Sociólogo y psicólogo, pero sobre todo un hombre que "desde pequeño, aunque era pobre, tenía la seguridad que la vida estaba llena de una presencia buena". Después, el encuentro con Luigi Giussani [fundador de Comunión y Liberación] y el descubrimiento de que "la promesa que se nos hace cuando nacemos tiene una carne, está viva". De este modo explica Silvio Cattarina, fundador de la comunidad terapéutica L'Imprevisto de Pesaro (Italia), a La Nuova Bussola Quotidiana de dónde nace la creciente fragilidad de los adolescentes y la desesperación que les lleva a gestos y violencias extremos.
 

-Pienso que si en la vida falta una propuesta bella, buena y seria, todo se reduce a un juego. Y como el hombre no puede suprimir su necesidad de infinito, cuanto más extremo, terrible y escandaloso sea el juego, mejor. Lo que causa estupor de este "juego" son las fotos de los desafíos colgadas en la red. Es significativo, porque la vida debe estar siempre ante la presencia de algo grande. El hombre siente que la vida debe ser para alguien, debe ser querida y mirada por un otro que sea real. En el pasado, algo bello y grande debía ser visto por Dios. Dios te veía siempre, por lo que cualquier detalle se cuidaba, incluso cuando se escondía. Si Dios, un Dios verdadero, es eliminado, la necesidad permanece. Entonces se busca la aprobación en otro sitio y las redes sociales se convierten en nuestros dioses: cuanta más gente te vea y vea lo que haces, más importante piensas que eres. En esta pobre época moderna todo lo exponemos al público: si la gente no me ve, entonces no existo.


Silvio Cattarina dirige una comunidad terapéutica orientada a ayudar a jóvenes, mayores o menores de edad, con problemas de drogas o de comportamiento.


-Ambas cosas son verdad. Hay algo diabólico en este juego. Pero lo más diabólico es una gran ausencia y el pensar que esta ausencia sea algo normal y real y, por consiguiente, irremediable. Esto lleva a la resignación y la desesperación. Los adultos ya no les dicen a los jóvenes la verdad: que hay una presencia que conforma cada cosa y que los conforma también a ellos. Y cuando esta ausencia se prolonga demasiado lleva a la patología, por lo que al final se estalla como diciendo: "¡Mírame! ¡Existo!". También la difusión de tatuajes en el cuerpo lo indica: "¡Date cuenta de que existe, mira cómo sufro, maldita sea! ¿No te das cuenta? ¿No lo ves?". Es un grito lacerante pero mudo, que parece no tener destinatario. No se sabe a quién está dirigido. Pero la presencia de un destinatario es necesaria para vivir esperando, porque implica un destino por el que estamos en el mundo.
 

-Empiezo respondiendo a la primera parte de la pregunta. Estos fenómenos y modas hacen que las relaciones se conciban como instrumentos y, por lo tanto, llevan a la violencia. Pero el énfasis no hay que ponerlo sólo en las redes sociales, la droga o la pornografía. El punto es, de hecho, la violencia presente en el corazón de los jóvenes, pero también de los adultos, que hace que se desahoguen con estas modas, alimentándolas. Todos nacemos con una gran promesa y si ésta es traicionada, o si no se enseña el camino para llegar a ella, inevitablemente nos convertimos en personas violentas. La traición la encontramos en el nihilismo, en el aburguesamiento, en las separaciones que parecen decir que es imposible vivir por algo grande, que es lo que espero. Entonces los jóvenes se enfadan. Y tienen razón. También yo me enfadaría.


Los responsables de L'Imprevisto transmiten a los jóvenes referencias para la vida en la Verdad, el Bien y la Belleza.

»Respecto a la segunda parte de la pregunta, respondo que todo está amplificado porque el bombardeo mediático se asienta sobre una fragilidad educativa de los adultos, que ya no saben decir que se llega a este mundo porque tenemos un gran objetivo, que en la realidad hay una gran presencia, que está la Providencia, una gran ayuda, basta buscarla, basta pedirla. Los adultos ya no reconocen esta evidencia y entonces los jóvenes se sienten perdidos, sin rumbo. La influencia mediática se sirve de todo esto y agrava la situación y los daños.
 

-Aprendiendo de nuevo el abecé: qué es la persona y qué es la vida. El problema de la época actual es que ha eliminado los fundamentos, el nombre de las cosas. Por este motivo, en nuestras comunidades terapéuticas tenemos dos encuentros al día para enseñar qué son y para qué sirven las cosas. Hablamos de la belleza y de la fealdad, del bien y del mal. Los jóvenes son pobres en esto. Sólo saben entregar sus cuerpos, aunque les gustaría dar más: "Tenemos sexo con las chicas porque no sabemos hacer otra cosa", te dicen. "No sabemos cómo ser amigos, no sabemos hablar; no estamos vacíos, tenemos todo dentro, pero no sabemos expresarlo, no sabemos qué es". Tenemos que empezar desde el principio. Cuando le digo a uno de los jóvenes: "Si una chica se enamora de ti y te mira con arrobo, ¿crees que se ha enamorado de tu persona? ¡No! Se enamora de lo vivo que estás, vivo para la vida. Después, con el tiempo, te amará a ti, tus manos, tus ojos, tu cabello, tu cultura, pero lo primero que hace es enamorarse de tu vida".

»Los jóvenes, a menudo, no saben que la vida es un misterio vasto y profundo. Por esto, ante el miedo, les digo a los padres que tienen que reaccionar construyendo una nueva civilización, partiendo de una tradición importante y gloriosa.


Paolo y Francesca de Rímini, de Dante Gabriel Rossetti (18281882): el poeta sorprende a los amantes y los sitúa en el Infierno de su Divina Comedia.

»Como cuando les hablo de Paolo y Francesca [Paolo Malatesta y Francesca da Polenta, amantes, personajes de la Divina Comedia de Dante], pillados haciendo sexo extremo, como dirían los jóvenes. Dante los puso en el infierno, explico, no porque habían caído, sino porque esperaban muy poco, su esperanza estaba puesta en muy poco: vuestro amor físico es poco, estáis hechos para mucho más. Cuando empiezo a explicar estas cosas, los muchachos parten de nuevo, empiezan de nuevo. Es verdad, tienen familias problemáticas, han pasado por mucho dolor, pero lo que hace sufrir más es la falta de profundidad de la vida, de sentido: es necesario conquistarlos de nuevo con cosas más grandes de las que les ofrece el mundo.
 

-Sí, es cierto, quitar sirve, pero no en sentido punitivo. Es un quitar para dar. Quitamos los ídolos que engañan para ofrecer una presencia que me dice: "Tú vales, contigo haré grandes cosas". Al educar hay que poner límites y también es necesario ser severos y concretos, precisamente para eliminar lo que impide mirar mejor a este algo más grande.

»Para ello se necesita una alianza educativa: si tuviera una escuela no haría excursiones o salidas con los alumnos, sino con los padres, para instaurar relaciones, crear vínculos, acabar siendo amigos, para aprender junto a ellos, que están solos y con una dificultad y un miedo extremos, cómo responder a los desafíos educativos. Les he dicho a algunos profesores que cada quince días tienen que reunirse con los padres, oír qué piensan y decirles: "Pero tú, a tu hijo, ¿le dices que la vida vale? ¿Que es hermosa aunque sea dura y dramática? ¿Aunque tu madre sea así, aunque te equivoques, aunque seas incoherente? ¿Le dices que no estamos aquí por casualidad?".
 

-Basta ser leales para comprender que la verdad es lo primero, hay que decirla, invocarla, gritarla. La verdad es lo más importante, si no se dice la verdad no vamos a ninguna parte. El educador debe pensar primero en sí mismo, en su necesidad de verdad, justicia, belleza. Yo hablo a los jóvenes de mi necesidad de vida, lo dejo estallar y les anuncio la verdad. La libertad del hombre no es la elección entre un "sí" y un "no". La libertad está sólo en el "sí" a una propuesta. Porque si dices "no" al bien y haces el mal no te sientes libre: somos pobres criaturas que para ser libres tienen que decir que "sí" a una propuesta importante y verdadera. La verdad es una grandeza, es imponente, y sólo puedes ser feliz adhiriéndote a ella, no hay que cansarse de vivirla y proponerla a los jóvenes sin reducirla. Porque como dice esa locura de juego del que hemos hablado, somos nosotros, y no ellos, los que temen la radicalidad.
 
Traducción de Helena Faccia Serrano.