Lo intuimos, lo palpamos en la gente que tenemos cerca y lo vemos en todas partes. El problema no es que no exista o que no lo percibamos. El problema es dónde ponemos el foco.

Hay una especie de dualidad muy extraña: por un lado existe mucho interés por el morbo, por las historias trágicas cuando se cuentan desde fuera, casi como si fueran espectáculo.

Pero cuando el sufrimiento se vuelve real, cercano y profundo, entonces muchas veces apartamos la mirada.

Creo que en parte nace de algo muy humano: muchas veces no sabemos qué decir. Porque no se nos enseña. No queremos decir algo incorrecto, no queremos hacer más daño, no sabemos cómo sostener ese tipo de conversación... y entonces aparece el silencio. Pero el silencio no cura nada. Solo deja a la gente sola con lo que le está pasando. Y cuando alguien está atravesando un duelo, del tipo que sea, lo que más pesa muchas veces no es solo el dolor en sí, sino la sensación de estar viviendo algo que nadie más quiere mirar de verdad.

Por eso el libro intenta abrir esa conversación desde otro lugar, con calma, sin juicio y sin sensacionalismo.

-Muchos lectores jóvenes que te siguen en redes se sienten identificados con tu vulnerabilidad. ¿Qué papel crees que puede desempeñar la fe —o la búsqueda de sentido— en los procesos de sanación personal que describes?

-Para algunas personas la fe es un refugio (indiferentemente de la edad). Les recuerda que no están completamente solos, que hay algo más grande que ellos, o que su vida tiene un sentido que quizá ahora mismo no alcanzan a ver. Y eso puede dar mucha paz en momentos difíciles.

Pero también creo que a veces usamos la fe de una forma un poco peligrosa, casi como una forma de quedarnos quietos. Esa idea de “lo que tenga que ser será” puede sonar muy tranquila... pero la realidad es que muchas cosas en la vida no cambian si nosotros no hacemos nada para cambiarlas. Nada cambia si nada cambia.

La fe, para mí, funciona mejor cuando no sustituye a la responsabilidad personal, sino cuando la acompaña. Puede darte esperanza, puede darte fuerza, puede darte dirección... pero el movimiento sigue siendo tuyo. Creo que la búsqueda de sentido ocupa un lugar muy bonito en los procesos de sanación y puede caminar muy bien junto a la fe, siempre que no la usemos para desconectarnos de nuestra propia vida, sino para comprometernos aún más con ella.

-Tu tono combina humor y profundidad, algo poco habitual cuando se trata de salud mental. ¿Por qué es importante reírse, incluso en medio del dolor, y cómo te ha ayudado a ti ese equilibrio?

-El humor tiene algo interesante: cuando aparece en una conversación profunda, casi te “engaña” un poco para quedarte. Hace que te intereses por un tema que quizá, de otra manera, evitarías. Y eso es importante, porque muchas veces lo que más necesitamos mirar son precisamente las cosas que nos incomodan. Por lo que me he dado cuenta, me ayuda mucho a conectar con la gente.

Cuando hablas de salud mental, de duelo o de momentos difíciles, la conversación puede volverse muy densa si todo es gravedad constante. El humor aporta ligereza, abre un espacio donde la gente puede entrar sin sentirse aplastada por el tema. Muchas veces es una forma de gestionar lo que sentimos, ya que es algo que muchas personas hacemos casi de manera natural: cuando algo pesa demasiado, el humor aparece como una forma de aflojar un poco la tensión.

Pero creo que ahí está el equilibrio importante, porque no puede convertirse en una forma de trivializar el dolor o de esconderlo, sino de encontrar pequeños momentos para respirar dentro de una conversación que puede ser muy intensa. Además, a veces encontrarle un punto un poco cómico a ciertas situaciones también cambia la forma en la que las procesas.

No elimina lo que ha pasado, pero lo matiza.

-En un mundo hiperconectado, donde abundan los “mensajes positivos”, tu libro apuesta por la autenticidad. ¿Qué les dirías a quienes sienten que su vida no encaja con esos modelos de perfección y éxito que tanto se promueven?

-Que probablemente el problema no es su vida, sino el modelo que les han vendido.

Vivimos rodeados de narrativas de éxito limpias, ordenadas y perfectamente editadas.

Historias donde todo parece tener una lógica lineal clara: esfuerzo, logro, felicidad. Pero la vida real no funciona así. Por mucho que veas lo contrario constantemente en redes, la mayoría de vidas reales son mucho más caóticas. Están llenas de dudas, errores, etapas oscuras, decisiones que no salen bien y reinicios inesperados. Hay periodos en los que no sabes muy bien hacia dónde vas, y eso también forma parte de vivir.

Creo que uno de los problemas es que hemos empezado a evaluar nuestras vidas como si fueran proyectos que tienen que optimizarse constantemente y quizá una idea poco popular es que no todo en la vida tiene que convertirse en una historia de éxito. Hay etapas que simplemente son confusas, difíciles o incluso mediocres... y aun así siguen teniendo valor.

Te forman como persona, así que dicho así simple, a veces está bien no estar bien y a veces lo más honesto que puedes hacer es aceptar que estás en una etapa rara, incompleta o incierta.

-En el libro propones ejercicios prácticos para explorar lo que sentimos. ¿Hay alguno que haya sido especialmente transformador para ti y que recomendarías a alguien que está al límite de sus fuerzas?

-Muchos de los ejercicios que aparecen en el libro nacen de algo muy personal: soy una persona muy visual. Me ayuda mucho ver las cosas, darles una forma, un espacio fuera de mi cabeza. Con el tiempo me he dado cuenta de que gestionar emociones a través de elementos gráficos como escribir, dibujar u ordenar ideas en papel, me permite entender mejor lo que está pasando dentro de mí.

Por eso varios de los ejercicios parten de ahí. De sacar lo que está dentro y ponerlo delante de ti de una forma tangible. Y entiendo que, a primera vista, algunos pueden parecer muy simples, incluso un poco infantiles o absurdos. Pero psicológicamente ocurre algo interesante: cuando le das un espacio concreto a lo que estás intentando manejar, deja de ser solo una sensación difusa que te invade por dentro. A veces, el simple acto de materializar ya cambia la relación que tienes con eso que sientes.

De todos los capítulos del libro, el que más me ha costado escribir ha sido el de los tabúes que matan: la muerte, el suicidio y el duelo. No solo por lo delicado del tema, sino porque me removió mucho mientras lo escribía. Y por eso, a nivel personal, espero genuinamente que los consejos que comparto ahí puedan llegar al lector y acompañarle de alguna forma si está atravesando algo parecido.

Y si alguien está leyendo esto y siente que está al límite de sus fuerzas, sin tener más contexto, quizá la recomendación más honesta que puedo dar no es un ejercicio concreto, sino algo más básico: no intentes sostener todo tú solo. Habla con alguien. Con un amigo, con un familiar, con un profesional. A veces pedir ayuda parece un gesto pequeño, pero puede cambiar completamente el peso de lo que estás llevando. Y nadie debería tener que atravesar esos momentos completamente en soledad.

-Hablas a una generación “que no se rinde”, pero muchas personas de otras edades también se sentirán interpeladas. ¿Qué has aprendido del diálogo entre generaciones sobre salud mental, fragilidad y esperanza compartida?

-Cuando hablo de una generación “que no se rinde”, en realidad lo hago mucho desde la primera persona. Es mi generación, es el lugar desde el que yo hablo y desde el que entiendo el mundo. No es una etiqueta pensada para excluir a nadie.

De hecho, si algo tengo muy claro es que el dolor no entiende de edades. Las preguntas difíciles, las pérdidas, los momentos de fragilidad... aparecen en todas las etapas de la vida.

Me gusta pensar que este libro podría resonar tanto en mi hermana adolescente como en mi querida abuela. Probablemente no lo leerán igual. Cada una lo haría desde su propia experiencia, desde su propio momento vital, y seguramente se quedarán con cosas distintas. Y a mí esa idea me parece muy bonita. Creo que cada generación aporta algo diferente a la conversación sobre la vida, la salud mental y la esperanza.

Las generaciones más jóvenes suelen traer mucha más apertura para hablar de lo que sienten. Hay menos miedo a poner palabras a las emociones, a cuestionar ciertas dinámicas, a buscar ayuda cuando algo no está bien.

Las generaciones mayores, en cambio, tienen algo muy valioso que ofrecer: perspectiva. Han atravesado muchas etapas, muchos cambios, muchas pérdidas, y saben algo que a veces solo se aprende con el tiempo: que la vida tiene ciclos, que incluso los momentos más duros no duran para siempre, y su resiliencia, que también merece ser escuchada.

Entonces ese diálogo es importante porque nos recuerda algo sencillo, y es que nadie tiene toda la respuesta, pero todos tenemos una parte de la conversación. Y en el fondo, todos estamos intentando hacer lo mismo, entender mejor la vida y acompañarnos un poco más en el camino.

El primer libro de Andrea Snowy: conversaciones incómodas, mucho de lo que duele por dentro y una invitación a entenderte y empezar a soltar carga.

El primer libro de Andrea Snowy: conversaciones incómodas, mucho de lo que duele por dentro y una invitación a entenderte y empezar a soltar carga.

Comentarios

Suscríbete

y recibe nuestras noticias directamente

tracking