Domingo, 21 de julio de 2019

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La conciencia y la gracia se relacionan

Un texto paulino refleja bien la situación del hombre; el pecado original ha dejado herida a la persona por  la concupiscencia, una inclinación extraña que supone una ruptura, una distorsión, del hombre.
 
Decía san Pablo:
 
La ley es espiritual, de acuerdo, pero yo soy un hombre de carne y hueso, vendido como esclavo al pecado. Lo que realizo no lo entiendo, pues lo que yo quiero, eso no lo ejecuto, y, en cambio, lo que detesto, eso lo hago. Ahora, si lo que hago es contra mi voluntad, estoy de acuerdo con la ley en que ella es excelente, pero entonces ya no soy yo el que realiza eso, es el pecado que habita en mí.
 
Sé muy bien que no es bueno eso que habita en mí, es decir, en mis bajos instintos; porque el querer lo bueno lo tengo a mano, pero el hacerlo, no. El bien que quiero no lo hago; el mal que no quiero hacer, eso es lo que hago. Entonces, si hago precisamente lo que no quiero, señal que no soy yo el que actúa, sino el pecado que llevo dentro.
 
Cuando quiero hacer lo bueno, me encuentro inevitablemente con lo malo en las manos. En mi interior me complazco en la ley de Dios, pero percibo en mi cuerpo un principio diferente que guerrea contra la ley que aprueba mi razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mi cuerpo. En una palabra: yo de por mí, por un lado, con mi razón, estoy sujeto a la ley de Dios; por otro, con mis bajos instintos, a la ley del pecado.
 
¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este ser mío, presa de la muerte? Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, y le doy gracias.
 
 
La conciencia reconoce el bien y quiere hacerlo, pero sólo por gracia podrá vencer ese desorden interior, llamado concupiscencia y obrar el bien apartándose del mal. Sólo por gracia podremos vencer ese desorden de quien ve el bien, quiere hacerlo y al final o no lo hace u obra el mal; ese desorden que ve el mal, no lo quiere, lo rechaza y al final cae en él.
 
Es la gracia la que ilumina plenamente a la conciencia para que reconozca el bien y es la gracia la que mueve al hombre y le inspira el bien. Sin la gracia, estaríamos impotentes para obrar el bien.
 
"La gracia santificante es un don habitual, una disposición estable y sobrenatural que perfecciona al alma para hacerla capaz de vivir con Dios, de obrar por su amor" (CAT 2000).
 
Además, la gracia nos conduce al encuentro con la Verdad, con Cristo, librando a la conciencia de la ceguera que a veces le impide reconocer a Cristo, aceptar la Verdad.
 
"La libre iniciativa de Dios exige la respuesta libre del hombre, porque Dios creó al hombre a su imagen concediéndole, con la libertad, el poder de conocerle y amarle. El alma sólo libremente entra en la comunión del amor. Dios toca inmediatamente y mueve directamente el corazón del hombre. Puso en el hombre una aspiración a la verdad y al bien que sólo Él puede colmar. Las promesas de la “vida eterna” responden, por encima de toda esperanza, a esta aspiración:
«Si tú descansaste el día séptimo, al término de todas tus obras muy buenas, fue para decirnos por la voz de tu libro que al término de nuestras obras, “que son muy buenas” por el hecho de que eres tú quien nos las ha dado, también nosotros en el sábado de la vida eterna descansaremos en ti» (San Agustín, Confessiones, 13, 36, 51)" (CAT 2002).
 
¿El hombre puede llegar a la Verdad? ¿Puede reconocerla? ¿Puede conformar su vida a ella?
 
Cedamos la palabra a Ratzinger (El elogio de la conciencia, Madrid, Palabra, 2010, pp. 33ss) en un texto que habremos de leer varias veces:
 
"Al final de nuestro camino sigue abierta la pregunta de la que ha partido esta reflexión: la verdad, al menos tal como nos la presenta la fe de la Iglesia, ¿no es quizás demasiado elevada y demasiado difícil para el hombre? Ahora, después de las consideraciones que hemos formulado, podemos responder: es cierto, la vía empinada y ardua que conduce a la verdad y al bien no es una vía cómoda. Constituye todo un desafío para el hombre. Pero, eso sí, lo qu eno libera es permanecer tranquilamente encerrados en sí mismos; es más, al obrar así, uno se deforma y se pierde. Al escalar las alturas del bien, el hombre descubre cada vez más la belleza que se oculta en la ardua fatiga por alcanzar la verdad y descubre también que justamente en la verdad se encuentra su redención.
 
Pero con esto todavía no está dicho todo. Disolveríamos el cristianismo en un moralismo si no tenemos claro un anuncio, que supera nuestro propio obrar. Sin necesidad de muchas palabras, esto puede quedar patente recurriendo a una imagen tomada del mundo griego, en la que cabe notar que la anámnesis del Creador nos impulsa hacia el Redentor y, al mismo tiempo, que todo hombre es capaz de reconocerlo como Redentor, pues responde a nuestras más íntimas expectativas...
 
Existe un poder de la gracia, una fuerza de expiación, que puede cancelar la culpa y hacer que la verdad resulte finalmente liberadora. Se trata de la nostalgia de que la verdad no se limite tan solo a interpelarnos de forma exigente, sino que también nos transforme mediante la expiación y el perdón. A través de ellos, como dice Esquilo, se 'lava la culpa', y nuestro mismo ser es transformado desde dentro, por encima de nuestras capacidades.
 
 
Esta es precisamente la novedad específica del cristianismo: el Logos, la Verdad en persona, es a la vez también la reconciliación, el perdón que transforma más allá de nuestras capacidades e incapacidades personales. En eso consiste la auténtica noviedad, sobre la que se basa la gran memoria cristiana, la cual es a la vez también la respuesta más profunda a lo que la anámensis del Creador espera de nosotros. Allí donde no se proclama o no se percibe suficientemente este centro del mensaje cristiano, la verdad se trueca de hecho en un yugo, que resulta demasiado pesado para nuestros hombros y del que hemos de intentar liberarnos. Pero la libertad que se obtiene de este modo es una libertad vacía. Nos conduce al yermo país de la nada y así se destruye ella sola.
 
El yugo de la verdad se ha vuelto "ligero" (Cf. Mt 11,30) cuando la Verdad ha venido, nos ha amado y ha quemado nuestras culpas en su amor. Solo cuando conocemos y experimentamos interiormente todo esto, nos hacemos libres para escuchar con alegría y sin congoja el mensaje de la conciencia".
 
 
La gracia realiza este descubrimiento de la Verdad que libera y del bien:
 
 
Concédenos, Señor, la gracia de conocer y practicar siempre el bien, y, pues sin ti no podemos ni siquiera existir, haz que vivamos siempre según tu voluntad (OC jueves I Cuaresma).
 
Y es la gracia la que nos mueve al bien:
 
Te pedimos, Señor, que tu gracia continuamente nos preceda y acompañe de manera que estemos dispuestos a obrar siempre el bien (OC XXVIII Tiempo Ordinario)
 
Y es la gracia la que hace mil pedazos el egoísmo y la concupiscencia:
 
Infunde, Señor, tu gracia en nuestros corazones para que sepamos dominar nuestro egoísmo y secundar las inspiraciones que nos vienen del cielo (OC viernes III Cuaresma).
 
Y es la gracia la que dispone al hombre para que sus obras sean buenas, es decir, se ajusten al bien:
 
 
Señor, que tu gracia inspire, sostenga y acompañe nuestras obras, para que nuestro trabajo comience en ti, como en su fuente, y tienda siempre a ti, como a su fin (OC jueves después de ceniza).
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