Domingo, 16 de junio de 2024

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¿Se atreve a ser discípulo misionero de Aparecida?

¿Se atreve a ser discípulo misionero de Aparecida?

por La divina proporción

 
 
El discipulado-misionero que Aparecida propuso a las Iglesias de América Latina y El Caribe es el camino que Dios quiere para este "hoy". Toda proyección utópica (hacia el futuro) o restauracionista (hacia el pasado) no es del buen espíritu. Dios es real y se manifiesta en el "hoy". Hacia el pasado su presencia se nos da como "memoria" de la gesta de salvación sea en su pueblo sea en cada uno de nosotros; hacia el futuro se nos da como "promesa" y esperanza. En el pasado Dios estuvo y dejó su huella: la memoria nos ayuda a encontrarlo; en el futuro sólo es promesa… y no está en los mil y un "futuribles". El "hoy" es lo más parecido a la eternidad; más aún: el "hoy" es chispa de eternidad. En el "hoy" se juega la vida eterna. 

El discipulado misionero es vocación: llamado e invitación. Se da en un "hoy" pero "en tensión". No existe el discipulado misionero estático. El discípulo misionero no puede poseerse a sí mismo, su inmanencia está en tensión hacia la trascendencia del discipulado y hacia la trascendencia de la misión. No admite la autorreferencialidad: o se refiere a Jesucristo o se refiere al pueblo a quien se debe anunciar. Sujeto que se trasciende. Sujeto proyectado hacia el encuentro: el encuentro con el Maestro (que nos unge discípulos) y el encuentro con los hombres que esperan el anuncio. 

Por eso, me gusta decir que la posición del discípulo misionero no es una posición de centro sino de periferias: vive tensionado hacia las periferias… incluso las de la eternidad en el encuentro con Jesucristo. En el anuncio evangélico, hablar de "periferias existenciales" des-centra, y habitualmente tenemos miedo a salir del centro. El discípulo-misionero es un des-centrado: el centro es Jesucristo, que convoca y envía. El discípulo es enviado a las periferias existenciales. (Papa Francisco. Discurso a los coordinadores de la CELAM 28-7-2013) 

Este fragmento del discurso que el Papa leyó a los coordinadores de la CELAM, es uno de los que más me han llamado la atención. ¿Por qué? Porque habla de una eclesiología muy diferente a la que venimos viviendo desde hace siglos. La Iglesia se ha ido convirtiendo en un espacio estático donde sentirnos tranquilos y seguros. Esto no está nada mal, es una Gracia de Dios que no podemos rechazar, pero nos falta otra parte. La Iglesia de los primeros siglos era muy diferente. Era dinamismo en diálogo entre el Mensaje, Misterio y Compromiso con la misión encomendada por Cristo. 

Desde el medievo, vivimos en una sociedad donde el cristianismo estaba insertado en el sistema social y político. Las fronteras y periferias eran los lejanos territorios de misión. En una sociedad desacralizada y laizante, como la que vivimos, la misión está a un metro de todos nosotros. No hay que ir muy lejos para encontrarnos con espacios donde Cristo no es el centro y por lo tanto, con oportunidades para salir a las periferias. 

Como el Papa indica, el discípulo misionero, vive tensionado entre la centralidad de Cristo y su misión en las periferias. Vivir estas tensiones es difícil y no es raro que aparezcan las tentaciones de llevar el centro hacia las periferias y entonces vivir centrados en donde misionamos. Hemos visto que estos intentos son desastrosos, por lo que tenemos que entender que la tensión es deseada por Dios mismo. Haciendo un símil: tenemos un motor, una cuerda y una caja que subir. El motor es Cristo, la cuerda nosotros y la carga, la misión. 

Sin duda, la tensión pasa factura y necesitaremos descanso en la centralidad de Cristo y la protección de la Iglesia. Para eso tenemos los sacramentos, que son vehículos de la Gracia de Dios. Por esta misma razón, cuando los sacramento se banalizan y se hacen periféricos, dejan de tener sentido. Todos los santos han vivido los sacramentos y la sacralidad en plenitud de sentido y nosotros no dejaremos de necesitar tener nuestro extremo trascendente atado y bien atado, a la Gracia de Dios. 

Si tenemos un poco de sentido integrador de la vivencia cristiana en nuestra vida, nuestra existencia no puede tener otro sentido que traer a los demás hacia el centro, que es Cristo. En esa tarea, la Gracia de Dios actúa transformándonos y santificándonos. De todas formas, si pensamos bien todo esto, es de valientes meterse en semejante lío. Justo esa palabra es la que el Papa Francisco utilizó al hablar a los jóvenes. 

 

 

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