Viernes, 10 de julio de 2020

Religión en Libertad

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Para los que siguen creyendo que la Iglesia ha marginado a la mujer en la historia

por Alberto Royo Mejia

MUJERES IMPRESCINDIBLES EN LA HISTORIA DE LA IGLESIA

(Un simple esbozo de lo mucho que se podría decir)

Aparte de comenzar, por supuesto, alabando a la más extraordinaria de todas, de la cual quiso Dios hacer depender toda la economía de la salvación y cuyo Fiat! en la Anunciación fue decisivo, esto es la Santísima Virgen María, hay que recordar en primer lugar a las mujeres que estuvieron en torno de Nuestro Señor, varias de las cuales, según testimonio del Evangelio “le asistían con sus riquezas” y mantenían al grupo apostólico que iba a cambiar la faz de la Tierra. Descuellan entre todas las dos hermanas de Betania, María, a quienes unían estrechos lazos de amistad con Jesús. No es el lugar aquí de disquisiciones críticas sobre si la primera es efectivamente la misma que María Magdalena, según una tradición que se remonta al papa Gregorio I el Grande. Lo cierto es que la Magdalena, cuya fiesta se celebra el 22 de julio, es la mujer más importante del Nuevo Testamento después de la Madre de Dios, junto a la cual estuvo al pie de la Cruz, y mereció ser llamada desde la Edad Media la Apostola Apostolorum, ya que, siendo el primer testigo de la Resurrección, fue ella la encargada de comunicar a San Pedro y a los demás apóstoles el hecho fundante de nuestra Fe. De hecho, el culto de Santa María Magdalena ha sido siempre muy popular e importante. Aquí, por supuesto, hay que decir a propósito que todas esas ficciones novelescas que últimamente corren por cuenta de esta extraordinaria mujer carcen de todo valor histórico y hasta literario. Otras mujeres del círculo próximo a Jesús: María de Cleofás o de Alfeo, María Salomé, Juana, etc., a las que los Evangelios nombran expresamente. Como se ve, no fue Cristo misógino ni mucho menos. Es más, los comien-zos de la Iglesia están marcados por la presencia femenina, que San Lucas considera digna de mención al describir a la comunidad cristiana naciente: Los Apóstoles y demás discípulos “perseveraban en la oración” y junto a ellos “las santas mujeres y la madre de Jesús con sus hermanos”.

En los Hechos y las Epístolas se citan los nombres de varias mujeres que colaboran activamente en los trabajos apostólicos y la tradición romana ha conservado el nombre de las primeras testigos del Evangelio: Práxedes, Pudenciana, Domitila, Prisca, Petronila, Sabina… Las Letanías de los Santos, monumento antiguo de la piedad traen los nombres de las primeras mártires y vírgenes cristianas, cuyo culto fue muy difundido: Águeda, Inés, Cecilia, Catalina y Anastasia. A estos nombres hay que añadir los de Santa Tecla (mencionada en las letanías por los agonizantes), Santa Liberata; Santa Martina, diaconisa y mártir, titular de una importante iglesia romana, y Santa Susana, sobrina del papa San Gayo.

Santa Elena Augusta, madre del emperador Constantino, fue decisiva en la conversión de su hijo y la cristianización del Imperio, además de ser la descubridora de la Vera Cruz. Otras emperatrices que tuvieron destacada influencia en el desarrollo del Cristianismo fueron: Santa Pulqueria Augusta, de la familia de Teodosio el Grande y esposa de Marciano, gracias a la cual en gran parte se convocaron los importantísimos concilios ecuménicos de Éfeso y Calcedonia, y Eudoxia, mujer de Valentiniano III. Vírgenes célebres de la Antigüedad cristiana: Santa Paula y su hija Santa Eustoquia, amigas de San Jerónimo y protocenobitas en el monasterio que fundaron en Belén; Santa Macrina, hermana de San Basilio el Grande y San Gregorio Niseno; Santa Sinclética, noble alejandrina del siglo V.

Pasando a la Edad Media, hay que recordar que en el origen de la conversión de jefes bárbaros y sus tribus con la consiguiente cristianización de las nuevas naciones se rastrea la influencia de mujeres. Así: Santa Clotilde, que favoreció la conversión de su marido el rey Clodoveo I y los Francos, haciendo así de la que sería más tarde Francia (la antigua Galia Transalpina); Santa Olga de Kiev, princesa ucraniana, abuela de San Vladimir a quien hizo convertirse y con él a la Rus, origen del pueblo ruso. Benefactora del Pontificado Romano: la condesa Matilde de Toscana, que incrementó con sus donaciones territoriales el Patrimonio de San Pedro. Reinas y monjas medievales que ilustraron la Iglesia: Leonor de Aquitania, Santa Isabel de Hungría, Santa Isabel de Portugal, Blanca de Castilla, Santa Eduvigis de Polonia (que hay dos, una de ellas, joven princesa extranjera, decidió casarse con el príncipe Jagelón de Polonia, pagano y cabeza de un pais pagano, con el fin de convertirlo, y como consecuencia convirtió a todo aquel pais eslavo, que siglos después daría incluso un Papa a la Iglesia), Santa Gertrudis la Magna, Santa Matilde, Santa Hildegarda de Bingen (la monja más culta de la Historia sin discusión), Santa Liduvina. De abadesas como la famosa de las Huelgas, que tenían más potestad eclesiástica que muchos obispos, estuvo llena la edad media, cosa que muchos historiadores olvidan. Y una mujer de bajo nivel intelectual pero de gran amor a Cristo, Santa Catalina de Siena, consiguió acabar con el vergonzoso destierro en Aviñón de los Papas. La jugada, que quedó sin rematar, fue concluida por las buenas artes de otra santa mujer, Brígida de Suecia. El Medioevo se cierra con la extraordinaria figura de Santa Juana de Arco, liberadora de su pueblo contra el invasor cual nueva Judith de Betulia.

Vayamos a la Edad Moderna: En el plano temporal, sin duda destacar a Isabel la Católica por su lucha contra el Isám, pero desde un punto de vista más espiritual, como favorecedora, junto con el cardenal Cisneros, de la reforma de la iglesia en España (lo que produjo entre otras cosas que en nuestro pais no se difundiese tanto el protestantismo, pues la reforma ya se había producido); Lucrecia Borgia, única mujer que ha tenido un puesto de gobierno de alta relevancia en el Vaticano (goberna-dora de los estados pontificios), por ser familia del Papa Alejandro VI, y cómo no recordar a Vittoria Colonna, Anna Borromeo y Cristina de Suecia. En el plano espiritual, sin duda figura decisiva fue Teresa de Jesús, reformadora del Carmelo, mística y literata; Santa Juana de Francia; Santa Juana María Frémiot de Chantal; Santa Luisa de Marillac; Santa Rosa de Lima, primera flor de santidad en el Nuevo Mundo, y Sor María de Ágreda, confidente del rey Felipe IV de España.

En tiempos más recientes, después de la Revolución Francesa, la recristianización de la sociedad se debió, en buena parte, a la multitud de fundaciones de congregaciones religiosas femeninas, cuyo número -según el dicho popular- es una de las tres cosas que ignora hasta el Espíritu Santo. El violentisimo ataque jansenista, que tanto desasosiego dejaba en las almas, fue en parte remediado por la devoción al Sagrado Corazón, que se difundió a partir de las apariciones a Santa Margarita María de Alacoque. En otro ámbito, la Iglesia se abrió paso en el mundo protestante americano, fuertemente anticatólico en esta época, gracias a intrépidas religiosas como Santa Elizabeth Setton y Santa Katherine Drexel, apóstola y valedora de los afroamericanos. En España, el siglo XIX es dominado por la influencia de dos monjas: la Madre Sacramento y Sor Patrocinio (la monja de las Llagas), consejera espiritual de Isabel II que poco se dejó aconsejar.

Santa Teresita del Niño Jesús, cuya vida de claustro fue aparentemente insignificante, es nombrada por Pío XI patrona de las misiones: tal es la influencia que atribuye el Papa a su poderosa intercesión. Otra Teresa, la Beata Madre de Calcuta, es, sin duda, la figura femenina más descollante del siglo XX como heroína de la caridad, junto con la intelectual Santa Teresa Benedicta Stein, profesora universitaria, escritora fecunda y después mártir del nazismo y hoy copatrona de Europa. Por otro lado, el mensaje de una monja polaca, Santa Faustina Kowalska, favorecido por el Papa Juan Pablo II, ha hecho que la devoción a la divina misericordia se extienda rapidísimanente a toda la Iglesia, de un extremo a otro. Cómo no recordar también a Chiara Lubich, fundadora de un movimiento de hombres y mujeres extendido por todo el mundo, y de gran importancia en la Iglesia contemporanea, la cual ha querido que su fundación esté siempre gobernada por mujeres. Y hablando de movimientos, el más grande de ellos en toda la Iglesia, y que puede gustar más o menos pero que objetivamente ha producido el mayor número de sacerdotes y religiosas en los últimos decenios, el Camino Neocatecumenal, cuenta en su fundación y gobierno con el papel fundamental, junto a Kiko Argüello, de una mujer, Carmen, con la que Kiko cuenta para todo.

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