Domingo, 31 de mayo de 2020

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Del monje que inventó el do-re-mi… Guido de Arezzo

por En cuerpo y alma

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            Cuando hace ya unos días veíamos que el famoso do, re, mi, fa, sol, la, si con el que se denomina a las notas musicales provenía de un himno a San Juan Bautista comúnmente conocido como “Ut queant laxis” (“para que podáis”),  (pinche aquí si le interesa el tema), prometimos dedicar una entrada al autor intelectual de la idea, que no es otro que el monje benedictino Guido de Arezzo (Guido d’Arezzo en italiano) también conocido como Guido Aretino, Guido Aretinus o Guido Mónaco, el monje Guido. Pues bien, henos aquí hoy para cumplir con la promesa.
 
            El nacimiento de Guido es bastante incierto. De acuerdo con lo afirmado en 1888 por Dom Morin en la “Revue de l’art Chrétien”, lo habría hecho cerca de París, alrededor del año 995. Educado por los monjes benedictinos, toma el hábito de la orden en el monasterio de Saint Maur des Fosses, cerca de la gran capital francesa.
 
            Desde el primer momento, Guido se dedica a innovar los métodos musicales y de la enseñanza musical, lo que como ocurre con tantos genios de la historia, le hará, por el contrario de lo que habría merecido, bastante impopular. Fruto de esa incomprensión, Guido es enviado a la abadía de Pomposa, cerca de Ferrara, y de ahí, una vez más incomprendido y atacado, al monasterio de Arezzo, adonde llega entre los años 1033 y 1036, siendo Grumwaldo abad del monasterio. Allí desarrollará revolucionarias técnicas de enseñanza para la notación y el aprendizaje musicales, entre las cuales no sólo el sistema de notas basado en el himno a San Juan Bautista que ya conocemos, sino también el “tetragrama”, una pauta musical de cuatro líneas que, como ya sabe el lector de esta columna, completará nada menos que cinco siglos más tarde el también fraile italiano Ugolino de Forlì (pinche aquí para conocer mejor su figura). La notación musical antes de las aportaciones de nuestro monje era prácticamente inexistente. Las melodías se transmitían de manera oral, apuntándose apenas la letra, algunas indicaciones rítmicas y muy rudimentarias indicaciones tonales.
 
            A pesar de todas las dificultades citada, su fama empieza a trascender, y el mismísimo papa de Roma, a la sazón Juan XIX (10241033) –nos hallamos en pleno siglo de hierro del papado, sus años de mayor corrupción, lo que no quita para que incluso en estos años se impulsaran desde Roma algunos de los grandes hitos de la historia humana, como es el caso aquí- le invita a establecerse en Roma, con tan mala suerte que lo que esta vez no hizo la envidia lo hizo el clima, enfermando Guido de las entonces llamadas “fiebres romanas” que le obligarán a abandonar la ciudad papal y trasladarse al monasterio de Pomposa, donde esta vez será mejor acogido. No parece haber permanecido allí largo tiempo, volviendo a otra ciudad bien conocida del monje, Arezzo, tanto que es la que termina dándole apellido.
 
            Producto de sus cavilaciones musicales es su magna obra literaria titulada “Micrologus de disciplina artis musicae”, que escribe hacia el año 1025, con apenas treinta años de edad por lo tanto. No es la única obra salida de su pluma, a la que la música debe otros títulos como “Prologus in Antiphonarium”, “De ignoto cantu”, “Regulae rythmicae” y la “Epistola Micheli monaco pomposiano”, en la que Guido hace, además, un elocuente retrato de sí mismo.
 
            Al igual que sobre su nacimiento, poco es lo que se sabe también sobre la muerte de nuestro monje. Si bien algunos la sitúan en Arezzo, la hipótesis más aceptada es que la misma tiene lugar hacia el año 1050, en el monasterio camaldulense de Avellano del que sería prior, a una edad próxima, pues, a los 55.
 
            En 1928, Guido de Arezzo es objeto de una grata cita por parte de nada menos que el Papa Pío XI en su carta apostólica “Divini cultus sanctitatem” sobre la música sagrada, en la que se refiere al noveno centenario de la llegada de Arezzo a Roma para presentar los frutos de sus investigaciones musicales.
 
            Y bien amigos, con estos apuntes musicales, una más de las artes tan en deuda con los hombres de iglesia, pongo hoy punto final a estas notas, nunca mejor dicho, no sin desearles como siempre, que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos. Yo por aquí andaré mañana, ¿y Vds.?
 
 
            ©L.A.
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