"Crecí en un hogar donde no había lugar para Dios. ¿Cómo era mi vida? Totalmente banal".

Priscilla resume de esta forma su experiencia vital antes de la festividad de la Inmaculada Concepción de 2017, cuando todo cambió.

En torno al 8 de diciembre se celebra todos los años en Lyon el Festival de las Luces, una tradición que se remota al siglo XVII pero nace oficialmente en 1852. Los habitantes de la tercera ciudad francesa, tras París y Marsella, encienden sus ventanas por la noche, los comercios sus escaparates, los edificios emblemáticos se iluminan y los artistas ubican en las plazas sus personales instalaciones lumínicas.

Un amiga la invitó a ir juntas a ver el espectáculo. Pero no el callejero, sino principalmente otro. Aunque la chica era "completamente atea", el objetivo era un templo: "Tienes que venir, hay algo increíble en Saint-Nizier. Te a va gustar. ¿Tienes algo contra las iglesias?”.

“Absolutamente nada”, respondió Priscilla.

La Plaza de Saint-Nizier en diciembre de 2017. Foto: Lucien Lung / Fête des Lumières.

San Nizier (San Niceto) fue obispo de Lyon entre los años 553 y 573 y fue enterrado en el lugar donde hoy se alza la iglesia bajo su patronazgo. Comenzó a construirse en el siglo XIV, aunque no se terminaría hasta el siglo XIX, por lo que conviven en ella el gótico, el neoclásico y el neogótico en un templo que da valor a la urbe, considerada ciudad de la Unesco.

"La iglesia es increíble. Nunca había visto algo así", confiesa Priscilla, que quedó admirada por su interior, no solo en el aspecto artístico, sino también por el culto que estaba teniendo lugar, en las vigilias de la gran fiesta de la Virgen: "Era la misa de la tarde, ya había anochecido. Me invadió una especie de curiosidad. Quise recorrer toda la iglesia y acabé ante el altar para ver de cerca lo que estaba pasando. Era de noche, era intrigante: todos tenían velas en la mano. La atmósfera era sublime".

Un momento de oración en Saint-Nizier, en la fiesta de las luces. Foto: Merci Marie.

"De golpe, me invadió un sentimiento increíble que nacía en el vientre: un calor, un amor poderoso e indescriptible que comenzó a irradiarse por todo el cuerpo", evoca Priscille al relatar para Découvrir Dieu [ver abajo el vídeo] el momento inexplicable de su conversión: "No comprendí lo que pasaba en ese momento. Me dije: ¿qué es esto? Sentí unas ganas enormes de ir a comulgar, que no sabía explicar. Y, no sé por qué, fui. Me dije: estoy bautizada, en cierto modo formo parte de esta familia. Salí preguntándome muchas cosas".

Al cabo de unos días, decidió averiguar algo más sobre la parroquia: "Empecé a investigar, y todos los clichés que tenía sobre la Iglesia fueron cayendo, uno tras otro. No pensé que tuviesen portales en internet. Primer error: lo había, y muy bueno. Me dije: bueno, al menos son un poco modernos".

El párroco de Saint-Nizier (a la izquierda) y sus vicarios. Foto: Parroquia de San Niceto.

También pensaba "que todos los sacerdotes eran viejos". Segundo error: "Los sacerdotes que conocí eran relativamente jóvenes, y eso me abrió las puertas, porque sabía que podría entenderme con ellos, que hablaríamos un lenguaje común".

Desde hace veinte años, la parroquia de San Niceto en Lyon está confiada a la Comunidad del Emmanuel, que ha dinamizado su misión evangelizadora.

Tras un periodo de dudas, Priscilla decidió dar el paso y volver a Saint-Nizier para resolverlas: "Hablé con un sacerdote. Me explicó y puso palabras a lo que yo había vivido, y empezó a dirigirme. La conversión que recibí en el corazón me hizo comprender que no podía continuar mi camino yo sola, era demasiado difícil".

Entendió lo fundamental: "Que yo era amada". Y eso ha cambiado incluso su día a día, "porque sentirte amado, con un Padre que está ahí para nosotros, para guiarnos, que se preocupa por nosotros, entregarLe todas tus inquietudes... eso te da una energía enorme en la vida cotidiana. Para mí ha supuesto libertad, amor y ganas de ser yo misma".

Publicado en ReL el 3 de septiembre de 2020.