Miércoles, 16 de octubre de 2019

Religión en Libertad

Blog

Whitney

por Alejandro Campoy

Nacimos el mismo año. Aún recuerdo el impacto que me producía oír tu voz poderosa y el asombro ante tu belleza. Aún recuerdo esas ocasiones en las que hacías confesión pública de tu fe. Puedo imaginarte de niña en aquel coro. Y puedo imaginarte frágil, tal y como aparecías en tu papel en “El guardaespaldas”. Tu vida ha sido una manifestación de esa fragilidad. Y tengo que referirme, desde mi más completa ignorancia y en un puro ejercicio de fantasía, precisamente a esa fragilidad.

Las apariencias, en primer lugar. Y esas apariencias nos muestran a una mujer triunfadora, que llegó a lo más alto ¡Que grave mentira se encierra tras esas alturas a las que los hombres encumbramos a algunos de nuestros semejantes!. Pero en aquellos momentos tú seguías proclamando a ese Jesús al que cantabas de niña, y eso se me grababa en el corazón una y otra vez. Era el momento en el que tus sueños parecían hechos realidad, pero ¿cual eran esos sueños?

El triunfo, la fama, la gloria, el dinero, la alabanza de millones de personas, pero eso no era, eso no. Tú, como todos, habías nacido para el amor. Siempre lo buscaste, frágil niña que cantaba en un coro de gospel. Y fiabas en una promesa, la promesa realizada para tí por ese Jesús al que cantabas, hasta que alguien vino a robarte ese amor prometido.

Los grandes artistas suelen poseer una exacerbada sensibilidad, algo que les hace emocionalmente demasiado vulnerables. Y a través de esa vulnerabilidad se coló un amor que no fue tal: se puede suponer un exceso de posesividad, de egoísmo, se pueden suponer demasiadas cosas siempre dentro del ámbito de lo imaginario en el que tengo por fuerza que moverme. Y como casi siempre en el caso de cualquier persona vulnerable, el miedo, ese grandísimo enemigo en el que siempre comienzan todas las situaciones de hundimiento personal.

¿Donde estaba entonces ese Jesús del que habías recibido una gran promesa? Quizás algún día conozcamos más cosas de tu vida, sólo sabemos hoy que justo antes de tu muerte estuviste cantándole. Y él estuvo siempre contigo, porque siempre, siempre, cometemos el mismo error: dejamos de verle, creemos que ha desaparecido, creemos que ya no está, creemos que sólo fué una ilusión creada por nuestra mente. Y sí, fue una ilusión. En el momento del arrasamiento, cuando todo se hunde, ya no hay ningún Jesús, ha desaparecido. Habíamos esperado otra cosa.

¡Pero es que eso mismo estaba escrito, somos demasiado cabezones!. La ilusión inicial con la que aquellos pescadores siguieron a aquel Jesús, el asombro ante los prodigios que contemplaron, la fascinación del primer momento, fue seguida por una lenta decepción, ¡claro, se trataba de lo que ellos, nosotros, habíamos proyectado sobre él, se trataba de nuestras espectativas, de nuestros proyectos y planes!. Pero todo eso debía ser arrasado. Como en tu vida se produjo ese arrasamiento. Cuando surgieron el miedo y la angustia, tuviste que huir, como hacemos todos cuando estamos aterrorizados. Esas sustancias siempre están ahí para calmar esa angustia que nos hace un nudo en el corazón. Y esos pescadores también huyeron despavoridos y aterrorizados.

Y sin embargo, ese arrasamiento del Gólgota es precisamente el simbolo que nos identifica como cristianos, la cruz. Cualquier otra cosa no es más que un simple proyecto humano, nuestro, parcial, provisional, y que en aquel que es realmente cristiano deberá ser arrasado en algún momento, pues no es cristiano aquél que no ha conocido la cruz. Y tu vida fue arrasada, tus proyectos convertidos en humo y cenizas... “nosotros esperábamos que...”. Ahí está la esperanza que se nos ha dado, camino de Emaús, siempre Emaús. Y de alguna manera, en algun momento antes de tu muerte, te encontraste con Él, quiero creerlo y voy a creerlo, ya que nadie nunca podrá demostrarme otra cosa. Con Él resucitado que te explicó que todo eso debía ser así, cómo estaba escrito.

Pero esto no puede ser aceptado por el mundo de hoy, es rechazado visceralmente, no se puede admitir que un arrasamiento personal de tal magnitud pueda ser, precisamente, el camino hacia ninguna parte. Esto se rechaza de plano, como lo rechazamos muchos de los que hoy nos atrevemos todavía a llamarnos cristianos. Nadie quiere la cruz, y nadie admite tener que pasar por el hundimiento, y sin embargo todos pasaremos por ahí de uno u otro modo. Por eso hay que vivir contínuamente volviendo nuestra mirada a Emaús. No por mucho que nos lo hayan contado y explicado deja de ser menos actual: forma parte de la vida misma. “Nosotros esperábamos que...”

Y tú, frágil niña que cantaba en un coro de gospel, realizaste un durísimo camino de hundimiento y desesperación. Y el fariseísmo o la ignorancia del mundo te juzgan y te juzgarán con enorme dureza, como en un comentario que acabo de encotrar en otro sitio: ¿Por qué tengo que apiadarme de toda este gentuza viciosa que se ahogan en su propias miserias? Yo contestaré a ese comentario: porque ignoras lo que es la misericordia. Precisamente eso, se ignora que la misericordia es precisamente el amor de corazón hacia la miseria, hacia lo que nos mata como seres humanos y como hijos de Dios.

Y precisamente por eso existió Jesús de Nazareth, para cargar sobre sí con esa nuestra miseria y derrotarla y redimirla a través de su misericordia. Pero ya no es aceptable nada de todo ésto: se rechaza visceralmente, incluso entre los cristianos, que se quedan como los fariseos en un moralismo hueco que juzga y condena al miserable en lugar de levantarlo y abrazarlo como hizo aquél Jesús de Narareth. Por eso hoy he sentido una inmensa lástima y un gran amor hacia tí, Whitney, princesa de ébano que sucumbiste a las voracidades de un mundo por completo deshumanizado, pero que, seguro, encontraste al final a ese caminante a tu lado que te iba acogiendo, sanando y explicando aquellas escrituras, con el que seguramente habrás compartido la fracción del pan al anochecer, ya que le habrás pedido que se quede contigo. Y eso es lo único que hoy pido para tí, que estés con Él.

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