"No entristezcáis al Espíritu"
Por el bautismo y la confirmación, cada cristiano es un templo del Espíritu Santo, y éste inhabita en nuestras almas, haciendo morada en nosotros. De este modo nos santifica, nos va divinizando y es una prenda, una garantía, de nuestra propia resurrección y de la vida eterna.
Habitando en nosotros, dirige nuestros pensamientos, nos conforma a Cristo, impulsa la alabanza y la oración, sugiere el bien, nos lleva a reconocer la Verdad, permite que nos adentremos en el tesoro de la revelación y que vivamos santamente, obrando como hijos de Dios, con una libertad gloriosa, sin seguir los deseos de nuestra carnalidad, la inclinación de nuestra concupiscencia. Esto no significa que el Espíritu Santo anule nuestra voluntad. Somos libres para seguir sus mociones e inspiraciones o para rechazarlas, de modo que es nuestra voluntad la que peca o la que se deja santificar. San Pablo, en la carta a los Efesios, recomienda que "no entristezcáis al Espíritu", que no lo contristemos ni lo expulsemos de nosotros por el pecado. ¿Cómo es esto?¿Qué quiere decir el Apóstol?
Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. Pero si permitimos que el mal espíritu nos guíe carnalmente, contristamos al Espíritu Santo, lo expulsamos de nosotros. Sólo mediante el sacramento de la Penitencia volverá a nosotros, habitando felizmente. El sacerdote, al absolvernos, impondrá las manos sobre el penitente, diciendo: "Dios Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo..." Dejemos al Espíritu obrar y dirigirnos desde dentro, y tratemos siempre con suma familiaridad a este Huésped de las almas.