Sábado, 21 de septiembre de 2019

Religión en Libertad

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Madrugada del 4 de noviembre, en el pozo del Coto minero de Lorca

por Jorge López Teulón

Con el título “19 palmas. Mártires de la Merced de Aragón en 1936” Fray Joaquín Millán Rubio publicó en 2010 una cuidada publicación sobre el martirio de los diecinueve mártires de la Orden de la Merced de la provincia de Aragón, cuya lista encabeza el Siervo de Dios Mariano Alcalá Pérez, nacido el 11 de mayo de 1867 y fusilado el 15 de septiembre de 1936.
Los otros 18 religiosos que encontraron una muerte violenta son: Padre Tomás Carbonell Miquel, Padre Francisco Gargallo Gascón, Padre Manuel Sancho Aguilar, Padre Mariano Pina Turón, Fray Pedro Armengol Esteban Hernández,  Fray Antonio Lahoz Gan, Fray José Trallero Lou, Fray Jaime Codina Casellas, Padre José Reñé Prenafreta, Fray Antonio González Penín, Padre Tomás Campo Marín, Padre Francisco Llagostera Bonet, Fray Serapio Sanz Iranzo, Padre Enrique Morante Chic, Padre Jesús Eduardo Massanet Flaquer, Padre Amancio Marín Mínguez, Padre Lorenzo Moreno Nicolás, y Fray Francisco Mitjá Mitjá.
Para el reconocimiento del martirio de estos religiosos, el 31 de mayo de 1957 se constituyó en Lleida el tribunal eclesiástico diocesano. Realizada esta etapa, el proceso pasó a la Sagrada Congregación de Ritos, el 25 de noviembre de 1962, solicitando la apertura del proceso. Hoy la causa sigue su curso en Roma.

           Hace 75 años, en la madrugada de este día, es asesinado uno de los padres mercedarios de este grupo. Esta es su historia martirial
 
Siervo de Dios Lorenzo Moreno Nicolás
Nació en Lorca (Murcia) el 24 de mayo de 1899. A los doce años, por consejo del maestro, tuvo que dejar la escuela para ayudar a su madre viuda, primero de aprendiz en un comercio, luego en la estación de ferrocarril. El cielo le deparó la suerte de ingresar de sacristán en las Mercedarias de Lorca; pero éstas, viendo su clara vocación, le prepararon el ingreso en la Orden.
El mismo día que recibió la admisión, el 15 de octubre de 1917, dejaba Lorca para viajar a Poyo (Pontevedra). Allí vistió el hábito el 31 de agosto de 1919 y emitió los votos el 23 de septiembre de 1920. Se mostró único por la tenacidad ante las dificultades, por su mimo en cuidar y adornar la capilla del postulantado, por su contagioso fervor mariano, por su conversación viva, por su carácter excelente, severo consigo y bondadoso para los demás.

En 1923 fue destinado a la viceprovincia de Valencia, recién restaurada. En El Puig hizo la profesión solemne y en Orihuela fue ordenado presbítero el 18 de diciembre de 1926. Residió en el Colegio de El Puig, encargado de los internos. Pasó cinco años en el reformatorio de menores de Godella, teniendo con los muchachos una gran empatía como buen pedagogo, amigo, sencillo, amado, respetado más por su bondad que por su autoridad.
 
“Está el comunismo prohibido en la Iglesia”
La República sacó a los Mercedarios del reformatorio de Godella, sin valorar el trabajo de rehabilitación de los delincuentes menores. Y fue enviado a Mallorca, llegando el 2 de mayo de 1931. En verano fue destinado a Barcelona y, en 1934, regresó a Mallorca. El 20 de mayo de 1936 el Obispo de Cartagena prorrogaba por seis meses el permiso de residencia en la diócesis. Ayudaba como vicario primero en la parroquia de San Patricio (fotografía bajo estas líneas de Lorca y de dicha parroquia) y como capellán del Hospital y de las Hermanas de la Caridad, destacaba, decía su párroco por su puntualidad, celo y fervor. Pero su anhelo era regresar al claustro. Repugnaba hablar de política y los testigos afirman que “enemigos no podía tener, pues era todo bondad y dulzura, sólo se podía acusar de ser sacerdote”.

          El 18 de julio de 1936, se ocultó entre la familia sin perder la serenidad y celebrando en privado la Eucaristía. Los comunistas le tenían vigilado.
Se atrevió a visitar a un mandamás, antiguo amigo, que no lo recibió bien, y le espetó:
“-Lo que tienes que hacer es asociarte al partido y ponerte a trabajar aunque sea en las calles”.
Pero él le contestó:
“-Trabajar no me importa pero asociarme jamás lo haré, porque está el comunismo prohibido en la Iglesia”.
Se apercibió de que era cuestión de días, pero no se escondió aunque se lo propusiera la familia. Se sabe que una señora, rica y buena, le ofreció su casa en el campo como escondite, lo consultó con los suyos, y decidió no aceptar para no dar motivos de habladurías estando solo en casa con una señora.
Finalmente, la noche del 3 al 4 de noviembre, se presentaron en la casa materna cuatro hombres, acababa de acostarse cuando oyó aporrear la puerta de la casa y abrirla violentamente.
“-Los milicianos vienen por ti, hijo de mi corazón”, dijo la madre.
Presionado por los suyos, tenía ya el pie en una ventana, para huir, pero se contuvo y se entregó. Empezaron los interrogatorios:
“-Por qué no te has escondido”, ledijeron.
-“Porque no creo haber cometido ningún delito y porque acordaron los del comité no meterse conmigo”, replicó él.
Al verlo marchar, su madre se desmayó. Quiso volver él, pero no le dejaron. Lo llevaron caminando hasta el cuartel de los milicianos, pero tras el interrogatorio lo soltaron. Regresaba a su casa, y al volver una esquina cayeron sobre él, lo detuvieron nuevamente.
El cabecilla le ordenó subir a un automóvil. Partieron hacia la carretera de Caravaca. Llegados al llamado Coto minero, le hicieron bajar y, para hacerle blasfemar, con ferocidad, le cortaron las orejas, lo acuchillaron, le arrancaron trozos de carne, le machacaron el cerebro a culetazos, le hicieron sentar en el brocal del pozo y realizaron varias descargas de fusil y de pistola sobre él, y, aún vivo, lo arrojaron en el pozo de azufre, siguieron disparando y, cuando se fueron seguían oyéndose los lamentos del ejecutado.
Su última palabra fue: “¡Viva Cristo Rey!”.
(del texto de Fray Joaquín Millán, en las páginas 111-116)

          Para terminar, como hemos hecho en otras ocasiones, hablamos del martirio sufrido en los cuerpos venerados durante siglos y profanados en la persecución religiosa de 1936.
 
El “martirio” de San Ramón Nonato
El santuario de San Ramón Nonato de Portell, conocido como el Escorial de la Segarra, se encuentra situado en el pueblo de San Ramón de la provincia de Lérida en la comarca catalana de la Segarra. La presencia de la Orden de la Merced en este lugar es de 1245, y fue san Pedro Nolasco, fundador, quien autorizó la fundación. Este convento está unido a la figura universal del santo más famoso de la Merced, el popular san Ramón Nonato (1204-1240), hijo de Portell. Es un centro continuo de peregrinos que se acercan a venerar las reliquias del santo mercedario, y sobre todo el día 31 de agosto son miles las personas que se acercan a rezar al santuario. La presencia mercedaria quedó truncada en 1835 con la desamortización de Mendizábal y restaurada de nuevo el 1 de julio de 1897. Durante la guerra civil española, los frailes tuvieron que abandonar el convento, volviendo una vez concluida la guerra civil.



            Actualmente en el camarín (sobre estas líneas) se halla expuesta y se venera la más importante reliquia del cuerpo del Santo que llegó hasta el día de hoy, después de la catástrofe del año 1936, en la que desaparecieron los restos de San Ramón Nonato con la urna que los contenía.

 
Todavía más significativo fue el caso del mercedario Juan Gilabert Jofre (1350-1417), fundador de la primera institución psiquiátrica del mundo. Se trataba de un hospicio denominado de los Santos Mártires Inocentes para enfermos mentales creado en el año 1409, con el objeto de recoger a los pobres dementes y expósitos, y que se construyó bajo la advocación de “Nuestra Señora de los Inocentes”, siendo aprobado por el papa Benedicto XIII y el rey Martín I de Aragón. A su muerte, el santo arzobispo de Valencia, Juan de Ribera, mandó fabricar una hermosa urna donde se puso su cuerpo envuelto en el hábito mercedario, que fue expuesto en la sacristía de El Puig. Su cuerpo permaneció incorrupto hasta su profanación en la guerra española de 1936. Diez años después, la Diputación de Valencia, colocó los restos del santo mercedario en un sepulcro de piedra.
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