En estos días estamos oyendo hablar mucho sobre la prematura muerte de la estrella del baloncesto Kobe Bryant, quien era católico practicante. Incluso desplaza en los medios a las noticias sobre el impeachment [de Trump].

Una muerte como ésta es algo muy triste. Debemos rezar por él y por sus seres queridos.

Su muerte le parecerá a muchos aún más triste a causa de su fama.

Tú no eres menos valioso que Kobe ante Dios, ni Él tiene menos deseos de verte en el cielo que de verle a él.

La muerte repentina es algo que puede suceder. Le sucede a mucha gente.

Por decirlo claramente: si Kobe Bryant murió de forma repentina e inesperada, puede sucederte a ti también.

Basta con coger el camino equivocado en el momento equivocado.

Algunas muertes pueden preverse o predecirse o ser más probables a causa de las circunstancias. Una circunstancia universal es que todos y cada uno de nosotros vamos a morir. La cuestión no es si moriremos, sino cuándo y cómo.

¿Será de forma lenta? ¿Será de forma rápida? ¿Sabremos cuándo va a llegar? ¿Tendremos algún aviso previo? ¿Estaremos conscientes o totalmente inconscientes?

Una de las peticiones más conmovedoras e importantes en la Letanía de los Santos es nuestra súplica a Dios de que:

A subitanea et improvisa morte, libera nos, Domine.

De la muerte súbita e imprevista, líbranos, Señor.

La muerte súbita es una cosa. Puede ser una gracia, en cuanto opuesta a una agonía larga y prolongada. Por otro lado, para algunas personas una larga agonía es una gracia, porque les da la oportunidad de arrepentirse y de ofrecer sus sufrimientos en reparación por sus pecados.

Súbita o esperada, larga o corta… es una cosa.

Imprevista es otra cosa.

Una muerte “imprevista” es una muerte sin recibir los últimos sacramentos, especialmente la absolución sacerdotal.

Es un pensamiento espantoso… especialmente si hace mucho tiempo que no te has confesado.

¿Cuándo te confesaste por última vez?

Queridos lectores, una de las principales razones por las que empecé mi blog, que multiplica mis fuerzas, es porque todos y cada uno de vosotros vais a morir. Quiero que todos y cada uno de vosotros gocéis de la felicidad del cielo. Algunos de vosotros, sin embargo, no habéis pasado por un confesonario hace mucho tiempo. Tiemblo por vosotros.

Os lo suplico.

Confesaos.

Puede ser vuestra última oportunidad.

Publicado en el blog del autor, Fr. Z's Blog.

Traducción de Carmelo López-Arias.