Kestutis Dvareckas es un cura lituano que vive con jóvenes drogadictos que se están desintoxicando y tratando de recuperar una vida normal. Los entiende bien porque él también fue un adicto. Y se drogó durante años siendo sacerdote y engañándose a sí mismo. “No soy adicto, tomo las pastillas simplemente para relajarme”, se decía.

Solo entre los barrotes de una celda empezó su toma de conciencia del papel de Dios en su vida. Cuenta su historia el periodista José Miguel Cejas en el apasionante libro de testimonios 8 historias sin vergüenza: resiliencia o don, en el sello Freshbook.




El padre del joven Kestutis había sufrido muchas penalidades en su infancia, en lo peor de la Lituania soviética, y decidió volcarse a trabajar, con mil viajes y empresas, para que sus hijos no vivieran esa pobreza.

Mi padre trabajaba hasta la extenuación y de niño solo le veía los fines de semana. Para suplir su ausencia me regalaba cosas: juguetes, caprichos, viajes… Le recuerdo con el gesto adusto de juez severo y muy exigente consigo mismo. No recuerdo que tuviera un gesto de cariño conmigo, hubiera bastado con una sonrisa. Quizá no sabía manifestar sus sentimientos. Esa falta de afecto me marcó. Me sentía huérfano de padre y, de hecho, desde el punto de vista psicológico lo fui”.

El joven Kestutis en cambio se sentía acogido por el párroco: le dedicaba tiempo, le escuchaba… y cuando le animó a ser monaguillo renunció a una serie de TV que le gustaba para estar a esas horas en la iglesia.


¿Qué imagen tenía Kestutis de Dios? Como tantas personas en el mundo, Dios era una figura paterna… que se parecía a su padre: “Dios era un gran vigilante, que me escrutaba desde las alturas, dispuesto a castigarme por el menor fallo, ante el que tenía que hacer méritos. Como si fuera un gran inquisidor. ´Dios ve todo lo que haces´. Eso me llevó a afanarme desde mi adolescencia en hacerlo todo escrupulosamente bien, sin errores ni fallos, para que la ira divina no cayera sobre mí”.

En cuarto de primaria decidió ser sacerdote porque era “la señal de que estaba haciendo las cosas bien”, y además sentía que así “Dios no tendría más remedio que hacerme caso”.


El joven Kestutis como diácono 

Fue un seminarista “excelente, ordenado, diligente, estudioso, puntual, muy responsable”. No tenía una verdadera relación con Dios, pero era muy bueno “haciendo las cosas” y “aprendiendo cosas”. Esas “cosas” se convirtieron, en la práctica, en su ídolo, su dios.


Ya como sacerdote, se exigía mucho a si mismo y a los que le rodeaba. Y como era tan exigente y se sentía tan vigilado, cuando cometía algún error (llegar tarde a misa a alguna parroquia, por ejemplo) se sentía fracasado, hundido.

Además, le dolía enormemente pensar en el “qué dirán”: ¿qué dirán, que comentarán, los parroquianos, al ver que él no llegaba a misa? “No soportaba quedar mal ante los demás”.

En cierta ocasión, pese a que Kestutis rezó mucho por un chico enfermo de cáncer, pese a que hizo “todas las cosas” religiosas que cabía hacer… el chico murió. Kestutis se indignó con Dios, como si Dios estuviera a las órdenes del párroco. Le indignaba no sólo la injusticia de la muerte de un joven, sino que Dios no hubiera “cumplido” con sus “obligaciones” para con el sacerdote. Kestutis vivió esta muerte como otro terrible fracaso personal, suyo.

Era un perfeccionista obsesivo, y como nadie podía hacer las cosas tan bien como él quería, terminaba encargándose de todo. No quería delegar en nadie y se repetía que “hay que aspirar a la perfección”, es decir, cumplir sus objetivos escrupulosos. “Yo era mis resultados, yo valía en función de lo que conseguía”, recuerda.

Y parte de esta obsesión implicaba quedarse sin amigos, porque no podía dedicar tiempo a charlas “inútiles”, de mera relación humana, cuando había tantas “cosas que hacer”, tantos deberes parroquiales.


Cansado de esta frustración, empezó a tomar pastillas para dormir. Cada vez más fuertes. Y no le servían.

Decidió tomar una droga estupefaciente. “Es solo por esta vez, para ver si me serena un poco”, se dijo. Pero la droga le relajó, le relajó mucho, se sintió bien… y decidió tomarla con más y más frecuencia. “Es medicina, no vicio”, se decía a sí mismo. “Las drogas se convirtieron en mis buenas amigas para los momentos de agotamiento y fatiga”.

Sus superiores lo trasladaron a un pueblecito muy tranquilo, con pocas tareas, para que bajase el ritmo. Pero aquello lo empeoró: se sentía más desorientado y confuso, y como estaba cerca de Vilna, iba a la capital, compraba droga y volvía al pueblo con más facilidad.


Un día tomó conciencia de que se autoengañaba: estaba enganchado, era un drogadicto. Nunca podría dejar la droga sin ayuda.

Y no podía pedir ayuda por miedo al escándalo. ¿Qué cara pondría su obispo? ¿Qué pensarían sus padres? ¿Qué dirían los médicos, escandalizados, que lo comentarían con la enfermera, que lo comentaría con un novio, que lo diría a un periodista? “El cura drogadicto”, titularían los periódicos. Él, siempre esclavo de la aprobación externa de los demás, no podía soportarlo.

Decidió suicidarse. Pero suicidarse va contra la enseñanza cristiana y es un escándalo. Claro que, pensó, si parece un accidente, si parece un escape de gas, por ejemplo… si no parece un suicidio, no hay escándalo. Lo importante eran las apariencias. ¿Acaso no leía en Mateo 18,7: ‘ay de aquel por quien viniere el escándalo’? En su obsesión, en su esquema de valores que era pagano, no cristiano, el suicidio -si se camuflaba bien- parecía incluso virtuoso.

Como era una persona metódica y meticulosa dedicó muchas semanas a prepararse, a visitar gente, amigos y conocidos, a modo de despedida camuflada. La última fue una prima en Vilna. Ya solo quedaba ejecutarlo. Salió de cenar de casa de la prima, subió al coche y se tomó muchas pastillas que le diesen valor para la fase final, el suicidio.


Pero al parecer su conducción bajo efecto de las pastillas despertó sospechas en la Policía cuando pasó ante la comisaría. Lo detuvieron, lo interrogaron en la calle helada y notaron que no conseguía concentrarse. Examinaron sus ropas: drogas y documentación sacerdotal.

- Hombre, curita, así que también le das a esto, vaya, vaya… -dijeron los policías al ver las drogas. Se rieron de él y fueron a buscar a mujeres policías para señalarlo, burlarse y humillarle más. ¡Mira, un cura drogadicto!, decían.



Helado y aún drogado en la celda, Kestutis estaba muy irritado con Dios. “¿Por qué no me has dejado realizar mi plan?”, le reprochaba enfadado.

Y al día siguiente, él, que tanto odiaba el escándalo, el fracaso, y que le vieran fracasar, se encontró con su nombre en la portada de la prensa local: “Sacerdote drogado, detenido por la policía”. Ya no había donde ocultarse: todo el mundo lo sabía.


Cuando se repuso un poco de su síndrome de abstinencia, le visitó en la celda un sacerdote amigo, Romualdo Zdanys, con una propuesta: “Ya que estamos en Cuaresma, ¿por qué no empiezas a escribir un viacrucis? Piénsatelo, Kestutis, te hará mucho bien”. A Kestutis lo del viacrucis le parecía una idea absurda, descabellada, “un chiste de mal gusto”.

Pero cuando le cambiaron de celda, comenzó a escribirlo. Un poco cada día… “y así Le fui descubriendo”. A Él, al Dios al que se había consagrado pero al que desconocía.

Le dio la sensación de que los barrotes de su celda eran la malla, la red, con la que Dios le había rescatado del mar, de su naufragio.

Más importante aún: entendió que Dios no sólo lo quería vivo, sino que lo amaba, que era Padre, el padre que había ansiado toda su vida. Eso lo entendió en la celda escribiendo el viacrucis.


Al salir de la cárcel, Kestutis siguió un tratamiento de desintoxicación por consejo de Romualdo. Empezó a recuperarse, en lo físico, lo mental y lo espiritual. “Descubrí que Dios nos quiere incluso cuando nos odiamos a nosotros mismos. Descubrí que si dejaba actuar a Dios, mis errores podían ayudar a otros. Eso fue un giro copernicano para mí”.

Dios no quería cosas de Kestutis. Dios quería a Kestutis. “No se trataba de ser cada vez más autoexigente, como pensaba antes, sino de tratarle como un hijo a un padre que le ama con locura. No era cuestión de hacer muchas cosas sino de aprender a amarle y dejarse amar por Él”.

Pasó un tiempo también en un monasterio y reflexionó sobre su sacerdocio. “No era hacer cosas –misa, predicar, confesar- sino una tarea y un don: amar a Dios y hacer que lo amaran”, concluyó.


Rechazó una oferta en un trabajo mundano bien retribuido cuando le ofrecieron ser capellán de lituanos en Polonia. Él odiaba la lengua polaca desde niño y no le atraía nada estudiarla, ir a ese país ni esa función. Pero había algo que sí le atraía: podría volver a ser sacerdote y celebrar la Eucaristía. Y lo deseaba con todas sus fuerzas.

En Polonia conoció a don Valerio, un cura que trabajaba con drogadictos y marginados. Estaba creando una comunidad de consagrados para atenderlos, pero a Kestutis, aunque le encantó ese proyecto, no le atraía la idea de consagrarse, de ser religioso de una congregación, aunque sí la de vivir con otra gente.




Y entonces llegó una invitación del cardenal de Vilna: la posibilidad de poner en marcha en Lituania una casa para jóvenes que están dejando la droga, vivir con ellos, acompañarlos mientras se reintegraban en la vida civil y acogerlos si tenían recaídas. Kestutis volvió a su país con la experiencia y la visión aprendida en Polonia y con la experiencia de su paso por la cárcel y la droga y se volcó en este apostolado.

La casa era una especie de almacén sobre un depósito de cadáveres, muy feo, pero mucha gente ayudó a decorarla y convertirla en un lugar acogedor y cálido.

“Charlamos tras la comida, rezamos, cantamos, jugamos con los gatos. Me encantan los gatos y es bueno que los chicos aprendan a cuidar a los animales. Procuramos tratar a los chicos con afecto, escucharles, comprenderles, darles atención médica y psicológica”, explica. Cuenta con voluntarios y profesionales. El grupo se llama comunidad "Yo Soy" (As Esu, en lituano), se fundó en 2009 y su web es www.asesubendruomene.lt .



“Aquí tenemos una costumbre: cuando alguien se equivoca en algo lo cuenta en voz alta, el hecho de reconocerlo sin dramatismos ayuda a superar los errores”. Con compañerismo y amistad, todos se ríen del supuesto error “terrible”, se rompe la maldición del escándalo y la vanidad herida, de la soledad y el miedo.

La casa está muy cerca de la comisaría donde detuvieron a Kestutis y le trataron tan mal. Él ha perdonado a aquellos agentes que lo humillaban y de hecho da gracias a Dios porque utilizó a aquellos policías para salvar su vida y su alma. “Ellos me miran y no me identifican porque he cambiado mucho”, comenta. Por dentro, y por fuera.



 
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