Llevamos apenas dos semanas «presidiendo» la Unión Europea; habría que entrecomillar más esa palabra, e igualmente lo de «llevamos», pero mejor dejar las palabras así. No hemos cubierto la primera quincena, y la crisis ha vuelto a aparecer como el tema estrella de Europa, o de la aparición de nuestro presidente en Europa. Hace un par de años tuvimos que comernos un desplante internacional por hablar de la economía de Francia e Italia; en esta ocasión, la respuesta, bastante contundente, como es propio de su carácter, nos ha venido de Alemania.
 
Nuestro presidente se ha plantado como salvador de Europa, salvador en casa ajena, porque las peticiones a los bancos de alimentos, por citar un ejemplo, se han multiplicado por más de cuatro; y tristemente cuatro millones largos, y bastante largos, ansían como agua de abril un trabajo, por más humilde y sencillo que sea. Nuestro salvador arreglará todo, es la estrella de Europa. Si es que, como dice mi vecino de enfrente, «unos nacen con estrella y otros estrellados». Cada maíz que se meta en su saco, de estrella o de estrellado, pero con un mínimo de honestidad.
 
Más allá del salvador o no salvador, de la defensa a ultranza de una persona y las contundentes críticas de pensadores, analistas y periodistas, salta a la vista que este año, 2010 no ha sido nuevo en la crisis; seguimos como el año pasado, e incluso peor. Pero, ¿dónde está la raíz del problema? ¿Cuál es la piedra filosofal que lo solucionará? ¿A qué espera el alquimista para mostrarnos la pócima milagrosa? Creo que estas preguntas seguirán sin respuesta, al menos de modo claro e inmediato.
 
«Crisis» es una palabra que viene del griego, esa lengua que hablaron en Grecia, y en muchos lugares del imperio de Alejandro Magno allá por los siglos II, II y IV a.C. (la aclaración es importante para los jóvenes LOGSE). En esta lengua, crisis es la acción del verbo krino, juzgar, sopesar, cribar. Y otra nota para los jóvenes LOGSE: cribar es limpiar las semillas con la criba, separar materias más finas de otras más gruesas por medio de la criba. Una imagen más cercana de la criba la encontramos en las obras, cuando hay que filtrar la arena antes de hacer el cemento, para quitar piedritas y otros añadidos.
 
La crisis, por tanto, no es un árbol que nos ha nacido en España (¡vaya!, Que mala suerte y a ver si lo cortamos pronto). La crisis es una etapa, una criba, un filtro que nos están poniendo, muy a nuestro pesar, en la vida diaria, normal, privada, pública, económica, política, etc. La crisis es una etapa que hemos de pasar, y hemos de aprovechar. «Para los que aman a Dios, decía san Pablo, todo coopera para el bien». Y eso se aplica para los cristianos, y para cualquier persona de buena voluntad. Todo, hasta la crisis, si lo sabemos aprovechar, coopera para el bien.
 
Uno de los beneficios que nos regala esta crisis es la capacidad de filtrar lo superfluo de lo que dura. La velocidad de la sociedad actual genera en nosotros un vivir de lo inmediato, de la propaganda televisiva, de la publicidad agobiante, de la continua primariedad. La crisis nos invita a ver las cosas con un poco más de perspectiva, con más distancia de la realidad concreta.
 
La crisis nos está enseñando en muchos españoles que, más allá de la condición de parado o de mileurista ahogado por la hipoteca, cada español es parte de una familia. Cuando la situación económica y las perspectivas se ponen de color de hormiga, nuestra mente y nuestro corazón regresan a ese lugar donde se ama al hombre por lo que es, como repetía una y otra vez Juan Pablo II.
 
En esta dinámica cobra mucho más sentido la recomendación que Benedicto XVI ha tomado de su predecesor: la cultura del ser está por encima de la cultura del tener. El hombre y la mujer ES persona, mucho antes de lo que tenga o haga, y ahí se asienta su grandeza y dignidad. Y la principal acción de ese ser se encuentra únicamente en el amor. «Deus caritas est»; «Caritas in veritate».