Emaús, donde ciencia y empresa aprenden a arder por Cristo
Dos caminantes cuentan cómo un retiro encendió su vida, su fe y su forma de habitar el mundo
En los retiros de Emaús, muchos descubren que no caminan solos: Cristo va en medio.
En un mundo donde muchos han dejado de esperar nada de la fe, dos profesionales de éxito reconocen que un sencillo retiro de fin de semana les cambió la vida… y la forma de mirar la empresa, la ciencia y el propio corazón. Eduardo Brunet, experto en financiación sostenible, y Rafael Olmedo, físico e innovador tecnológico, firman "Retiros de Emaús. Dios sale a tu encuentro para que te conviertas en caminante" (Almuzara), un libro que nace de una experiencia muy concreta: dejarse alcanzar por Cristo Resucitado en un Emaús que prende fuego al corazón y lo vuelve a poner en marcha.
Lo que empezó en los años setenta en una parroquia de Miami como una pequeña chispa hoy es, para miles de hombres y mujeres, un camino de sanación interior, reconciliación y reencuentro con un Dios que parecía lejano o simplemente “de teoría”. Emaús no es un producto espiritual más, ni una moda piadosa: es el lugar donde muchos descubren que no se trata de “hacer cosas para Dios”, sino de dejar que Él ame y sane a otros a través de una vida reconciliada, tanto en la familia como en la empresa o la vida pública.
En esta entrevista a dos voces, Brunet y Olmedo explican cómo Emaús les ayudó a pasar de una fe privada y compartimentada a una identidad cristiana que lo atraviesa todo: decisiones económicas, visión de la ecología y la sostenibilidad, forma de liderar, de innovar y de mirar la propia vulnerabilidad. Hablan de perdón, de heridas que por fin se sueltan, de una mirada nueva sobre la crisis ecológica y sobre el sentido del trabajo, pero también de humildad: de aprender a “desaparecer” para que sea Cristo quien actúe. Sin revelar el contenido concreto de los retiros, este libro quiere preparar el corazón de quien quizá un día escuche, de labios de alguien que le quiere de verdad: “Ven, haz Emaús”.
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Eduardo Brunet sabe lo que es vivir con mucha exigencia y mucha cabeza: experto en financiación sostenible, articulista y conferenciante, durante años su vida se jugó sobre todo en los números y en la lógica del rendimiento. Pero en 2014 un retiro de Emaús le descolocó por dentro: descubrió a un Cristo vivo que le miraba, le perdonaba y le amaba tal como era, y desde entonces sirve en los retiros que nacieron en la parroquia del Santo Cristo de la Misericordia y hoy se extienden por distintas diócesis de España y del extranjero.
-La primera transformación fue interior y silenciosa: cambió mi forma de mirarme y de mirar a los demás. Todo empieza con la mirada. Hasta entonces vivía desde una lógica bastante exigente, racional, incluso autoimpuesta. En Emaús tuve un reencuentro personal con el amor de un Cristo vivo que me conocía, me perdonaba y me amaba tal como era, no como yo mismo aspiraba a ser. Eso no fue una emoción pasajera, fue un desplazamiento de centro: comencé a dejar de ser el eje de mi propia historia.
Concretamente, redescubrí algo esencial: el servicio cristiano no nace del deber ni del voluntarismo, sino del amor recibido. Tanto recibes cuanto más das. Cuando uno se sabe amado sin condiciones, servir deja de ser sacrificio para convertirse en gratitud. Ya no se trata de “hacer cosas para Dios”, sino de dejar que Dios ame a otros a través de ti.
La segunda transformación fue mi relación con el perdón y con la humildad. Descubrí con vergüenza cuánto resentimiento cargaba hacia mí mismo y hacia los demás y cuánto necesitaba soltar lastre. Oímos muchas veces que el perdón te hace libre, pero creo que hasta que entiendes que ese camino son los pasos de un cirineo cargando una cruz, no puedes realmente dejar que ese amor gratuito te dé la fuerza y sane esas heridas. Entendí que servir en Emaús —o en cualquier ámbito— no es brillar, sino desaparecer. Quitarme de en medio para que sea Cristo quien actúe. Esa es, para mí, la mayor revolución.
o la economía?
-Precisamente porque la empresa y la economía son ámbitos pragmáticos, necesitan más que nunca una raíz espiritual sólida. Emaús no es un punto de llegada, sino un camino hacia un encuentro y un camino de vuelta de conformación, sin duda también exigente, ya que entiendes que ser cristiano no está en el plano normativo o moral, sino en el de una nueva identidad, que es lo que realmente te cambia la vida. Una identidad reconciliada no es algo accesorio o decorativo, es el núcleo desde el que decidimos cómo habitamos el mundo, capaz de situarse en relación con los otros, contigo mismo, orientada hacia el bien común, consciente de su dignidad y abierta a la trascendencia.
Emaús me enseñó que la fe no es un compartimento estanco ni una experiencia privada. Es una forma de ser y estar en la realidad que configura nuestra identidad. Si uno entiende que es hijo, que ha sido llamado por su nombre, que ha recibido un mundo como custodio y que su vida tiene un sentido trascendente, entonces su manera de trabajar, liderar y tomar decisiones cambia necesariamente.
En el mundo empresarial, eso se traduce en tres cosas muy concretas: sentido de responsabilidad, visión de largo plazo y primacía de la persona sobre el beneficio. No se trata de espiritualizar la empresa de manera ingenua, sino de comprender que toda actividad económica es, en el fondo, una forma de relación humana y en toda relación humana subyace una verdad de amor.
La financiación sostenible, por ejemplo, no es solo una herramienta técnica para solucionar una crisis climática; es en realidad una respuesta a una pregunta más profunda: ¿cómo queremos habitar el mundo? Esa pregunta es antropológica y radicalmente espiritual.
La verdadera crisis ecológica no reside en los ecosistemas, sino en el corazón humano; no en la degradación del suelo, sino en la degradación del sentido; no en la contaminación del aire, sino en la contaminación de la mirada. En su raíz, es una crisis de sentido, de identidad y de vínculo. La pérdida del sentido del mundo como don, como misterio y como lugar habitado por significación, es la raíz más profunda de la crisis antropológica, espiritual y ecológica contemporánea.
Creo que, a través de escribir el libro sobre Emaús, entendí que necesitaba desplegar una nueva forma de habitar, profundamente encarnada; una actitud espiritual, abierta al misterio del mundo. Sin esta sabiduría, la ecología se reduce a gestión medioambiental; la sostenibilidad, a política corporativa; la espiritualidad, a emoción difusa; y la ética, a reglamento. Con ella, en cambio, la ecología se convierte en un camino de comprensión, comunión y transformación interior.
Emaús vino a iluminar esa coherencia entre lo que soy y lo que hago: cuando nos enraizamos en el amor y la verdad, nuestras decisiones económicas dejan de ser neutras y se convierten en expresión de una vocación.
La fe no añade algo “extra” a la vida profesional; la ilumina desde dentro. Y cuando identidad, vocación y acción se alinean, la empresa deja de ser solo un espacio de competencia y rentabilidad para convertirse también en un espacio de servicio y florecimiento compartido.
-La llama no se mantiene por cálculo o estrategia, sino por autenticidad y fundamentalmente por la acción permanente del Espíritu Santo.
La fe se diluye cuando se convierte en costumbre o en ideología. Pero el encuentro personal con Cristo —que es el corazón de Emaús— nunca se diluye, porque no es una teoría: es una experiencia transformadora y conformadora. Lo que comenzó en los años setenta en una parroquia concreta fue simplemente esto: hombres y mujeres que se encontraron con el Resucitado y no pudieron guardárselo para sí mismos.
Hoy vivimos en una cultura donde la fe se privatiza, se relativiza o se silencia. Pero el corazón humano sigue teniendo las mismas preguntas de siempre: ¿quién soy?, ¿para qué vivo?, ¿quién me ama de verdad?, ¿qué hay más allá del sufrimiento y la muerte? Mientras esas preguntas existan, la llama seguirá encendiéndose.
La clave está en la comunidad y en el testimonio. Una fe vivida en fraternidad, en servicio y en alegría es profundamente atractiva. Como en los primeros cristianos: “Mirad cómo se aman”. En un mundo fragmentado, hedonista, individualista y profundamente solitario, una comunidad que no juzga, que acompaña, que comparte y que vive con esperanza es una luz que irradia más que el sol.
El fuego del Espíritu no depende del contexto social; depende de corazones disponibles. Y mientras haya alguien, caminante o servidor, dispuesto a decir “sí”, abrir el corazón y confiar—como los discípulos en el camino de Emaús— la llama seguirá viva .. no hay celemín capaz de ocultarla.
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Rafael Olmedo lleva toda una vida mirando el mundo con los ojos de la ciencia: licenciado en Ciencias Físicas, ingeniero técnico aeronáutico y con 35 años de experiencia en innovación tecnológica como científico, emprendedor y responsable de innovación en la administración pública. Pero en 2016 un retiro de Emaús le abrió una dimensión que la razón, por sí sola, no alcanzaba: descubrió que la ciencia puede ser una escalera hacia el misterio de Dios y, desde entonces, participa como servidor en grupos de diversas parroquias, ayudando a otros a reconocer al Resucitado en medio de su propia historia.
-Hace unos años conocí a Adriana. Tenía 18 años. Cuando tenía 7 años, le preguntó a alguien si la luna era bonita. Ella era ciega de nacimiento y nunca había visto la luna. No podía tocarla, ni oírla, ni olerla, ni saborearla. Pero podía sentirla. Tal vez no a través de sus propios sentidos, sino por lo que otros le contaban. Le decían: “Sí, la luna es bonita. Muy bonita.”
Hemos aprendido a ver con los ojos y sentir con todos nuestros sentidos. Y a través de ellos hemos tocado el mundo, hemos interactuado con él y luego hemos querido entenderlo. La ciencia nos ha permitido contestar preguntas y darle razones al mundo que nos rodea. Como científico, he aprendido a conocerlo, entenderlo y darle razones, y como emprendedor he aprendido a no ponerle límites y no dejar de seguir admirándome y aprendiendo y entendiendo que también nosotros ocupamos un lugar. Porque es necesaria la admiración para llegar a la sabiduría, pero esta admiración nace de la humildad y de mantener un corazón de niño ante todas las cosas; las que ves y hablan de lo finito y las que no ves y nos asoman al infinito.
Pero, sin embargo, de vez en cuando alguien te pregunta: “¿La vida es bonita?” Y aunque conozca y explique cada rincón del universo, la respuesta a esta pregunta, y a tantas otras, no la puedes dar desde la ciencia. Eso no significa que la ciencia no sea maravillosa. Lo es. Pero no por lo que es en sí misma, sino por el equilibrio que nos ayuda a mantener entre el conocimiento y el misterio, lo trascendente, lo infinito, lo que no se ve, no se toca, no se oye, no se huele, no se saborea, pero se siente.
La ciencia no tiene respuestas para todo, pero podemos usarla como una escalera que sube hacia el cielo, en la que con cada descubrimiento científico subimos un peldaño más, y nos aleja del ruido del mundo para ver con más claridad y desde la distancia las cosas de la Tierra, pero que también podemos usar para tener una vista más limpia del cielo.
Hay quien usa la ciencia para arrinconar a Dios. Para llevarle a un lugar que controlo y ahí tratar de comprenderle, o para hacer nuestro todo su espacio para entonces desacreditarle o extinguirle. Tratamos de arrinconar al que es infinito en el espacio finito que ocupa nuestro sentir y nuestro saber.
Emaús nos enseña a bajar a Dios de la cabeza al corazón, y cuando lo hacemos, el espacio limitado de nuestra cabeza se encuentra con el espacio infinito de nuestro corazón. Pero Dios no sólo quiere nuestro corazón, y para conquistarnos por entero, también nuestra razón, pone a nuestro servicio también la ciencia como esa escalera que podemos subir para asomarnos al infinito. Pero solo la humildad nos ayuda a mantener abiertas a la vez las alas de la razón y la fe.
Del mismo modo que la razón nos ayuda a reconocer la luna y la luz del sol nos muestra su belleza, la razón nos ayuda a reconocer al hombre, entender sus límites y reconocer su vacío infinito, y la fe nos ayuda a reconocer la luz de Dios que se guarda y se refleja en cada persona y que la hacen bella, le da sentido y llena su vacío.
Y si un día no podemos abrir el ala de la fe que nos ayuda a reconocer la luz de Dios, tal vez podamos acercarnos a otros que sí la ven y sentirla a través de ellos.
el camino de Emaús?
-Hace unos años tuve ocasión de fundar una empresa tecnológica. Durante muchos años desarrollamos nuevas soluciones innovadoras, y durante un tiempo nuestro éxito se medía por las subvenciones y los premios que conseguimos. Luego llegó el momento de lanzar nuestros productos al mercado y hacer llegar al mundo nuestra tecnología. Entonces ya nos sirvió hablar de la novedad o la excelencia de nuestra tecnología. Nuestros discursos de excelencia no encontraban respuestas.
Un día alguien nos hizo ver que el mundo no necesitaba tecnología, sino respuestas. Respuestas a problemas reales. La tecnología era solo un camino más, pero no tenía sentido si no servía para resolver un problema real. Nuestro punto de vista cambió. En vez de mirar lo que hacíamos, empezamos a mirar el
vacío que existía afuera. Aprendimos a leer la dimensión de las preguntas y los problemas, no por lo que nosotros pensábamos, sino por lo que realmente significaban para los demás. No hubiésemos llegado muy lejos si nuestra mirada se hubiera quedado en nosotros en vez de ponerla en el mundo.
Alguien nos hizo mirar en una dirección diferente y pudimos ver un camino que antes nos era desconocido. Luego aprendimos de otros lo que había que hacer para recorrerlo. Y entonces nos decimos a andarlo.
La conversión a la que nos lleva Emaús no es un camino diferente. Emaús nos ayuda a reconocer a Jesús en nuestro camino y este encuentro con Jesús cambia nuestra forma de mirar, nos saca de nosotros mismos para mostrarnos preguntas de eternidad, nos muestra la respuesta y el camino con su propia vida, nos instruye para seguir esta nueva senda, y entonces nos aventuramos a hacerlo.
La innovación tecnológica nos lleva a querer conquistar la Tierra. La conversión nos lleva a dejarnos conquistar por Cielo.
En ese camino de la innovación nos encontramos con otros compañeros de viaje que trabajaban en otros proyectos. Y aprendimos que hay proyectos efímeros, que pueden desprender mucha luz por un tiempo, pero apagarse pronto. Son los proyectos que surgen de una mirada equivocada del mundo.
Una mirada que no alcanza más allá de lo que se ve o de lo que el mundo puede ofrecer. Otros proyectos, sin embargo, se construían con el propósito de ayudar y servir a las personas. Eran los más bellos y, aunque brillaban menos, nadie podía apagar su luz pues tenían un propósito y un sentido que entrelazaba la Tierra y el Cielo.
En el camino de la conversión también he podido encontrar muchos compañeros de viaje y he entendido que también ese camino puede ser efímero si lo construimos solo a partir de lo que crece en nuestro corazón, fruto de ese primer encuentro con Cristo. Porque ese encuentro nos ayuda a reconocerle, pero luego hay que hacer un camino más bonito aún, el de conocerle. Porque siguiendo a Jesús y pasando tiempo con él, conocemos su corazón. Y entonces ya no queremos que sea nuestro corazón el que nos mueva, sino el corazón de Jesús. La luz de mi corazón puede ser muy brillante, pero puede ser efímera si solo la alimentan mis sentimientos. La luz del corazón de Cristo brilla menos a los ojos del mundo, pero nadie puede apagarla. Y esa luz es la que me ayuda a recorrer el camino de la conversión, que tiene un propósito, un sentido y entrelaza mi Tierra con el Cielo de tal modo que ya nadie lo puede separar.
-Jesús no eligió a sus apóstoles por compartir una misma forma de pensar de sentir y de hacer. Cada uno en su diferencia se enamoró de un mismo corazón, fue testigo de la vida de Jesús, de su muerte y de su resurrección y no pudieron dejar de ir por el mundo, tal como él les pidió, predicando la buena nueva con su propia vida, movida ahora por el corazón de Cristo que se había guardado en cada uno, para seguir llegando a otros.
Del mismo modo, cada persona y cada grupo en Emaús es diferente. En nuestra diferencia, Emaús nos permite tener un encuentro con un Dios vivo, mendigo de nuestro amor, que quiere tomar nuestro corazón y darnos el suyo para transformar nuestra vida y la de otros a través de nosotros.
Pero a veces nuestra mirada es pobre y se queda solo en nuestra propia humanidad, en la humanidad de los demás, o en las cosas del mundo. Esto nos lleva a veces a que tengamos la tentación de vivir los retiros de Emaús siguiendo un guion que alguien escribió un día, en vez de como un camino que Dios nos invita a recorrer. Un camino que, siendo el mismo, cada persona y cada comunidad lo recorren de forma diferente.
Emaús plantea un recorrido concreto que los Caminantes pueden hacer durante un fin de semana. Y ese camino tiene un recorrido concreto lleno de sentido, pues nos ofrece conocernos mejor, reconocer a Dios actuando en mi propia vida y en la vida de los que me rodean, y aventurarnos a seguirle. Es importante confiar en aquellos que conocen el recorrido y el sentido de cada paso que hay que dar, y entender que lo que nos une y lo que nos diferencia es también parte del camino.
En ocasiones decimos que es más importante lo que nos une que lo que nos separa, y a veces nos amparamos en esto para buscar esas cosas que nos unen y huir de lo que nos hace diferentes o nos separa. Pero una de las grandes riquezas de Emaús está en entender que, especialmente en lo que nos hace diferentes y en lo que nos separa, Dios nos habla, y nos enseña el verdadero sentido de la humildad, el amor y la misericordia entendida en la vida de Cristo.
La humildad, como persona y como comunidad, nos habla de reconocernos tal como somos, en nuestras limitaciones, pero también en nuestras fortalezas. En este mirar al Señor para entender con su vida el sentido y valor de la humildad, cada persona, cada comunidad, estamos llamados a entregar nuestra pobreza para que no nos ancle al suelo y a dar gracias por los dones recibidos, sabiendo que son un regalo que hemos de cuidar y compartir.
Mirando a Cristo, entendemos la medida del amor. Un amor que ama hasta el extremo, que se entrega sin esperar nada a cambio, que acoge y acompaña, que abraza al que te hace daño. Que transforma al que lo recibe y cautiva al que lo da. Vivir así el amor sería imposible si solo dependiésemos de nosotros.
Por eso cada persona y cada comunidad pone en el centro a Cristo para que sea Él quien conforme en cada uno esta forma de amar.
Con los errores y las miserias que experimentamos de cada persona y de cada comunidad, Dios nos da la oportunidad de cambiar nuestro corazón por el suyo.
Un corazón capaz de recoger la pobreza de los que nos rodean y guardarla en nuestro corazón. Cuando una persona, o una comunidad, ve su pobreza recogida y custodiada en el corazón de otra persona u otra comunidad, se transforma en una semilla que da fruto en su propia vida.
Son cosas sencillas, pero que han de calar profundamente en cada persona y en cada comunidad para que el al final todos recorramos un mismo camino.
Cada persona y cada comunidad va ganando un nuevo “cinturón” de color a medida que gana en conocimiento y experiencia. Y así pasamos del cinturón blanco del caminante o de la comunidad que empieza, al cinturón negro del veterano o de la comunidad que lo sabe todo. Es un camino que todos hacemos. Pero cuando alcanzamos esa cima, ese cinturón negro, vemos que ahí no está Dios. Están nuestras medallas, nuestros triunfos, nuestras fuerzas.
Pero Dios no está ahí. Él nos espera en el barro, en lo sencillo, en lo pobre, en cada gesto, en cada abrazo, en el ser humildes, en nuestro corazón o en el corazón de los demás cuando ama como Él, y un corazón lleno de misericordia.
Y es precioso cómo Emaús siempre acaba volviendo a manos de personas que han dejado caer su cinturón negro para revestirse del cinturón blanco, que vuelven a ser un caminante más, un servidor más, que reconoce su vacío, deja que Jesús siga saliendo al encuentro y se pone a caminar a su lado, comparte su pan y llena su corazón de una luz que los demás no pueden dejar de ver.
Muchos lectores conocen ya testimonios de Emaús: matrimonios reconciliados, confesiones después de décadas, personas que descubren que Dios no se ha olvidado de ellas. Este libro no pretende sustituir esa experiencia ni abrir en canal lo que ocurre en un fin de semana de retiro, pero sí ayudar a entender por qué tantos vuelven diciendo: “Ahora sé que no camino solo”.
Tal vez, al terminar esta entrevista, te venga a la mente alguien concreto: un hijo que se ha alejado, un amigo herido, un compañero de trabajo que vive sin horizonte. O quizá eres tú quien camina con el corazón frío, cansado de preguntas sin respuesta. Para unos y para otros, las páginas de Retiros de Emaús pueden ser un primer paso: una invitación discreta, pero muy seria, a dejar que Cristo vuelva a contar tu historia y a descubrir que todavía hoy hay caminos donde el corazón vuelve a arder.