¿Cómo muere una monja de clausura? Las últimas horas de la dominica que conmueve las redes
«Quiero despedirme de ti, hasta el cielo, maja, allí te espero», grabó sor Virtudes en un audio horas antes de morir.
En tan solo un momento, el testimonio de sor Virtudes alcanzó las 40.000 visitas y los más de 30.000 "Me gusta".
Son las diez de la mañana de un jueves cualquiera del mes de febrero de 2026. Sor Virtudes está malita en el hospital, tiene 88 años y, a pesar del cáncer que le detectaron hace meses, tiene una vitalidad que sorprende a todos los que pasan por su habitación. Las enfermeras le tienen auténtica devoción, y hasta se le acercan otros pacientes con sus familias para charlar.
En un momento dado, la anciana pide a su fiel escudera –otra hermana de su mismo Monasterio de Santo Domingo de Caleruega (Burgos, España)–, que coja el teléfono porque quiere grabar un audio, un último audio. La compañera le da al play y la anciana, con un ánimo tan entusiasta que llega a conmover –para los definitivos días a los que, presumiblemente, se tiene que enfrentar–, comienza a decir:
"Hola, soy sor Virtudes. Solo quiero mandarte un abrazo grande, grande, desde el hospital. Quiero despedirme de ti, ¡hasta el cielo, maja, allí te espero!, y allí cantaremos todas juntas las alabanzas del Señor".
Unos días después. Es 25 de febrero de 2026.
El vídeo de una monja anciana hablando de su relación con Dios, grabado por el fotógrafo David Naval, se empieza a hacer viral en las redes sociales. En apenas unas horas alcanza las 40.000 visitas y los más de 30.000 "Me gusta". Su Instagram se convierte en un auténtico hervidero de reacciones.
Podría ser otro bonito testimonio de una de las miles de monjas ancianas que pueblan los monasterios de toda España, pero, no lo es. Detrás de las palabras de esta dominica –con 69 años de vida consagrada a las espaldas–, hay una forma de afrontar la muerte que resuena a algo realmente extraordinario.
Sor Virtudes derrochaba alegría y generosidad allá por donde pasaba.
"No me hice religiosa para santificarme yo sola, sino para ayudar al mundo a que busque a Dios, a que le ame. No sé si lo he conseguido, pero eso fue lo que hice", se le escucha decir.
"Cuando me han venido cosas duras, digo: 'Tú estás conmigo, Tú eres mi Dios, Tú eres mi confidente, Tú eres lo más grande que hay, Tú eres el que me va a recibir al final de la vida. Él me va a recibir en sus brazos y me va a abrazar. Él me va a amar. Añoro ese día…", continúa diciendo sor Virtudes.
Viernes 27 de febrero de 2026.
Un sol espléndido luce en lo alto del Monasterio de las Madres Dominicas de Caleruega. Sobre una lápida sin nombre descansa un ramo de rosas rojas, sus queridas rosas rojas. Todavía más abajo, los restos de sor Virtudes esperan alcanzar nuestra propia eternidad, que no la suya. Sor Teresa de Jesús –vicaria del monasterio– la acompañó durante sus últimos días en el hospital. Es joven, pero, a pesar de su edad, le ha tocado despedirse de varias de sus hermanas mayores.
En un hueco libre, aprovecha para charlar con Religión en Libertad sobre el ejemplo de fe que ha supuesto sor Virtudes para toda la comunidad, y, sobre algo más importante, de cómo debería despedirse una monja de clausura –o, más bien, cualquier cristiano–, de esta vida terrenal... antes de abrazar la meta definitiva que Virtudes anheló durante 88 años.
"Sor Virtudes era una persona muy discreta, tenía una grandísima humildad. Lo que estamos viendo con su muerte no lo hubiéramos pensado con su vida, estoy segura de que hay gente que se está sorprendiendo muchísimo", dice sor Teresa.
"Se desprendió de todo para enseñárnoslo a las más jóvenes. Siempre decía que su misión era que alguien pudiera recibir el testigo. Acogió el diagnóstico del cáncer con muchísima paz. En ningún momento dejó de bajar al obrador ni a rezar. En las últimas semanas, le había propuesto que se quedara en la cama, pero me decía que ella descansaba rezando con la comunidad. Su vida fue una alabanza continua hasta el final".
"Cuando ya estaba muy enferma, con muchos dolores, siempre me decía: 'tú no te preocupes por mí, la que te tienes que cuidar eres tú, que tienes muchos años de vida por delante, yo, ahora, ya no me tengo que cuidar, tengo que entregarlo todo a las demás'. Y, literalmente, se esforzaba en cargar peso... y asumía ciertos trabajos para poder liberar al resto de las hermanas".
"Hace unos días empeoró y la tuvieron que ingresar. Ella pensaba que viviría un poco más, pero no por ella sino por poder seguir echando una mano un rato más. Cuando el médico nos informó de que ya no había nada que hacer me empezó a explicar –sin yo decirle nada– cómo quería que fuera su funeral".
"'Quiero que cantéis de entrada Qué alegría cuando me dijeron, y se puso ella a cantarlo, y, luego, en la Comunión, Cerca de Ti, Señor, y, de salida, Yo le resucitaré. Me dijo que no me preocupara por ponerle el hábito más elegante ni el más nuevo, que teníamos voto de pobreza, que ese podía servir para otra monja, que, además, ella iba a entrar en el cielo revestida de la misericordia del Señor, y que el hábito se quedaría aquí".
Camino del cementerio para el entierro de sor Virtudes.
"Le gustaban muchísimo las flores, siempre había cuidado las plantas de la huerta. Le dije que si me iba a dejar ponerle flores, me dijo que 'para mí no, pero que para el Señor las que quisiera'. Le pregunté que cuáles eran sus favoritas, y me dijo que las rosas rojas. Esa tarde le compré una rosa roja y le dije que me la había encargado su Esposo. Ella me dijo que con esa rosa tendría que enterrarla".
"Al día siguiente, llegó su confesor y le regaló un rosario, y me pidió que también le enterrara con él. Yo, de vez en cuando, le preguntaba, ¿no tienes miedo?, ¿no estás nerviosa?, y ella me miraba, como diciendo '¿pero qué me estás preguntando?'. Y, el domingo, otra vez, le pregunté, y me dijo: 'pero si la misericordia de Dios es más grande que todo, ¿de qué voy a dudar?, yo me voy por fin al abrazo con el Padre, es para lo que he vivido toda mi vida y lo estoy esperando, lo estoy deseando".
"Una de las veces que me vio llorar, me dijo: 'mujer de poca fe, ¡no te crees que me voy al cielo!', y luego me dio la bendición. La última tarde tenía ya muchos dolores y le cantamos. Cuando en la orden un hermano está agonizando se le canta La Salve y el O spem miram, que es un canto a Santo Domingo. Cuando Nuestro Padre se estaba muriendo, y los frailes estaban llorando, él les dijo: 'no lloréis por mí, que os seré más útil desde el cielo'. Nosotras, como no nos atrevíamos a decirle que lo íbamos a cantar, le preguntamos que si le cantábamos simplemente algo a la Virgen... y ella contestó que quería La Salve y el O spem miram. Sabía muy bien lo que venía y estaba en paz".
"Había momentos en los que la veía muy mal, que estaba con los ojos fijos mirando a la pared, yo pensaba que se nos iba, y, de repente, se giraba y me decía: '¿has cenado? o ¡vete a dormir! Cuando la levantaba de la cama, siempre la cogía con el brazo derecho –que tengo operado–, y me decía: 'no, no, con ese no, que ese es el malo, cógeme con el izquierdo'".
"En el hospital coincidió en la habitación con una hermana de Iesu Communio, y, un día, llegó una de ellas y le dijo: 'Sor Virtudes, que eres famosa en nuestro monasterio, que todas las que vuelven de aquí dicen que las estás llevando a Dios'. Todas querían acercarse a su cama para que ella les hablara".
"El cielo, me decía, 'es el gran monasterio', y allí iba a poder alabar a Dios con todos los santos. Me repitió varias veces: 'me voy al gran monasterio'. Sor Virtudes me ha hecho ver que estamos hechos para el cielo. Yo siempre le decía: 'me das envidia'. Ahora veo que todo cobra sentido si vives la vida de esta manera. Y, una muerte así no se improvisa en el último momento... si no es fruto de una vida de intimidad con Dios y sostenida por la fe".
La tumba de sor Virtudes, con su ramo de rosas rojas.
"Sor Virtudes nos enseñó cómo nuestra propia vida predica sin necesidad de muchas palabras. Es la forma a la que estamos todos llamados a morir. Yo siempre le decía: 'muriendo así, nos lo estás poniendo muy complicado'. Porque ha muerto de una manera tan elegante, tan serena, tan pacífica... No podemos dejarnos llevar por la tristeza. Ella está ahora feliz, ha cumplido su meta, y por eso celebramos su funeral como una auténtica boda, porque era lo que correspondía", concluye sor Teresa de Jesús.
***A Sor Virtudes, con cariño, a la que tuve la suerte de conocer de cerca y de la que siempre me impresionó su fe, esperanza y caridad. Una de las últimas veces que la vi, con 88 años, todavía quería renovar el carnet de conducir 'para poder servir mejor a su comunidad'. Descansa en paz, hermana, y disfruta del Gran Monasterio... ¡que te lo has ganado!
Sor Virtudes González González O.P.
- Natural de Santa Bárbara (Asturias), era la segunda de 5 hermanos. Nacida el 22 de marzo de 1937 quedó huérfana de madre en la adolescencia y unos meses después se enfrentó la muerte de su hermana mayor, haciéndose cargo del resto de sus hermanos. En Sotrondio conoció a las dominicas y fue descubriendo su carisma. Ingresó como monja de la Orden de Predicadores en 1957 y falleció 69 años después, en la mañana del lunes 23 de febrero de 2026, siendo subpriora del Monasterio de Santo Domingo de Caleruega (Burgos, España), cuna de Santo Domingo de Guzmán.