Lunes, 19 de abril de 2021

Religión en Libertad

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Análisis del manifiesto de la Juan XXIII

por Alejandro Campoy

Me ha llamado especialmente la atención en el manifiesto presentado por la Asociación de Teólogos (y teólogas, claro) Juan XXIII tras su XXXI Congreso de Teología el punto 3, en el que se hace una caracterización completa de lo que esta asociación considera como “fundamentalismo religioso”, y que creo merece la pena desglosar punto por punto.

Es evidente que esta serie de once puntos en la que la asociación resume lo que puede entenderse por “fundamentalismo religioso” no se refiere ni directa ni indirectamente a la Iglesia Católica en particular ni a ningún movimiento o asociación concreta de la misma, así como también es evidente que no hace referencia a los actos y contenido de la reciente JMJ de Madrid, pero la alusión a los mismos en otro lugar del manifiesto y las referencias a ciertas realidades católicas invitan a contrastar esta especie de decálogo con lo que se supone que es la doctrina católica tal cual, intentando separar el trigo de la paja en todo momento.

1.- La absolutización de la tradición.

En principio, no debería haber ningún incoveniente en suscribir este primer punto como rasgo distintivo de algo llamado “fundamentalismo”, si bien este término es ambiguo y equívoco. La doctrina católica recta no absolutiza en modo alguno la tradición, sino que la considera una fuente complementaria a la Revelación, que es la fuente primera y última de la que se nutre la fe.

2.- La búsqueda de un fundamento inamovible en un mundo cambiante.

Este segundo punto, sin embargo, resulta de todo punto incomprensible. La búsqueda de un fundamento inamovible en un mundo cambiante es una exigencia atemporal y universal de la naturaleza humana, común a todos los hombres de todas las épocas, incluídos todos los miembros e integrantes de la asociación de teólogos (y teólogas, claro) Juan XXIII. Salvo que se refiera a algo por completo indescifrable, se trata de la búsqueda de un sentido a la propia existencia. Son poquísimos los hombres que han conseguido sustentar su propia vida sobre el absurdo como principio fundante. La invitación al suicidio en ellos es permanente.

3.- La pretendida comprensión literalista de los textos sagrados fuera del marco cultural e histórico en que fueron escritos.

Por supuesto, la Iglesia Católica es por completo ajena a tales comprensiones literalistas, que deben referirse a corrientes como el creacionismo norteamericano o a ciertas interpretaciones islámicas en boga.

4.- El olvido de la ineludible crítica.

Entiendo que se refiere al Islam de nuevo.

5.- La pretensión de verdad absoluta en un mundo caracterizado por la complejidad y la incertidumbre.

El mundo puede caracterizarse por lo que le venga en gana sea cual sea la época histórica de la que se trate. En cambio, la pretensión de verdad absoluta late en el interior del hombre de todas las épocas y culturas. Sólo el siglo XX occidental ha proclamado la imposibilidad de la verdad, unida a la imposibilidad del conocimiento humano y la imposibilidad de certezas. Nuevamente, la invitación al suicidio aparece estrechamente ligada a esta imposibilidad. La pretensión de verdad absoluta forma parte consustancial del ser humano, y es el motor que permite al individuo mantenerse vivo. El concepto de “verdades provisionales” o relativas está bien para los discursos científicos, pero es por completo ajeno a la experiencia del existir individual, que exige imperativamente la Verdad con mayúsculas o al menos, una verdad. Sobre ésto, va bien leer “La miseria del historicismo” de Popper.

6.- La dependencia de una autoridad indiscutible frente a la inseguridad creciente.

Ya. Esto enlaza directamente con la “papolatría” desplegada este mes de agosto por las calles de Madrid, ¿no?. Parece entenderse que frente a la inseguridad creciente lo razonable es volverse inseguro, abdicar de cualquier tipo de certeza, acomodar el pensamiento al viento que sople en cada caso, renunciar al conocimiento racional. Por otra parte, la existencia de una autoridad indiscutible no tiene su razón de ser en una obediencia ciega y acrítica, sino en la imperiosa necesidad de objetivar los contenidos de la fe, que abandonados a la libre interpretación del sujeto terminan por convertirse en una cárcel de la que el yo es incapaz de salir por sí mismo. Y por supuesto, hablar de papolatría lo que demuestra es no haber visto nada de lo que ha ocurrido en Madrid en agosto, implica haber estado de vacaciones en algún lugar remoto. Hacía tiempo que no se veía una demostración tan estridente de “cristolatría”.

7.- La defensa de una moral inmutable en una sociedad en permanente transformación.

Cualquier defensa de una moral inmutable debe tener como base algo también inmutable, bien sea una ley divina, bien sea la propia naturaleza humana. En éste último caso, las contínuas transformaciones de las sociedades, no sólo ahora sino en cualquier época histórica, no han traído aparejadas jamás ni un solo cambio sustancial en la naturaleza humana. Está por demostrarse que los cambos sociales ocasionen mutaciones en el código genético. Por lo demás, cualquier cambio social que se opere a costa de la naturaleza humana termina por pagar un terrible precio a esa misma naturaleza. Este punto está demostrado hasta la saciedad por las evidencias. Así, la “moda social” de la igualdad de género no ha cambiado ni un ápice ni cambiará jamás el hecho de que el ser humano presenta un dimorfismo hombre-mujer, dimorfismo integral, en lo biológico, en lo psicológico, en lo emocional, en todo. Es inútil, somos diferentes y lo seremos hasta el final de los tiempos.

8.- La fe en un Dios conocido, que legitima las propias convicciones y opciones.

Si la fe en un Dios conocido es signo de fundamentalismo, entonces sólo se salvan de esta etiqueta los budistas, los jainistas y los taoístas. Quizás habría que creer en el dios desconocido que encontró San Pablo en el Areópago ateniense. Esta característica hace pensar si tras la asociación de teólogos (y teólogas, claro) Juan XXIII no se esconde algún tipo de ignorancia insuperable. El hecho de que se presente al hombre un Dios que es cognoscible porque él mismo se ha revelado es la característica esencial de las religiones monoteístas “del Libro”, no de los fundamentalismos. Y eso no impide que ese mismo Dios siga siendo para el mismo hombre que lo conoce, esencialmente, misterio.

9.- La sacralización de lo profano.

Creo que esta tendencia hay que buscarla más bien en cualquiera de las grandes cadenas de televisión de ámbito nacional

10.- La dogmatización de lo opinable.

Característica muy presente y extendida en partidos políticos, sindicatos y por supuesto en todo tipo de medios de comunicación.

11.- La negativa al diálogo.

¿Se refiere al PSOE?

 

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