Religión en Libertad

Universidad: casa del saber o fábrica de títulos

Javier Aranguren reclama volver al estudio serio, la conversación y el fuego vivo de los clásicos frente a la urgencia y la obsesión por la empleabilidad.

Aula universitaria preparada para una clase de Humanidades, símbolo de la universidad como lugar de estudio y diálogo auténtico.

Aula universitaria preparada para una clase de Humanidades, símbolo de la universidad como lugar de estudio y diálogo auténtico.

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Doctor en Filosofía y profesor de Antropología en la Universidad Francisco de Vitoria, Javier Aranguren lleva décadas pensando y viviendo la universidad desde dentro. En "Universitarios, humanistas y cantamañanas" (Rialp, 2026) denuncia una institución que ha ampliado su espectro pero ha difuminado sus límites, obsesionada con la empleabilidad, los másteres y los indicadores, hasta el punto de poner en riesgo su condición de “casa del saber”. 

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Frente a los “sofistas” y “cantamañanas” que colonizan el discurso público, reivindica al verdadero humanista como maestro de libertad, capaz de distinguir entre palabra cargada de sentido y ruido vacío, y propone recuperar el estudio serio, el trato personal y el fuego vivo de los clásicos como el único camino para formar personas, no solo profesionales.

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-En el libro, contrapones la universidad clásica con la universidad actual, centrada en la empleabilidad y los servicios al alumno. ¿Cómo describirías, en pocas palabras, qué ha perdido y qué ha ganado la universidad contemporánea, y qué consecuencias ves ya en los estudiantes que tienes delante?

-La cuestión de fondo es cómo definir ‘universidad’ o ‘estudios superiores’. Las palabras tienen sus limitaciones: si empiezan a significar casi cualquier cosa, acaban perdiendo también casi cualquier significado. Por esa razón es tan importante en toda discusión establecer primero de qué se está discutiendo, aprender a definir para así poder hacer distinciones que signifiquen algo. La ‘universidad’ es una institución que ha ido abriendo su espectro, y así ha ido también perdiendo sus límites. Antes (en sus inicios) era un lugar pequeño y minoritario donde se realizaban estudios de filosofía, teología, derecho o medicina. La primera carrera de económicas apareció en el XIX, cuando la universidad es del XII. Y las escuelas de ingeniería estaban más bien unidas al mundo militar (sus uniformes de gala todavía lo muestran). A la universidad iban unos pocos miles de personas en toda Europa porque se iban a dedicar a oficios eclesiásticos o de formación. Es bueno que ahora llegue a mucha más gente, pero pierde su sentido si el precio a pagar es el de dejar de ser un lugar de estudio, discusión y reflexión porque ya solo se entiende como un espacio para prepararse para el máster que te permite acceder a un empleo y porque el modo de enseñar (lleno de prisa y agarrado al cambio permanente) acaba matando la reflexión. 

-Hablas de “verdaderos” y “falsos” humanistas. Si tuvieras que dibujar el retrato robot del buen humanista universitario de hoy, ¿qué rasgos debería tener… y qué síntomas delatan al “cantamañanas” que se disfraza de humanista?

-La respuesta es muy sencilla: el buen humanista es toda persona capaz de tener algo que decir y capaz de saber si el que le habla tiene algo que decir. La sociedad nuestra está llena de sofistas —esos son los ‘cantamañanas’ del título del librito— que confunden seducir con argumentar, y que sobre todo se dedican a la manipulación de la gente joven o poco profunda. El humanista es un maestro de la libertad en la medida en que se ha preparado para pensar por sí mismo y, de ese modo, tiene una palabra propia y sabe darse cuenta de qué palabras tienen sentido y cuáles son únicamente ruido, aire, vacío. Este segundo tipo de palabras domina hoy el discurso político y casi todos los temas en debate.

-Repites que las Humanidades no consisten en “guardar cenizas”, sino en mantener vivo un fuego donde se encuentran pasado, presente y futuro. ¿Puedes compartir un ejemplo concreto —un autor, un libro, una clase— en el que hayas visto encenderse ese fuego en alumnos que al principio estaban indiferentes?

-Esta experiencia la tuve yo mismo muchas veces como alumno de una licenciatura de filosofía. En bastantes ocasiones nos encontramos frente a nosotros, los alumnos, sentado en la mesa del profesor, a personas que nos ponían en diálogo con lo más vivo, que es lo más profundo. No daban clase, sino que filosofaban con nosotros, nos enseñaban a pensar…, pensando. Es una experiencia maravillosa que yo he tenido como inspiración constante a la hora de enseñar: no hay que ‘dar apuntes’, ni ‘proyectar diapositivas’, sino que es preciso despertar preguntas e inquietudes y buscar a la par. Lo lograban Jorge Vicente, Antonio Rúiz Retegui, Rafael Alvira, Ángel d’Ors, Alejandro Llano y Leonardo Polo. Es lo que Pieper, en un libro recién reeditado, llama ‘entusiasmo y delirio divino’. Nunca un sofista logra tal experiencia.

-En el libro sostienes que muchos estudios culturales y de género funcionan como constructos posmodernos sin objetividad ni verdadera posibilidad de diálogo racional. ¿Cómo puede un profesor de Humanidades criticar estos enfoques sin caer en caricaturas y, al mismo tiempo, abrir un espacio real de conversación con alumnos que se sienten identificados con ellos?

-Que son constructos, lo dicen ellos mismos, pues se adscriben en una propuesta teórica llamada ‘constructivismo’ que defiende precisamente que no existe verdad objetiva alguna y que todo conocimiento nace de la voluntad de poder de quien lo lleva a cabo (antes el heteropatriarcado de los varones blancos, ahora las distintas familias de estudios culturales: LGTBI, afroamericanos, hispanos, feministas, etnia gitana, etc.). Pero la misma premisa genera un imposible: un conocimiento subjetivo (y por lo tanto interesado, incomunicable, no verificable) no es conocimiento alguno. El teorema de Pitágoras, por poner un ejemplo, no depende ni de quién lo descubrió (es probable que el mismo Pitágoras no haya existido jamás), ni de cuándo, dónde o qué prejuicios tuviera en la cabeza. Es lo que es, con independencia de las circunstancias. Un conocimiento ‘circunstancial’, accidental, inestable, no da lugar a nada, aparte del cacareo. La conversación solo es posible sobre principios comunes. Este es el tema del libro IV de la Metafísica de Aristóteles, en el que demuestra precisamente que el constructivismo es imposible porque trata de conculcar el principio de no contradicción. Pero eso es imposible porque todos pensamos solo si ‘nada puede ser y no ser lo mismo al mismo tiempo bajo la misma perspectiva’.

-Has vivido una experiencia cercana a la muerte, un cáncer, una UCI larga por la covid y un trabajo en Kenia con jóvenes muy vulnerables. ¿Cómo han cambiado esas experiencias tu manera de mirar al alumno universitario y de entender qué significa realmente “educar” a alguien?

-¿Qué vino antes, mi experiencia de encuentro con los niños pobres que me descubrió el valor infinito de cada persona sin importar lo que tenga o dónde viva, o mi experiencia en educación personalizada que precisamente me permitió ver esa condición absoluta en cada niño que vive en ‘la espalda del mundo’? Todo tiene que ver con el encuentro de dos miradas en reciprocidad: cuando alguien te mira a los ojos, te está haciendo corresponsable con él, ya sea un alumno en la universidad o una niña huérfana que has ayudado a que no viva en la calle. Eso sí, se trata de una situación de descubrimiento tan intensa como la que describía sobre los grandes profesores: ante ella es imposible quedarse indiferente.

-Hoy se presenta a menudo la formación técnica como “útil” y las Humanidades como “lujo” o adorno. Desde tu trabajo en Antropología, ¿cómo explicarías a un rector y a un padre de familia por qué una universidad sin Humanidades fuertes termina siendo, en el fondo, menos práctica para la vida real?

-Primero diría que el ‘lujo y el adorno’ son características propias y distintivas del ser humano: los animales viven constantemente en el borde del precipicio del instinto, en una urgencia histérica por devorar o no ser devorados. Los humanos podemos escapar de ese ciclo de necesidad, y cuando lo hacemos de verdad, tendemos a fomentar lo bello y lo lujoso, ya sea en forma de cuadro, de pieza musical, de vivienda o coche, y sobre todo de conversación, sonrisa, broma…, tres acciones que alcanzan su más profundo sentido cuando superan la necesidad, cuando son gratuitas. Las humanidades proporcionan una dimensión de libertad en la medida en que con ellas se da una comprensión profunda del mundo (no solo como algo que usar o hacer producir, sino en su sentido último), así como la apertura de los propios intereses a asuntos que tienen significado en sí mismos y no solo como medios: la amistad, el amor, el paso de la vida, la vejez, el dolor, la felicidad, la muerte. Una vida sin estas reflexiones es más la de 'algo' que la de 'alguien’.

-Después de décadas como profesor y de tu reflexión en este libro, ¿qué tres cambios concretos propondrías —realistas, aplicables mañana mismo— para que nuestras universidades vuelvan a ser lugares donde se busca la verdad y se forman verdaderos humanistas, y no solo profesionales bien entrenados?

-El principal sería que se tratara de que la universidad volviera a ser ‘la casa del saber’. Para eso es preciso recuperar la primacía del estudio, pero no sólo para los alumnos, sino sobre todo para los profesores. Lamentablemente, ahora mismo no es así. Por un lado, porque el profesorado dedica excesivo tiempo a la gestión, reunión y al trabajo administrativo: la obsesión por medirlo todo ha derivado en profesores que tienen que dedicar excesivo tiempo a picar datos y que se apartan de la carrera de fondo del estudio. Otro obstáculo contra esta formación a fondo es, paradójicamente, la obsesión ridícula por ‘publicar’ para estar situado en una presunta ‘frontera del conocimiento’. ¡Yo no quiero estar en ninguna frontera! ¡Yo lo que necesito es dialogar con Sócrates, Homero, Agustín, Kant o Nietzsche! Pero como me exigen que publique pequeños artículos sobre pequeños asuntos de muy pequeño interés, no tengo tiempo para estar con los maestros. La urgencia se ha comido lo importante, y la inflación absurda de las publicaciones ha destrozado la trama de diálogo y discusión —la posibilidad de debatir— que caracterizaba la universidad de mis años de estudiante. Hoy día corremos para todos lados (de aula en aula, de paper en paper), pero no vamos hacia ningún sitio. Y creo que la clave más profunda está en lo más sencillo: recuperar la conversación profesor–alumno y entre los mismos profesores. Pero me temo que esto es un ideal que, con el diseño del plan Bolonia, su exceso de horas de clase y de trabajitos (que ahora domina la IA), mi propuesta resulta altamente utópica. Y, sin embargo, ¿acaso no estamos los caballeros para dedicarnos a las causas perdidas?

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