El coronavirus sigue cobrándose vidas allá donde llega. En Italia, el país europeo que se vio más afectado al inicio de la pandemia, la tragedia abrió los ojos principalmente a Europa, pues eran muchos los que se negaban a creer que lo que entonces ocurría en China podía llegar a sus países. Y hubo muchos muertos, entre ellos también, muchos sacerdotes. Son más de 120 los que han muerto en estos meses por el virus en este país, muchos de ellos tras estar en la primera línea de batalla.

Entre los afectados también hubo obispos, algunos de los cuales estuvieron muy cerca de la muerte. Se trata del caso del obispo de Pinerolo, monseñor Derio Olivero, que estuvo hospitalizado del 19 de marzo al 5 de mayo, más de mes y medio, de los cuales 17 de ellos estuvo intubado y a punto de fallecer.

Finalmente, el prelado de 59 se ha podido recuperar y ser dado de alta. Su caso ejemplifica que el virus no sólo afectaba a las personas más mayores sino también a personas de menos edad. Para dar gracias a Dios, el obispo quiso este pasado mes de junio celebrar una misa al aire libre para agradecer a los médicos, enfermeras y demás personal que lo cuidaron durante los 47 días de hospitalización. En ella también participaron voluntarios de Cáritas y otras organizaciones que en estos meses se han volcado en ayudar a los demás.

Emocionado, monseñor Olivero aseguró que pese a haber estado tan cerca de morir lo que de verdad le quitaba el aliento es saber cuánto Dios ama al hombre y se preocupa de cada una de las personas.

Y así fue como respetando las distancias de seguridad y también con las medidas adecuadas más de 400 personas participaron en la misa que se celebró en el patio del seminario diocesano. A ella también quiso acudir el jefe de la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Agnelli de Pinerolo.

Durante intervención, el obispo explicó que quería celebrar esta Eucaristía con todos ellos para que quienes han estado cuidando este tiempo de otros pudieran “pasar una hora disfrutando el cuidado de Dios, porque Dios siempre cuida de nosotros, incluso durante la pandemia”.

Las palabras del obispo de Pinerolo se convirtieron en un testimonio de todo este tipo y todo lo que predicó lo había experimentado literalmente en sus carnes poco antes. Por ello, afirmó convencido que junto a Dios siempre existe un futuro y ni siquiera la muerte puede cambiar eso.

"Dios cuida de nosotros"

Yo vi cómo podría llegar la muerte –durante dos o tres días, estuvo muy cerca. Pero, ¿sabéis lo fantástico que es poder decir, ‘muerte, no te quiero, no vas a tener la última palabra, porque Dios es más fuerte que tú y tú nunca podrás bloquear mi futuro”?, afirmó, tal y como recoge Catholic News.

De este modo, dijo a los allí presentes que “Dios cuida de nosotros y eso es lo que verdaderamente nos deja sin aliento”, afirmó haciendo referencia al modo en el que el coronavirus ataca los pulmones, y el obispo recalcó que “sé lo que significa no poder respirar a causa del Covid, es horrible”.

“Un día todos nosotros dejaremos de respirar, pero nuestros afectos permanecerán, y el cuidado de Dios no cesará ni siquiera entonces”, agregó.

Cómo vivir la enfermedad

En Famiglia Cristiana, monseñor Derio Olivero profundizaba en este testimonio: "La experiencia de estar cerca de morir para mí fue como evaporarse, sentir que muchas cosas importantes, los planes, las cosas que tenía que hacer, incluso mi cuerpo perdían consistencia. Al final solo quedaron dos cosas, como un núcleo duro que definió el verdadero ‘yo’: sentirme verdaderamente confiado a las manos de Dios y las muchas caras con las que he construido relaciones a lo largo de los años. Los amigos más cercanos, colaboradores e incluso personas desaparecidas que han sido fundamentales en mi vida, como mis padres o mi maestro espiritual, el rector del seminario de Fossano, Don Mario Picco, pasaron por mí. Aquí, estos rostros no se evaporaron, permanecieron consistentes, verdaderos y reales como si estuvieran allí a mi lado”.

En todo este tiempo de ingreso pasó “por cuatro salas Covid diferentes, dependiendo de la gravedad de la enfermedad. Al principio, cuando podía hablar, conocí a Remo, del que me hice amigo. Me contó su triste historia: su esposa e hijo también fueron hospitalizados por Covid. Más tarde supe que su esposa no lo logró, ella murió... Él y su hijo sobrevivieron. Me prometí a mí mismo que tan pronto como estuviera bien iría a verlo. Luego fui intubado y finalmente traqueostomizado. Mario estaba a mi lado. Nunca pudimos hablar en esas condiciones, pero cuando estaba mejor fui a saludarlo”.

"Muchos piensan", agregaba Monseñor Olivero, "que cuando estás intubado siempre duermes  bajo el efecto de los sedantes. En realidad, hay fases alternas: a veces uno está anestesiado, otras veces está despierto y consciente. Las enfermeras me dijeron: ‘Eras un paciente difícil pero agradable’. Porque normalmente las personas intubadas cuando están despiertas miran el techo. Yo, por otro lado, quería hablar a toda costa, incluso si no era posible. Al final, se resignaron a darme una pizarra para escribir, a fin de dialogar con ellos así”.

Por qué existe el mal

Volviendo a la homilía de esta misa de acción de gracias, monseñor Olivero habló de la pregunta que durante siglos se ha hecho: ¿por qué existe el mal?

“El mal puede tener el rostro de una enfermedad, yo he visto eso”, explicó. “O de la muerte de un ser querido, también he visto eso. Al enfrentarse a cualquier cosa, desde un dolor de muelas a una enfermedad incurable, todos se han preguntado por qué existe el mal, y lo hemos preguntado más frecuentemente en estos tiempos del coronavirus”, dijo el obispo.

Pero animó a los participantes en la misa a darse cuenta de que ninguna persona dice, “Por fin me está ocurriendo algo malo”. En cambio, siempre dicen, “Esto no debería estar pasando. La vida no debería ser así”.

Cuando una persona va de paseo a las montañas o recibe un cálido abrazo, o recibe ayuda en un momento de dificultad, “piensa, ‘¡Ah, esto es vida'”, dijo.

“En un momento en que todos nos sentimos más frágiles y vulnerables, en peligro, incluso más cercanos al sufrimiento o inmersos en él, debemos recordar que Dios nos creó, moldeó y formó para lo bueno y lo bello. Y eso es fantástico”.