Qoelet afirmaba, en su sabiduría humana y divina, que «nada nuevo hay bajo el sol». Y aunque la tecnología hace maravillas, o al menos eso creen algunos, cada vez constatamos más que este sabio tenía mucha razón. Periódicamente, igual que vuelven las estaciones, las Navidades, las vacaciones…, se vuelve a hablar de cambios y reformas, de cómo está la juventud de hoy comparada con hace unos años.
 
Uno de esos temas cíclicos es la reforma de la educación. Todos, con una ideología o con otra, comunistas, republicanos, de derechas o de izquierdas, hitlerianos, estalinistas o demócratas, saben que se trata de un tema capital. Que controlando ese punto vital manejas, para crecer o adormilar, a las generaciones del mañana. Como prueba, un botón: las sucesivas leyes de educación que se han sucedido (más que asentado) en nuestro país. Y parece que ninguna reforma nos satisface.
 
La pregunta salta a la vista: ¿vamos a mejor? Ya nuestro famoso poeta, Jorge Manrique, recuerda una actitud bastante generalizada, su «cualquiera tiempo pasado fue mejor». Creo que no hay que pesar fácilmente las opiniones por el número de opinadotes, pero cuando tanta gente lo dice, no está de más pensar que a lo mejor tienen algo de razón.
 
Dejando a un lado el tema estrictamente académico, que también tiene su peso, son más preocupantes los principios y criterios que la sociedad, o sea cada uno de nosotros, estamos transmitiendo a los niños y adolescentes, a los jóvenes y a los no tan jóvenes. La educación no es como los cien metros lisos: un acelerón de 10 segundos, y ya tienes tu medalla. La educación se parece más a una carrera de fondo, a un maratón. Si dejas de correr, adiós a la meta. Y esto dura 30, 40, 50 años.
 
En nuestro mundo de hoy, creo que se están encendiendo algunas luces de alerta. Hay tiempos intermedios que en nuestro maratón no son tan buenos como esperábamos. Ejemplos: la cultura de lo fácil, del botón, del pienso algo y lo hago. Priva lo inmediato, las victorias en pocos segundos, las pruebas superadas casi sólo con presentarse, los exámenes («ejercicios», que eso de examen parece que asusta) con valor orientativo.
 
Junto a la cultura del botón, gana terreno la cultura de la pildorita: al primer problema de salud, a la primera incomodidad, una pildorita, y todo arreglado. La píldora de la solución inmediata. ¿Cansancio?: Una pildorita. ¿Problemas para mantener la línea? Una pildorita. ¿Debilidad? Una pildorita. La pildorita parece que soluciona todo. Hasta la «enfermedad» del embarazo (antes era una bendición), y el miedo a la responsabilidad de nuestros actos tienen esta fácil solución.
 
Estas semanas en la vida de la Iglesia estamos asistiendo a hechos históricos. La vuelta a la comunión con grupos anglicanos que llevaban cinco siglos separados de Roma no es un acontecimiento más. Ni tampoco es el fruto de una pildorita. El ecumenismo no es, como muchos piensan, un acuerdo de mínimos entre católicos y no católicos para que el partido católico tenga más miembros. Y es significativo que los anglicanos que se están acercando a la Iglesia no son los de la cultura del botón y la pildorita: algo resulta costoso en la vivencia de la fe; pues por democracia lo suprimimos y lo acomodamos. Son aquellos que, por encima de la cultura fácil, saben que está Dios y el valor supremo de la persona.
 
Con sabias palabras recordaba Benedicto XVI estos temas capitales. Al recorrer la Brescia natal de Pablo VI, ponía en guardia a los católicos, y a los hombres de buena voluntad: «Se difunden una atmósfera, una mentalidad y una forma de cultura que llevan a dudar del valor de la persona, del significado de la verdad y del bien, en última instancia, de la bondad de la vida. Y, al mismo tiempo, se experimenta con fuerza una difundida sed de certezas y valores».
 
Cuando la persona, con su grandeza, ocupa el lugar central, el método educativo pasa a segundo plano, se adecua a una persona hecha de frágil barro y con altos ideales. El trabajo, el esfuerzo, la tenacidad, son herramientas y apoyos básicos para continuar en este maratón.