Apenas fueron tomando cuerpo las primeras noticias del trágico error humano que causó la muerte del pequeño Rayán, comenté con mi mujer que no tardarían en aparecer los desalmados de turno que tratarían de sacar partido de tan infortunado episodio, empezando por este gremio mío, que enloquece al olor de la carroña. Como se ha visto seguidamente, acerté de pleno como si tuviera la bola de cristal de los videntes. Después de todo nada más sencillo de predecir en este mundo sin principios que nos envuelve. Uno de los primeros en aprovecharse de la desgracia ajena ha sido el Mohamed de Rabat, que ha mandado con gran boato un avión militar para repatriar al cuerpecito del bebé. Gesto humanitario de gran eficacia propagandística, y que en sí mismo es muy de alabar, sólo que lo realiza el mismo sujeto que se desentiende de los náufragos marroquíes (niños, mujeres embarazadas y adultos), salidos de sus costas en las pateras de la muerte. Un negocio repugnante con seres humanos, del que el Mohamed no puede alegar ignorancia, porque en Marruecos no se mueven ni las hojas de los árboles sin control ni permiso, oficial u oficioso, o acaso participación, de los agentes del Gran Hermano. Otros carroñeros que no podían perder esta trágica oportunidad de oro, han sido los parásitos sindicaleros, que han acudido raudos, como los gatos al olor de la sardina, a intentar meter el dedo en el ojito de Esperanza Aguirre, que no los tiene ciertamente muy grandes, aunque no se les escapa una. Por último tenemos al presidente del Colegio Oficial de Enfermería y al gremio de sanitarios del Hospital Gregorio Marañón, donde ocurrieron los hechos, que en un gesto de corporativismo cerrado, patético y lamentable, han cargado contra el director-gerente del centro, pidiendo su dimisión simplemente por haber informado, hecho polvo, de lo que realmente pasó. Digan lo que quieran estos profesionales, el tal director no fue quien se equivocó al «enchufar» la sondas, sino que lo hizo una enfermera perfectamente identificada, con permiso de las otras enfermeras del servicio y autorizada a ejercer la enfermería en virtud del título y la práctica que ya poseía. Después de todo, la tarea que tenía que realizar era tan elemental, tan simple, tan rutinaria y cotidiana, que no tiene justificación alguna que se equivocara, máxime teniendo en cuenta su fatal desenlace. Pese a lo dicho y a la muerte de Dalilah, la madre de Rayán, en el mismo centro, por una atención inicial no precisamente afortunada, pienso que la sanidad de la comunidad de Madrid es de las mejores, si no la mejor, de España. Que durante el mandato de Esperanza Aguirre se han construido, puesto en funcionamiento y se hallan en construcción más hospitales y centros de salud que en cualquier época anterior. Que en la Sanidad pública se atiende ahora mucho mejor que nunca y con esperas bastante más cortas, a pesar de los deficientes servicios administrativos, y no digamos el telefónico de hospitales y ambulatorios. Que en la red sanitaria madrileña, que para penitencia mía es la que conozco bien, hay excelentes médicos y competentes y encantadoras enfermeras, como los y las del Hospital que me corresponde. El problema de la sanidad en España no es la falta de calidad de sus profesionales, sino esa especie de ley del silencio que se respira en sus medios. El corporativismo rancio y oscurantista que reina en sus distintos cuerpos, que tratan de encubrir como sea los errores y negligencias, acaso más frecuentes de lo razonable, siempre silenciados por su parte. Llevo bastantes años en manos de médicos y hospitales, así como mi mujer –en su tiempo con sus partos- y algunos hijos míos, y tenemos experiencias de todas clases. Muchas gratificantes y de agradecer por la atención recibida y el buen hacer de médicos, enfermeras y demás personal sanitario, otras bastante menos. De estas últimas, una sólo quiero citar: la desaparición de pruebas de una pésima praxis médica que a punto estuvo de acabar con uno de mis hijos. Perdidas deliberadamente las pruebas en un evidente caso de corporativismo, nos vimos privados de presentar cualquier tipo de reclamación. Los errores médicos y sanitarios se producen, las más de las veces, por falta de atención en el trabajo, por no estar en lo que se tiene que estar, por indiferencia hacia los pacientes y, por qué no decirlo, porque la ética profesional se cotiza muy a la baja, como los valores ruinosos en la Bolsa. Ahí tenemos, como muestra, la readmisión al ejercicio de la Medicina, aprobado unánimemente por el Colegio de Médicos de Barcelona, del doctor Morín, de infausta memoria. O el silencio absoluto de los organismo colegiados médicos ante las criminales clínicas abortivas. O la presión para evitar que se creen nuevas facultades de Medicina que permitan aliviar la escasez de profesionales. Los problemas de la Sanidad no derivan del falso dilema de pública o privada, como sostienen los parásitos sindicaleros, temerosos de perder su negocio personal y su influencia política, sino del oscurantismo gremial, el espíritu corporativista que es como la capa que todo lo tapa, la falta de moral en algunos profesionales y el reglamentismo que impide un ejercicio más libre y eficiente de la medicina. Pero a los médicos, que pueden ejercer simultáneamente en el sector público y en el privado, no parece que les vaya del todo mal.