Religión en Libertad

El susurro del silencio: Javier Martínez-Pinna y el legado de los guardianes de Occidente

La brújula monástica frente al ruido de la modernidad.

Un claustro medieval bañado por la luz del atardecer recuerda el silencio habitado donde nació la vida monástica que sostiene, en silencio, el alma de Occidente.

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En un siglo XXI definido por la inmediatez digital, la fragmentación de la atención y una profunda orfandad espiritual, el ser humano parece haber olvidado el lenguaje del silencio. Vivimos en una sociedad que, como bien señala Benedicto XVI, ha ganado en técnica pero ha perdido en sentido, sumida en una ansiedad que nos desconecta de nuestra propia historia. Sin embargo, en los márgenes de este ruido incesante, los muros de piedra de los antiguos monasterios siguen custodiando un secreto milenario que hoy, más que nunca, reclama nuestra atención.

Para desentrañar este misterio y rescatar las raíces que sostienen el alma de Europa, conversamos con Javier Martínez-Pinna, historiador, investigador de campo y una de las voces más lúcidas de la divulgación histórica contemporánea. Martínez-Pinna, cuya trayectoria ha sido reconocida con nominaciones a los premios Hislibris y colaboraciones habituales en cabeceras como National Geographic o ABC Historia, nos presenta su obra más necesaria: "El libro de las órdenes monacales y religiosas" (Editorial Almuzara).

En este apasionante recorrido, el autor no se limita a realizar un inventario de fechas y nombres. Nos invita a cruzar el umbral de los scriptoria donde el saber clásico fue salvado de la extinción, a recorrer las enfermerías donde nació la caridad organizada y a entender cómo la disciplina de un monje eremita fue el primer ladrillo sobre el que se edificó la civilización occidental. 

A través de esta charla, Martínez-Pinna nos propone un viaje que va desde los padres del desierto hasta las congregaciones modernas, recordándonos que los monasterios no fueron solo lugares de oración, sino auténticos laboratorios de humanidad. En sus palabras encontraremos una invitación a detener la prisa y a buscar, en la sencillez y la contemplación, las respuestas a nuestras preguntas más íntimas.

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-Javier, en un momento en que la sociedad parece estar en búsqueda de sentido y espiritualidad, ¿qué cree que la tradición monástica puede ofrecer a los hombres y mujeres de hoy?

-Efectivamente vivimos en un momento de crisis espiritual, en el que el ser humano parece dominado por la ansiedad, la inseguridad y la incertidumbre. Es cierto que el desarrollo tecnológico ha ofrecido nuevas posibilidades para el bien, pero, como decía Benedicto XVI, también abre posibilidades abismales para el mal, entre otros motivos porque el hombre se siente más solo que nunca e incapaz de seguir con el ritmo de la vida moderna. Por este motivo, en la actualidad muchos están volviendo su mirada hacia esos monjes y monjas que, en su día, sintieron la necesidad de detenerse, alejarse del ruido y buscar aquello que daba sentido a la existencia. Para mí, esto es lo que realmente nos puede ofrecer la tradición monástica en este mundo marcado por la prisa, recordar esos claustros que fueron espacios de silencio y de encuentro con Dios.

-Su libro recorre la historia de las órdenes monacales y religiosas, desde los eremitas del desierto hasta las congregaciones contemporáneas. ¿Cuál es, en su opinión, el legado más importante que las órdenes monacales han dejado en la historia de la Iglesia y de la humanidad?

-Los monasterios no fueron, únicamente, lugares de oración. Creo que no me equivoco cuando aseguro que el monacato cristiano tuvo una gran influencia a la hora de comprender el universo espiritual de la cristiandad. ¿A qué nos estamos refiriendo? 

En primer lugar, la importancia de la observancia litúrgica y la necesidad de evangelizar nuevos territorios favoreció la aparición de escuelas monásticas donde pudieron estudiar y brillar grandes pensadores que hoy debemos reivindicar como padres de la civilización occidental, como santo Tomás o Hugo de san Víctor. 

No nos cansamos de repetir que, en sus scriptoria, los monjes realizaron una labor impagable copiando antiguos manuscritos y garantizando la transmisión de unos conocimientos que, sin ellos, se habrían perdido. No solo eso, los monasterios fueron importantes centros económicos que desarrollaron sistemas de gestión interna muy avanzados para la época. Por encima de lo anterior, en el libro, destacamos que los monasterios fueron lugares de asistencia social abiertos a las necesidades de la gente común. En sus enfermerías, los monjes y los frailes cuidaron de los enfermos con tremenda humanidad. Es cierto que no contaban con tantos servicios y aparatos especializados, pero la atención se hacía de forma muy caritativa. 

En "El libro de las órdenes monacales y religiosas" prestamos especial atención a las familias religiosas que hicieron del cuidado de los enfermos su principal preocupación. Hablamos, por lo tanto, de los Hermanos de San Juan de Dios, que introdujeron una visión muy humana y digna del enfermo, justo en una época en la que la enfermedad se consideraba un estigma, o los camilos, unos sacerdotes a los que no les tembló el pulso a la hora de administrar los sacramentos a los moribundos, lavar las heridas a los que no podían valerse de sí mismos y permanecer junto a los que quedaban aislados y en la más absoluta soledad por miedo a los contagios. 

Esto es precisamente lo que trato de reivindicar, y es que la Iglesia ha podido errar a lo largo de su dilatada historia, pero esto también fue Iglesia, la verdadera Iglesia querida por Cristo, la de esos hombres y mujeres que lo abandonaron todo y pusieron su vida en peligro con el único deseo de ayudar a los más desfavorecidos.

-La Ilustración y la modernidad trajeron cambios significativos en la percepción de la vida consagrada. ¿Cómo cree que las órdenes monacales y religiosas han respondido a estos desafíos y cómo han evolucionado en los últimos siglos?

-El monacato cristiano entró en una profunda crisis a partir del siglo XVIII, en el que la vida consagrada comenzó a ser cuestionada desde distintos frentes. Desde el punto de vista filosófico, en este siglo de las «luces» se desarrolló la Ilustración, con una serie de pensadores rabiosamente anticatólicos, como Voltaire y Diderot, que destacaron por sus críticas a la Iglesia y contra los monasterios y conventos por considerarlos un simple lastre para el progreso del ser humano. 

La crisis del monacato alcanzó altas cotas con la llegada de la Revolución francesa, momento en el que se suprimieron órdenes religiosas, se cerraron monasterios y miles de católicos fueron pasados a cuchillo. 

A todo ello, le unimos la política de los Estados liberales como España, donde continuó la obra de debilitamiento del monacato, sobre todo por el inicio de los procesos de desamortización que, al final, no sirvieron para solucionar ninguno de los problemas por los que pasaba el país. A pesar de la crisis del mundo monacal, la vida consagrada sobrevivió, aunque se vio obligada a transformarse con la aparición de congregaciones adaptadas al mundo de la modernidad y a la implantación de los nuevos modelos económicos y sociales que atentaban contra la dignidad del hombre. 

En nuestro tiempo, las congregaciones religiosas no solo deben preocuparse por llevar la fe al mundo, sino también por responder a los problemas de una sociedad sumida en una profunda crisis. Creemos que el papel de estas congregaciones como los maristas, las teresianas o los salesianos, entre otras muchas, debe ser protagonista para recordarnos que el progreso no solo se mide por la riqueza material, y que la felicidad solo es posible si se recuperan valores por medio de la educación.

-En su libro, usted invita a "visitar" un monasterio medieval típico y a reflexionar sobre la rutina cotidiana de los monjes. ¿Qué aspectos de la vida monástica cree que son más relevantes para los cristianos de hoy?

-En el libro, el lector se dejará acompañar por un monje anónimo con el que podrá visitar alguna de las estancias más importantes de un monasterio medieval. Recorreremos claustros de gran belleza y cargados de simbolismo en los que los monjes encontraban la paz para sumirse en sus propios pensamientos. Tampoco nos olvidamos de los dormitorios o la sala capitular, que representaba la unidad de la comunidad en torno al abad. No menos importante era el refectorio o la biblioteca, donde se mantuvo vivo el saber de los antiguos, y la enfermería, en la que, como dijimos, se cuidaba a los más necesitados de forma misericordiosa. 

También veremos cómo era el día a día del monje; cómo repartía su tiempo, cómo era su dieta e, incluso, hablaremos sobre sus costumbres higiénicas. Creo que, para el cristiano de hoy, este viaje por el interior del monasterio le permitirá recordar algunos valores que hoy parecen olvidados, como el silencio frente a un mundo bullicioso, la dignidad del trabajo sencillo frente a la deshumanización que prima en nuestras relaciones laborales, el amor por el conocimiento profundo frente al predominio de lo efímero y la búsqueda de lo trascendente en estos tiempos en los que prima el materialismo.

-La crisis de las vocaciones es un tema que afecta a muchas órdenes monacales y religiosas. ¿Qué cree que la Iglesia y la sociedad pueden hacer para apoyar y revitalizar la vida consagrada?

-Es cierto que hoy en día parece existir una cierta crisis de vocaciones dentro de la Iglesia y las órdenes monacales y religiosas, pero también es verdad que el número de monasterios creció en la segunda mitad del siglo XX. Del mismo modo, y esto es algo que resulta evidente, en los últimos años la vida consagrada vuelve a llamar la atención. ¿Quién podría imaginarse que el documental Libres, dirigido por Santos Blanco, se iba a convertir en uno de los más vistos del año 2023? A mí, personalmente, algunos monjes, como los de San Pedro de la Cardeña me han asegurado que cada vez más gente se acerca hasta los cenobios interesándose por la realidad de estos hombres y mujeres dedicados a la oración. Por otra parte, en el libro no solo hablamos sobre la historia del monacato triunfante y las principales órdenes religiosas, sino también ofrecemos al lector la posibilidad de realizar un recorrido por la España monástica y por esas hospederías maravillosas que parecen estar poniéndose de moda.

¿Qué deberíamos hacer para revitalizar la vida consagrada? Yo creo que lo principal es recordar su historia, quiénes fueron los cluniacenses y los cistercienses, sin los cuales no podríamos comprender la evolución de la sociedad europea que se fundamenta en dos principios básicos como el valor de la persona humana y el bien primario de la paz, o de esas congregaciones religiosas que surgieron en el siglo XIX y que trataron de responder a los problemas de la sociedad industrial totalmente desarraigada.

-⁠¿Qué mensaje quiere transmitir a los lectores a través de "El libro de las órdenes monacales y religiosas"? ¿Qué esperanza o inspiración cree que los lectores pueden encontrar en la historia y la espiritualidad de las órdenes monacales?

-En este libro, sigo el camino que inicié con mi anterior trabajo, Eso no estaba en mi libro de historia de la Iglesia católica, también publicado por la editorial Almuzara. Creo que en una situación como la actual, en un momento de crisis de valores, el pensamiento cristiano, y por supuesto el de las principales órdenes monacales y religiosas, tiene que volver a convertirse en un referente moral. 

Vivimos en el contexto de lo que muchos llaman postmodernidad, pero, como decía Jutta Burgraff, esta solo puede ser una etapa de transición que anticipa una nueva era que no conocemos. Si nos preguntamos qué nos deparará el futuro, solo podemos encontrar dos respuestas. Tenemos la opción de continuar con la dinámica actual o, por el contrario, nos aferramos a nuestras tradiciones. 

Desde mi punto de vista, creo que un mejor conocimiento de la historia de la Iglesia y las órdenes monásticas nos permitiría comprender los grandes errores cometidos, pero también la labor desarrollada para fundamentar la identidad europea. En este sentido, la recuperación de los principios del cristianismo nos puede ayudar a encontrar una verdad absoluta, firme, sobre la que se asienten los valores más adecuados para una convivencia respetuosa.

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