Se acerca la segunda y última sesión del sínodo sobre la familia y la temperatura de la discusión se eleva cada vez más.

Lo último en causar sensación ha sido la salida de los obispos alemanes, que ya dan por adquiridos, en el "contexto cultural" de su Iglesia local, cambios sustanciales en la doctrina y la práctica pastoral en materia de divorcio y homosexualidad.

Nada nuevo en esto. La gran parte de los obispos de Alemania están desde hace tiempo alineados en posiciones de este tipo, ya antes de que el cardenal Walter Kasper iniciase el fuego con la memorable relación introductoria al consistorio cardenalicio de febrero de 2014, en apoyo a la comunión a los divorciados que se han vuelto a casar.

La novedad es otra. Y tiene por protagonista al Papa Francisco.

Hasta el sínodo de octubre de 2014, Jorge Mario Bergoglio había demostrado repetidamente y en más de un modo que animaba a las "aperturas" en materia de homosexualidad y segundas nupcias, con gran eco cada vez en los medios de comunicación. El cardenal Kasper dijo explícitamente que había "concordado" con el Papa su explosiva relación al consistorio.

Pero durante ese sínodo las resistencias a los nuevos paradigmas se revelaron más fuertes y amplias de lo previsto y determinaron la derrota de los innovadores. La temeraria "relatio post disceptationem" redactada a mitad del sínodo fue demolida por las críticas y dejó paso a un relación final mucho más tradicional.

El Papa Francisco acompañó el desarrollo del sínodo contribuyendo al cambio, entre otros, con la inclusión sobre la marcha en la comisión encargada de escribir la relación final -hasta ese momento dominio descarado de los innovadores- de personalidades de orientación opuesta.

Pero fue sobre todo a partir del final del sínodo en adelante cuando Francisco emprendió una nueva ruta respecto a la que él mismo había recorrido inicialmente.

Desde finales de octubre de 2014 hasta hoy, el Papa ni una sola vez ha apoyado mínimamente a los innovadores.

Al contrario. Ha intensificado las intervenciones sobre todas las cuestiones más controvertidas vinculadas al tema sinodal de la familia: la anticoncepción, el aborto, el divorcio, las segundas nupcias, el matrimonio homosexual, la ideología de género. Y cada vez ha hablado de ellas como "hijo de la Iglesia" -como ama autodefinirse-, con firme fidelidad a la tradición y sin separarse ni un milímetro de lo que dijeron antes que él Pablo VI, Juan Pablo II o Benedicto XVI.

Este sitio internet ya ha publicado la primera antología de todas las intervenciones del Papa Francisco sobre las cuestiones citadas, desde finales de octubre de 2014 a principios de marzo de 2015.

Y también hemos publicado la continuación de la antología, con todas las intervenciones ulteriores del Papa desde mediados de marzo hasta hoy: dieciocho en menos de dos meses, que se añaden a las veintiuna del bloque precedente.

En el circuito de los medios de comunicación los innovadores siguen gozando de gran visibilidad y aprobación, y Francisco sigue siendo retratado como uno de ellos.

Siguen dando por adquirido su presunto apoyo también los más ardientes admiradores de Bergoglio, como por ejemplo ese "Cenáculo de los amigos del Papa Francisco" que se reúne mensualmente al amparo de los muros vaticanos, con sus mentores los cardenales Kasper y Francesco Coccopalmerio.

Pero la realidad es otra. Como un perfecto jesuita, Bergoglio es un gran realista y ya ha entendido –aunque sea sólo por los nombres de los delegados elegidos por los distintos episcopados nacionales– que la próxima sesión del sinodo será aún más desfavorable que la precedente a los innovadores.

Sabe que le tocará a él y sólo a él tomar las decisiones finales. Pero sabe también que le será imposible imponer a toda la catolicidad innovaciones que estén lejos de haber recibido el previo y colegial consentimiento de los obispos.

Los cuales no viven sólo en la decadente Iglesia alemana, sino también en África, en Asia y en todas esas vivas "periferias" del mundo que él ama tanto.

Artículo publicado originalmente en Espressonline.it.
Traducción de Helena Faccia Serrano.