Los jóvenes sacerdotes Michal Tomaszek y Zbigniew Strzalkowski, de 31 y 33 años, podrían haber estado en Czestochowa en agosto de 1991 para la Jornada Mundial de la Juventud. Y de hecho estuvieron, nombrados personalmente por Juan Pablo II el día 13: "Hay nuevos mártires en Perú", proclamó el Papa. El día 9 habían sido asesinados por el grupo terrorista de ideología marxista y comunista Sendero Luminoso.

Llevaban allí once años. Michal había hispanizado su nombre como Miguel para hacerlo más comprensible a sus fieles de Pariacoto, en la Cordillera Negra. Zbigniew, como es obvio, ni lo intentó. Pero ambos eran igualmente queridos por una población de la diócesis de Chimbote a la que habían llevado fe, esperanza y caridad.

Habían vivido durante tres años sin luz eléctrica, con una deficiente comunicación por carretera, con sequía, padeciendo incluso una epidemia de cólera. Y una plaga aún peor: el terrorismo maoísta.

Todas estas vicisitudes se recogen en una obra sobre ellos que se publica este lunes en Italia: Frati martiri [Hermanos mártires]. La han escrito el periodista Alberto Friso y un compañero de los mártires, el misionero Jarek Wysoczanski, quien sí estaba en Czestochowa cuando fueron asesinados, porque había vuelto a casa para la boda de su hermana.

La causa de beatificación de ambos franciscanos conventuales se abrió tan pronto como 1995, y la Positio llegó al Vaticano a finales de 2011. El libro apunta, pues, a que un día no lejano pueda reconocerse que los padres Miguel y Zbigniew murieron in odium fidei [el odio a la fe].

Es, desde luego, lo que se desprende de los hechos. Aquella tarde el pueblo empezó a llenarse de pintadas de Sendero Luminoso. Los frailes franciscanos sabían que eso significaba un inminente asalto, pero continuaron con su trabajo: el coro, el catecismo, la visita a un niño enfermo... Al anochecer, Fray Zbigniew empezó la exposición del Santísimo Sacramento, que duró hasta que llegó Fray Miguel con su camioneta para decir misa. Concluido el sacrificio, cerraron las puertas del templo.

Pero poco después las abrieron por la fuerza unos encapuchados, que entraron, les ataron y se los llevaron. Sólo a ellos dos, merced a los buenos oficios negociadores del padre Strzalkowski, quien les convenció de que dejasen en el convento a los novicios. Les salvó la vida, porque a los pocos minutos eran asesinados cerca del cementerio junto a los alcaldes de Pariacoto y Pueblo Viejo. A la vuelta se encontraron con el primer edil de Cochabamba y lo mataron también.

¿Por qué la muerte de los frailes? En el trayecto desde la iglesia al lugar del fusilamiento se lo explicaron: sus Biblias y rosarios engañaban al pueblo; su ayuda a los más pobres frenaba su ira y dificultaba la revolución; la proclamación de la paz evangélica disuadía a los jóvenes de unirse al grupo terrorista.


No era así como les veía la gente: “Padres, para nosotros no han muerto”, reza un cartel sobre su tumba. Que está donde ellos querían: en Perú.

"Permanecieron allí hasta el final", recuerda una religiosa que trabajaba en la misión: "Eso no se improvisa, es un don. Vi a Zbigniew unos días antes de su martirio, le pregunté si estaban amenazados, sonrió y dijo: ´No podemos abandonar al pueblo. Nunca se sabe, pero si nos matan, que nos entierren aquí´. A Miguel lo vi un mes antes, vivía como si no pasara nada, abandonado en Dios. Ambos, hombres de Dios, tal vez vivían pensando que todavía no era su hora; sin embargo, fue la hora de Dios".