Pedro Calungsod tenía unos 17 años y era el gran ayudante del jesuita español Diego de San Vítores en la evangelización de la isla polinesia de Guam. En el lugar donde ambos levantaron su primera humilde capilla en 1669, hoy está la hermosa catedral del Dulce Nombre de María, así, en español, porque aunque Guam fue conquistada por Estados Unidos en 1898 y su lengua principal hoy es el inglés, la catedral mantiene su nombre en español (véase en su web: www.aganacathedral.org ).

Pedro, de origen filipino, y su mentor Diego de San Vítores murieron juntos, hermanos en el martirio, el 2 de abril de 1672 en el pueblo de Tomhom. Unos guerreros enviados por un jefe local les mataron: al jesuita español le atravesaron el pecho con una lanza; al joven catequista filipino, le golpearon en la cabeza con una espada tipo katana. Sus restos no se pueden venerar: los trocearon y echaron al mar.

El jesuita había intentado una evangelización pacífica, sin soldados. Pero después de este incidente llegarían los soldados y la llamada "Guerra de los chamorros" (nombre español de los habitantes de las islas Marianas), que duró unos 25 años. De hecho, los isleños se dividieron en dos bandos, porque muchos ya se habían bautizado y aceptaban la propuesta católica y protegían a los escasos españoles de las islas. Pedro y San Vítores murieron, pero fueron fructíferos y hoy se les venera en Guam y las Marianas: la archidiócesis de Agaña cuenta con 150.000 habitantes, de los que 130.000 son católicos.

En 1985 el jesuita fue beatificado por Juan Pablo II, y el catequista filipino se le sumó como mártir el 5 de marzo de 2000. Pero ahora Pedro Calungsod adelantará a su antiguo maestro en la gloria de los altares y pronto se celebrará su canonización, puesto que el pasado 19 de diciembre la Santa Sede aprobaba oficialmente el milagro aceptado por la Congregación para la Causa de los Santos, que no se dio en circunstancias confusas o remotas, sino en los quirófanos de un hospital de la ciudad filipina de Cebú en 2003.

Varios medios de comunicación afirman que la milagrada llevaba dos horas "clínicamente muerta" cuando el cirujano cardíaco rezó por ella pidiendo la intercesión del Beato Pedro. Otros afirman que sufría "muerte cerebral". No hay un comunicado oficial de la Iglesia que haya difundido la naturaleza médica concreta del caso. 

Los medios más detallistas citan al vicepostulador de la causa, Ildebrando Leyson, quien asegura que la mujer, una empresaria que ni siquiera había oído hablar nunca del beato, sufría un "coma de grado 3 en la escala Glasgow". El grado tres es el peor, el más bajo (no hay Glasgow 2 ni 1 ni 0), es el que se da cuando, tras un traumatismo cerebral, no se responde ni a estímulos auditivos, ni al dolor, ni a la luz en los ojos. La empresaria llevaba dos horas en este estado (que si no es la muerte es su antesala) a causa de un infarto de corazón.

Hoy está sana, alegre, trabaja en la ciudad de Leyte y piensa acudir a la canonización, según adelantó en el Cebu Daily News el cardenal y arzobispo emérito Ricardo Vidal, gran promotor del beato. Los médicos locales, como los de la comisión médica vaticana, no atribuyen su recuperación a la medicina ni a una causa conocida.

Es otro de esos milagros que se dan con luz y quirófanos, ante los médicos, en hospitales del siglo XXI, y no en rumores lejanos y confusos. Por razones de privacidad, no se han difundido aún los nombres de los médicos implicados, del hospital y de la mujer recuperada, pero es probable que en un futuro cercano ellos mismos se den a conocer.

Para los filipinos, especialmente para los de las islas Visayas y los de Cebú, Pedro es "su" santo. Solo hay otro santo filipino, San Lorenzo Ruiz, mártir en las persecuciones de Japón del siglo XVI. En la prensa filipina estos días se habla con orgullo de que él, como tantos compatriotas, era un "trabajador filipino en el extranjero".

En Cebú recuerdan con orgullo que su isla recibió cortesmente a los españoles y el cristianismo, que las olas del mar trajeron a sus playas la imagen de madera del Santo Niño de Cebú (así, en español; aún hoy es la mayor devoción del país) y que aceptaron el bautismo, en 1521, con Magallanes, 50 años antes que los habitantes de Manila. El portavoz de los obispos filipinos, Pedro Quitorio, anima a los fieles a encomendarse al nuevo santo en estos días de dolor a causa de la tormenta tropical "Sendong" que ha provocado grandes destrozos.


Las Islas Marianas deben su hermoso nombre al beato Diego de San Vítores, quien las llamó así en 1665 para congraciarse con la reina regente en España, María Ana de Austria, aunque también homenajeaba con ese nombre a la Virgen. Antes del misionero jesuita, el mundo usaba el feo nombre que les dio Magallanes cuando fue mal recibido por sus isleños: Islas de los Ladrones.

El jesuita era de familia noble, y renunció a la carrera militar para dedicarse a la evangelización. Camino de Manila pasó por Guam en 1662 y se prometió que volvería para cristianizar las islas. Con apoyo moral de Felipe IV y de la Reina María Ana, pero sin apenas recursos, desembarcó en 1668, acompañado por el joven Pedro, intentando imitar a su modelo, San Francisco Javier, misionero sin soldados. El jefe Kepuha le recibió bien, pudo bautizar y empezar a catequizar bastantes isleños, y en la tierra que le dio hoy está la catedral de Dulce Nombre de María.

Por desgracia, apenas un año después moría el acogedor jefe Kepuha y empezó una fuerte oposición a los misioneros. Como buen jesuita, en 1669 ya había creado una escuela para niños y después una para niñas, además que abrir 4 parroquias en diversos pueblos con la ayuda de Pedro.

Sin embargo, había costumbres nativas que chocaban con el Evangelio. Los isleños guardaban en sus casas los craneos de los antepasados y hablaban con ellos, les trataban con respeto, y parecía ser una forma de brujería.

Además, era una sociedad de castas muy estrictas, con una nobleza que veía muy mal la idea cristiana de que el bautismo hacía a todos los hombres iguales.

El jesuita español predicaba a menudo contra los sacerdotes paganos (makahnas) y más aún contra las sacerdotisas (kakahnas), y éstas veían peligrar su estatus ante una religión que parecía menos femenina... pero también más igualitarista.

Además, durante la pubertad los jóvenes varones se juntaban para vivir en Guma´Uritao ("Casas de Hombres"), donde hombres mayores les enseñaban cosas adultas como pescar, navegar... y sexo, con la ayuda de mujeres que se dedicaban a eso, a entrenar sexualmente jovencitos. Para el jesuita, era mera prostitución institucionalizada y corrupción de adolescentes.

Por último, con los europeos llegaron enfermedades. Eso fue aprovechado por un chino casado con una isleña, llamado Choco, que difundió el rumor de que el agua del bautismo y los óleos bautismales eran lo que envenenaba y enfermaba a la gente.

El 2 de abril de 1762, cuando apenas llevaban 3 años de trabajo misionero, llegó el martirio. El jefe Mata´pang era un acérrimo opositor a los cristianos, pero su esposa era conversa. Ella pidió a los misioneros que bautizasen a su niña recién nacida, y así lo hicieron. Cuando se enteró Mata´pang, envió a su guerrero Hirao, acompañado de algunos hombres, a matar a los misioneros.

En el lugar del martirio hoy hay un monumento que recuerda cómo la lanza y la katana acabaron con el español y el joven filipino. Pronto los 130.000 católicos de la diócesis de Guam celebrarán al santo que comparten con los filipinos y la Iglesia universal.