Religión en Libertad

Jesús: pasión y resurrección en un mundo distraído

El Hijo de Dios que entra en Jerusalén para pasar por la cruz y darnos una vida nueva

Jesús entra en Jerusalén hacia la cruz, mientras amanece la luz de la resurrección.

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Jesús, Rey humilde que entra en Jerusalén

El Domingo de Ramos abrimos la Semana Santa con una aparente contradicción: aclamamos a Jesús como Rey al entrar en Jerusalén y, pocos días después, lo veremos traicionado, humillado y clavado en la cruz (cf. Mt 21,1‑11; Mt 26–27). En esa entrada humilde, sobre un borrico, ya se revela su estilo: no viene a imponerse con fuerza, sino a entregarse por amor, llevando hasta el extremo la obediencia al Padre y la misericordia hacia nosotros (cf. Flp 2,6‑11).

Jesucristo no es un recuerdo piadoso ni un personaje del pasado: es el Hijo de Dios hecho hombre, vivo, que en esta Semana Santa vuelve a mirarnos a los ojos (cf. Jn 1,14; Heb 13,8). En una sociedad hiperconectada y, al mismo tiempo, alejada de Dios, su pasión, muerte y resurrección siguen siendo el punto decisivo donde se juega la verdad de nuestra vida (cf. 1 Co 2,2). El Catecismo recuerda que la resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo y que el misterio pascual tiene dos aspectos inseparables: por su muerte Cristo nos libra del pecado y por su resurrección nos abre el acceso a una vida nueva (cf. CEC 638.654).

La vida de Jesús, contraste para la nuestra

La vida de Jesús desconcierta nuestros esquemas: pobre, sencillo, cercano a los pequeños, siempre en relación con el Padre (cf. Mt 11,25‑29; Lc 4,18). Mientras nosotros vivimos pendientes de pantallas, rendimiento y éxito, Él se retira a orar, busca el silencio, escucha, obedece (cf. Lc 5,16; Heb 5,7‑8). En sus gestos cotidianos —curar, perdonar, acoger— se ve ya la lógica de la cruz: la lógica del don de sí (cf. Mc 10,45).

La pasión no fue un accidente ni un fracaso estratégico, sino la expresión máxima de ese amor (cf. Mt 16,21; Jn 10,17‑18; CEC 599‑601). Jesús entrega su vida libremente por amor al Padre y por nuestra salvación, como señala el Catecismo al recordar las palabras de Jn 10,18 sobre la libertad con que se ofrece (cf. CEC 621). En un mundo que huye del dolor, que lo cubre con entretenimiento o lo esconde detrás de eufemismos, Cristo lo asume y lo transforma desde dentro. Sus heridas no son un mero escándalo que ocultar, sino lugar en el que somos curados, como anuncia Isaías y recoge el Nuevo Testamento (cf. Is 53,5; 1 P 2,24).

La cruz y la resurrección que lo cambian todo

Pero la historia no termina en el sepulcro. Si Cristo no hubiera resucitado, nuestra fe sería vana, recuerda san Pablo; si ha resucitado, todo cambia (cf. 1 Co 15,14; CEC 651‑653). La resurrección no es un simple “volver a la vida” para luego morir otra vez, sino la entrada de la humanidad de Jesús en la vida misma de Dios, una intervención trascendente del Padre en la historia, realizada por el poder del Espíritu (cf. CEC 648). Por eso el Resucitado puede hacerse presente hoy en la Eucaristía, en la Iglesia y en la vida de los santos, como enseña el Catecismo al hablar de los frutos de la resurrección para nosotros (cf. CEC 655).

La pregunta, al comenzar esta Semana Santa, es directa: ¿vivimos como quienes creen de verdad que Cristo ha muerto y ha resucitado por ellos (cf. Gál 2,20)? Si creemos en la cruz, nuestro modo de sufrir, perdonar y amar no puede ser igual (cf. Lc 23,34). Si creemos en la resurrección, nuestra relación con el tiempo, con el dinero, con la tecnología, con el cuerpo, tampoco puede ser la misma (cf. Rom 6,4‑11). La Pascua no es una decoración litúrgica: es una llamada a pasar de la esclavitud a la libertad, de la tibieza a la entrega, del “ir tirando” a la vida en plenitud (cf. CEC 654‑655).

Semana Santa: tiempo de decisión

Los Padres de la Iglesia recordaban que el cristiano está llamado a ser partícipe de la resurrección de Cristo, comenzando ya en esta vida. San León Magno, por ejemplo, exhorta a esforzarse para ser hallados partícipes de esta resurrección, de manera que lo que celebramos en Pascua se traduzca en un cambio real de vida (cf. Sermón 71). Eso se concreta en gestos muy simples y muy serios: apagar el móvil para rezar, recuperar el silencio interior, acercarse a la confesión, reconciliarse con alguien, ofrecer un sufrimiento por otro, participar en la Misa con fe (cf. CEC 1435; 2181‑2182). No se trata de añadir cosas a una agenda ya llena, sino de dejar que Jesús, Camino, Verdad y Vida (cf. Jn 14,6), se convierta en el centro desde el que todo se ordena.

Este Domingo de Ramos puede quedar en una procesión bonita más… o ser la puerta de entrada a una Semana Santa distinta, en la que dejes que Cristo escriba algo nuevo en tu historia. Él ya ha dado el paso: ha entrado en Jerusalén, ha pasado por la pasión, ha abrazado la cruz y ha roto el poder de la muerte (cf. Heb 2,14‑15). Solo falta tu respuesta: dejarte alcanzar por su mirada, dejarte perdonar, dejarte resucitar con Él (cf. Col 3,1‑3).

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