La pasada semana se estrenaba en apenas un par de salas de Madrid, ignorada por la mayoría de los medios, la película de Juan Manuel Cotelo La última cima. Cuando escribo estas líneas ya son, sin embargo, más de sesenta los cines que proyectan o se disponen a proyectar la película, por petición de miles de personas anónimas canalizada a través de internet... y la cifra crece día tras día. ¿Y qué nos cuenta La última cima? A simple vista, la vida de un cura, Pablo Domínguez, evocada por allegados y amigos; un cura muerto trágicamente en la flor de la vida, mientras descendía del Moncayo; un cura que a todos los que se cruzaron en su camino cautivó por su generosidad, su sabiduría, su júbilo de vivir; un cura culto, brillante, atractivo, decano de la facultad de Teología de San Dámaso, que a buen seguro habría alcanzado las más altas dignidades eclesiásticas si no se hubiese despeñado mientras hacía alpinismo. Confesaré que la expectativa de tragarme una suerte de hagiografía sobre un «cura extraordinario» me repateaba un poco; sobre todo porque a mí los curas que me gustan son los curas ordinarios. Así que acudí a ver La última cima lleno de reticencias.

Pero enseguida descubrí que el asunto secreto de La última cima eran, precisamente, esos «curas ordinarios» que a mí tanto me gustan; y, más todavía, el misterio de su vocación, que un día los obligó a abandonarlo todo. «Yo ya no me pertenezco», afirmó Pablo Domínguez en el día de su ordenación, según se nos cuenta en algún pasaje de esta película; y sobre ese des-pertenecerse, sobre el sentido de la donación sacerdotal —a Cristo y al prójimo— es sobre lo que, en última instancia, trata La última cima. La película traza la figura de un cura alegre, desprendido, muy contagiosamente entusiasta, que se toma a sí mismo a broma, precisamente porque toma muy en serio su vocación. Y, mientras la figura de Pablo Domínguez nos va siendo elucidada, descubrimos que es un cura tan «ordinario» como otros muchos curas que hemos tenido la suerte de conocer; y que lo que lo torna extraordinario no son tanto sus prendas personales como el denuedo con que se entrega a Quien pertenece. La última cimapodría haberse conformado con la evocación del cura carismático; pero Cotelo quiere profundizar en el sentido y en la razón de ese carisma. Y es entonces cuando su película se torna escandalosa para la mentalidad contemporánea, porque habla de lo sobrenatural irrumpiendo en la vida de un cura «ordinario», habla de lo sagrado anidando eucarísticamente en el corazón humano, ensanchando los horizontes de una vida entera.

La última cima es arriesgada, porque se atreve a homenajear la figura de un cura —y, a través de él, a tantos y tantos buenos curas— en una época que gusta de crucificarlos. Es aguerrida, porque se atreve a batallar contra la mugre de tópicos y prejuicios que circulan en torno al sacerdocio. Está poseída de un aliento épico que no se queda en el mero emotivismo, que se atreve a penetrar en la médula misma de la vocación sacerdotal. Y es una película que conmueve, que remueve, que se queda anidando en el recuerdo del espectador, como lo sagrado anida en los corazones y ensancha los horizontes de una vida entera.

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