Alfie Evans o Charlie Gard no son casos concretos y especiales en Reino Unido. Son la punta del iceberg de una política sanitaria llevada a cabo por la sanidad británica, y en la que se han producido más víctimas silenciosas.

Niños condenados a morir y familias destrozadas que han visto como retiraban a sus pequeños el soporte vital pese a la oposición de los padres, a los que habían impedido otro tratamiento en un hospital diferente. Es el caso por ejemplo de Isaiah Haastrup, un pequeño que murió el pasado 7 de marzo en el hospital King´s College de Londres, pero que fue enterrado este 31 de mayo, tres meses después, debido al contencioso entre la familia y el hospital.

El pequeño Isahiah sufría daños cerebrales profundos. Nunca salió del hospital. Nació en dicho centro y fue precisamente en el parto donde se produjo la lesión por la que finalmente fue desconectado.


La Justicia estimó que las lesiones de Isaiah se produjeron debido a la falta de oxígeno en el momento del nacimiento. La familia habló de negligencia del hospital y éste no admite su culpa pero sí pidió disculpas por una atención no del todo buena.



En un comunicado emitido por el hospital el día del entierro del pequeño se afirmaba que “tras una emergencia obstétrica rara y potencialmente mortal durante el parto de su madre, Isaiah sufrió una lesión cerebral irreversible y profunda. Como concluyó una investigación interna realizada después de su nacimiento, esta fue la razón principal de la lesión cerebral de Isaiah, pero reconoció que los problemas específicos en el control durante el parto contribuyeron a su condición. Nos disculpamos sin reservas por esto”.

Tal y como recoge The Guardian, el padre del bebé, Lanre Haastrup, abogado, afirma que “el hospital causó el problema” y que “el relato no es que Isaiah tenía un problema y el hospital estaba tratando de ayudarlo, y no podía hacer nada más por él. Esa no es la narrativa”.


Los médicos decidieron que según el “best interest” (mejor interés) del niño, había que retirarle el soporte vital para que muriera. Los padres se opusieron a esta decisión puesto que pedían trasladar a su hijo a otro hospital. 

Como en los casos de Alfie o Charlie, el hospital ganó la batalla legal después de que los médicos convenciesen al juez de que el niño no podía moverse ni respirar de forma independiente y que seguramente moriría a los pocos minutos de retirarle el soporte.



Los padres apelaron a todas las instancias, incluida la Unión Europea, pero sin éxito. Incluso limitaron y prohibieron las visitas del padre a su hijo.


Finalmente, el pequeño desafió a los criterios médicos. No tardó pocos minutos en morir sino que respiró sin ayuda durante ocho horas antes de morir.

“Es particularmente difícil”, afirman los padres que su hijo estuviera siendo tratado y muriera en el mismo hospital en el que nació, y en el que supuestamente se produjo la negligencia que provocó los daños en su hijo.

“Por mi parte, siento que no hay nada más que pudiera haber hecho”, afirma el padre, que asegura “sentirme orgulloso de él. Dejó el mundo demostrando que los médicos estaban equivocados, en mi opinión. Él es mi guerrero y demostró que la lucha contra la que estábamos luchando no fue en vano”.

Mientras tanto, los padres de Charlie Gard han creado la Fundación Charlie Gard, con la que pretenden ayudar a niños como su hijo, Alfie o Isaiah.