Rafael López es un malagueño que ha sido marcado hasta tal punto por su experiencia misionera en Bolivia, la cual empezó yendo los veranos, que cambió totalmente su vida e incluso su futuro laboral.

Como miembro del grupo misionero “Proyecto Bolivia” de los Hermanos Maristas, ha viajado al país andino en numerosas ocasiones. Y cada experiencia misionera le marcó cada vez más. Y ahora en España decidió dejar su trabajo y formarse para poder seguir sirviendo a los demás, pues también en el país hay una gran necesidad de personas que se pongan al servicio. Este es su testimonio en primera persona que publica Obras Misionales Pontificias:

Una experiencia misionera que cambia la vida

“¿Alguna vez se han visto en la tesitura de tener que dejar un trabajo porque Dios les gritaba que Él quería otra cosa para ustedes? En los tiempos que vivimos no podemos permitirnos el lujo de hacerlo, pero hace 15 años, mi opción fue responder con un SÍ gigante. Eran otros tiempos y yo acababa de entrar en la veintena. Ante mí tenía la opción de firmar mi primer contrato indefinido o la de dejarlo todo para marchar a una tierra que un año antes me había robado el corazón. Mentiría si les dijera que, a veces he llegado a pensar que la opción la tomé por egoísmo sentimental en vez de por Fe. Pero lo que vino después le da la razón a Él.

Antes me gustaría ponerles en contexto. Siempre he sido lo que coloquialmente se dice ‘una persona comprometida’. Siempre he sido voluntario. De hecho, no pude serlo en serio hasta que no cumplí los dieciséis. A partir de ahí, lo fui en Cáritas, en Maristas, con las Hijas del Patrocinio de María, en voluntariados sociales de asociaciones locales… Pero nunca había sentido la llamada misionera. ¿Recuerdan las visitas colegiales de los misioneros y misioneras que venían a contar su testimonio? Pues yo era el único nene de toda la clase que no levantaba la mano cuando el misionero de turno preguntaba: ¿quién quiere ser misionero? ¡Todavía les digo más!

Con diecisiete años me dijeron: ‘¡Pachón! Tú tienes que ir a Bolivia’. Y mi respuesta literal fue: ‘a mí no se me ha perdido nada allí’. Tal cual. Quien me iba a decir a mí que, dieciocho años después, la mitad de mi corazón aún seguiría latiendo a ritmo de saya.

Permítanme retornar a mi idea inicial: el tema es que, con veintitrés años recién cumplidos, después de haber pasado dos meses el año antes en Bolivia, rechacé una oferta de trabajo como fotógrafo y diseñador gráfico en una empresa (lo que yo había estudiado) que ahora sería pecado abandonar. La rechacé para viajar hasta Comarapa, capital de la provincia Manuel María Caballero, en el centro del país andino a 1.825 metros sobre el nivel del mar. Aunque suene con cierto aire de pompa y boato eso de capital, desgraciadamente las capitales provinciales bolivianas no son comparables a las españolas. Yo aún no lo sabía, pero el 3 de julio de 2005, Dios, ya no es que me iba a zarandear, sino que me propinó un guantazo de amor tan grande y a mano abierta que hizo que mi vida cambiase de rumbo 180º.

El plan era ‘cubrir el hueco’ de seis meses que había antes de que llegara la siguiente misionera a Comarapa, la cual tendría una experiencia de un año. Mi grupo, el grupo misionero ‘Proyecto Bolivia’, perteneciente a la ONGD SED de los Hermanos Maristas, tiene su Campo-Misión en los meses de julio y agosto. Yo viajé con la idea de pasar julio y agosto en las comunidades campesinas cercanas a Comarapa y bajar (¡sí! He dicho bajar) para incorporarme al Centro Educativo Campesino (actualmente Casa Montagne) que los Hermanos Maristas, SED y Proyecto Bolivia mantenemos desde hace más de veinte años. Podría ser muy detallista contándoles las cientos de experiencias que viví allá. Incluso aún hoy, quince años después, soy capaz de recordar los 33 nombres de las chicas y de los chicos con los que viví. Además, podría contarles lo enriquecedor que fue para mí, vivir la experiencia en la comunidad de los Hermanos Maristas de Comarapa. Pero no quiero caer en tópicos de los testimonios de experiencias. Si les contaré que pasé seis meses siendo el hermano mayor de 33 chicos y chicas que también estaban fuera de sus casas. Seis meses riendo, llorando, sufriendo picaduras de pulgas y comiendo papas todos los días con los chicos y chicas del internado. Seis meses viviendo cual comarapeño con todo el folklore local incluido. Seis meses trabajando casi de sol a sol, estudiando cosas que ya había olvidado pero que necesitaba refrescar para poder pasar las ayudantías de lectura, matemáticas, biología, física, historia… ¡caso aparte la historia! Les reconozco que se me atragantó un poco, pero me resarcí años más tarde poniéndome al día. Seis meses, respirando azul clarito, compartiendo mesa a cada instante, hablando hasta el anochecer de la vida, acompañando a campesinos a los bancos para que no les engañasen; seis meses estudiando sobre placas solares, politubos de agua y complementos de rastras y arados para tractores. Seis meses dando vida sin parar, sin fondo y sin filtro.

El contacto con el Padre Amerindio hizo que mi vuelta a España fuera bastante difícil. La Providencia me regaló un trabajo apenas a dos meses de la vuelta y, además, de lo mío. De fotógrafo y diseñador en una empresa de ropa. Un trabajo normal, pero muy top si lo comparamos con la calidad del trabajo que hoy sufrimos. Pero mi corazón ya no latía igual. Mi ser ya no estaba pleno. Dios me quería en otro sitio. De esa manera, a los tres meses de empezar en el trabajo nuevo, opté por empezar de cero. Dejé el trabajo de oficina y estudio para dedicarme a trabajo de calle (y de patio de colegio), volví a casa de mis padres (algo que nunca les he agradecido lo suficiente), me puse a estudiar de nuevo y me propuse ser más coherente con la opción de vida que me demandaba Abba: tienes que vivir la vida como Misión. Y, como se dicen en los relatos, el resto es historia. Los chirríos y los desajustes que sentía en mi interior, desaparecieron. Opté por entrar profesionalmente en el mundo de ‘lo social’ y desde entonces, ahí sigo, en el lugar al que estoy llamado a ocupar: estar al lado de quien lo necesite.

Mis amigos me siguen diciendo: ‘¡illo! Tú no estás bien’ cuando les cuento que, cada vez que he vuelto a Bolivia, según se acercaba la fecha de volver, una pesadilla se repetía en mis sueños. La pesadilla de despertar en España, de salir del cuarto de casa de mis padres, preguntarles vehementemente por qué no estaba en Comarapa y sufrir recibiendo su respuesta: ha sido todo un sueño, hijo, nunca has estado en Bolivia. Doy gracias a Dios y a la Buena Madre toditos los días de mi vida, por haberme regalado la oportunidad de despertarme en Comarapa”.