"Si quiere una prueba de la predilección de Dios hacia ellos, es ésta", señala Michael Riester. Se refiere al fallecimiento, el mismo día, de sus dos primos Julian (que murió el pasado miércoles por la mañana) y Adrian (que lo hizo por la noche), ambos en el St Anthony Hospital de San Petersburgo, Florida. Dos hermanos gemelos que eran también ambos hermanos franciscanos, y que todo en la vida lo hicieron juntos. Nacer, como es obvio, pero también morir, una extraordinaria circunstancia que en realidad venía preparada por toda una vida en común.

Nacieron en Buffalo, ciudad del estado de Nueva York donde su padre, médico, fue uno de los que intentaron infructuosamente salvar la vida al presidente William McKinley cuando fue tiroteado en 1901 por un pistolero anarquista.

El hermano Julian y el hermano Adrian (Jerome e Irving en el siglo) fueron a la misma escuela y en su juventud recorrieron Estados Unidos también en comandita. Sintieron la llamada de Dios a la vez, y decidieron hacerse franciscanos el mismo día. Fue justo la época en que iban a ser movilizados para combatir en la Segunda Guerra Mundial, y estuvieron varios días esperando qué carta llegaría antes, si la de los frailes en cuya comunidad habían solicitado el ingreso, o la de las Fuerzas Armadas para el reclutamiento.

Triunfó en Correos la primera, y ya no se quitaron el hábito nunca más. De hecho, apenas se separaron. Entre 1946 y 1951 cumplieron destinos distintos en Manhattan y en Boston. Luego volvieron a juntarse en Buffalo, pero en conventos distantes, hasta que, a partir de 1956 se reunieron para prestar sus servicios en la Universidad San Buenaventura, un centro académico privado católico vinculado a los franciscanos y situado cerca de Nueva York.

Nunca llegaron a ordenarse sacerdotes, pero, según cuenta Buffalo News, se convirtieron en unos expertos manitas reclamados por todos para resolver los más variados problemas de la vida diaria. Apenas salieron de allí. Solamente hacían una excepción para ir a Buffalo a ver a su madre, que vivió hasta los 103 años y a la que regalaban llevándola a algún buen restaurante con el dinero que les daban los amigos de la familia.

Jamás dijeron a nadie quién de los dos era el mayor. Y les gustaba bromear con su total parecido. Circulaban por el campus con bicicletas iguales y cascos iguales (y, como es lógico, hábitos de fraile iguales). Ya desde pequeños volvían locos a sus profesores a cuenta de su identidad, tanto en la enseñanza secundaria en Buffalo como cuando asistieron a una escuela de técnicos de radio en Los Ángeles, en los años previos a su entrada en religión.

Y habían siempre manifestado el deseo y la convicción de morir juntos. Así fue, dejando el recuerdo de ser "hombres buenos y santos que vivieron toda su vida el espíritu franciscano". "Estaban", remata su primo, "tan en sintonía con Dios como entre sí".