A los políticos en ejercicio se les llena la boca con la palabra democracia. Son todos más demócratas que la madre que los parió. Es un decir, porque los padres de muchos de ellos, sin excluir a los de izquierda, sino todo lo contrario, fueron lo que fueron, empezando por el de ZP, el de la vice de los modelitos y siguiendo por los demás. Pero dime de lo que presumes y te diré de lo que careces.
 
Esto que tenemos en España es sólo una caricatura o apariencia de democracia, con elecciones de vez en cuando para esto o para lo otro, donde nos convocan a los «ciudadanos» (¡tendrán morro!) para que elijamos entre postulantes la inmensa mayoría de ellos perfectamente desconocidos, y a los que conocemos, podríamos decir de ellos lo de don Miguel de Unamuno. Al Magnífico (¡éste sí!), rector de la Universidad de Salamanca le presentaron en cierta ocasión un escrito de abajofirmantes protestando contra no se qué. Don Miguel leyó con toda calma la lista de los adherentes y dijo: «A la mitad no los conozco, y a la otra mitad los conozco demasiado y es lo peor que puedo decir de ellos». De modo que no firmó: ¡a hacer puños para mangas!
 
Aquí no se vota a candidatos concretos, sino a una de las ristras cerradísimas con doble llave como quería Joaquín Costa al sepulcro del Cid. Igual que en el fútbol, los jugadores importan poco, sean estos o los otros, sino los colores que defiende, siempre, «lógicamente» que ganen, aunque sea con alguna ayudita del «trencilla», como llamaba a los árbitros la lengua viperina del Butanito. A mí me da la risa floja cuando oigo llamar eso de representantes del pueblo a los diputados. En todo caso serán representantes de su partido, que es el que los ha colocado en las listas, y dentro del partido a la camarilla que administra y dirige la finca y confecciona las listas, y dentro del sanedrín, al sumo sacerdote que lo preside. O sea, toda una pirámide de poder que se parece a la democracia lo que un huevo a una castaña.
 
¿Y qué podemos decir de la división de poderes según Montesquieu? Aquí están los tres más que unidos, que ya sería rechazable de acuerdo con los principios esenciales de la democracia, más que unidos, digo, revueltos, liados, en un promiscuo amancebamiento propio de un prostíbulo político. El jefe del poder ejecutivo no es fruto de la elección directa del pueblo, como en Estados Unidos, sino de la designación del partido que gana las elecciones. Podríamos decir que lo elige el Parlamento. Pero a su vez, el Parlamento, o sea, el legislativo, es la correa de transmisión del poder ejecutivo, que en la práctica impone las leyes bajo las que va a gobernar si tiene número suficiente de diputados para ello, convirtiendo el sistema democrático en una dictadura personal del jefe del Gobierno de turno, según las teorías de Rousseau.
 
Y no digamos nada del poder judicial, que escapa por completo al menor asomo de elección popular. Cierto que se trata de una función muy técnica que requiere una elevada preparación profesional que pocos están en condiciones de ponderar, aunque ahora entran en la carrera judicial muchos de dudosa competencia, aprovechando la gatera del cuarto turno, o sea, de los amiguetes políticos. Por consiguiente, dadas las exigencias que se requieren para ser juez capacitado, sólo los profesionales del Derecho estarían en condiciones de participar en la elección de los gobernantes del mencionado poder. Pero de ahí, al sistema de cambalache entre políticos que ahora rige la designación de los altos cargos de las instituciones judiciales, media un abismo. Es decir, que si en la elección popular de los otros poderes, advertimos lagunas de tales dimensiones –como las listas cerradas- que en la práctica invalidarían el sistema en una verdadera democracia, en la elección de los miembros del poder judicial, la confusión, la interdependencia entre unos y otros poderes es tan grande, que la cosa llega ya a la negación total del sistema. Es decir, que la supuesta democracia española no pasa de ser la gran chapuza nacional. Muy propio de los políticos batuecos, que siguiendo su más genuina y añeja tradición, parece que no tienen enmienda.