Carmen Calvo acaba de afirmar que «vivimos en una democracia impecable y el derecho a la autodeterminación no existe». La frase, de una mentecatez enternecedora, nos permite reflexionar sobre la aporía constitutiva de las democracias impecables.

Frente al concepto hoy execrado de libertad aristotélica, que es obrar como se debe dentro del orden del ser (o, dicho más llanamente, aceptando la realidad de las cosas), la libertad consagrada por todas las democracias impecables permite a los hombres abandonar el orden del ser y autoafirmarse, autodefinirse, construir a cada instante su biografía sin otras reglas o límites que su propia voluntad. Una libertad que Marcuse define en Razón y revolución como «el derecho de la razón autónoma a reconfigurar la realidad, aun en contradicción con los hechos». Una libertad que Hegel, el maestro de Marcuse, define en su Fenomenología del Espíritu como «libertad absoluta» para la cual «el mundo es simplemente su voluntad».

Así, el demócrata impecable elige, decide, impone su voluntad, ejerce el control sobre su vida, se autodetermina a cada instante, según esa libertad descrita por Hegel, que es «verdaderamente infinita», porque «su objeto no es para ella un otro ni un límite, sino que es ella misma». Y así, en las democracias impecables, las personas eligen su peinado y su vestimenta y el canal de televisión que prefieren, que por supuesto al día siguiente pueden sustituir por otros cuando quieran (de hecho, deben hacerlo, para que su libertad sea verdaderamente infinita). Y, del mismo modo, pueden casarse y divorciarse cuando quieran, pueden embarazarse y abortar cuando quieran, pueden cortarse la polla y ponerse tetas cuando quieran; porque en nuestras democracias impecables la libertad puede rebelarse contra el orden ontológico y convertir el mundo en un supermercado inagotable, reconfigurando la realidad a su antojo.

Naturalmente, esta libertad que rige en las democracias impecables tiene un fin totalitario de sometimiento social; y es que, cuando se desea corromper a alguien, basta enseñarle a llamar derechos a sus caprichos personales. Y las democracias impecables, al permitir que las personas se autodeterminen caprichosamente a cada instante, tratan de abolir la estructuración de la existencia, tratan de romper todos de los vínculos que nutren y arraigan a los seres humanos (empezando, por supuesto, por el vínculo original que los une con su Creador), para hacerlas más moldeables y manipulables, a la vez que les otorga un espejismo de omnipotencia que les permite estar decidiendo todo el tiempo. ¡No hay que parar nunca de decidir en las democracias impecables!

Pero este incesante derecho de autodeterminación que las democracias impecables otorgan al hombre, hasta convertirlo en un chiquilín que impone al mundo sus caprichos personales… de vez en cuando tiene derivaciones inconvenientes. A veces, en medio de ese pandemónium de delirios aberrantes que genera el derecho de la razón autónoma a reconfigurar la realidad, surgen unos tipos que quieren independizarse del Estado. Pero, ¡oh, sorpresa!, resulta que esta forma de autodeterminación no existe en las democracias impecables. En las democracias impecables puedes imponer tu voluntad para conseguir que te independicen de tu propia vida (eutanasia), o de la vida que crece dentro de tus entrañas (aborto), o de los órganos con que te dotó la naturaleza, pero no puedes independizarte del Estado que te permite autodeterminarte en todo lo demás. Acaso sin pretenderlo, el independentismo catalán delata la aporía gigantesca sobre la que se fundan todas las democracias impecables.

Publicado en ABC.