En mi anterior artículo hablaba de la sumisión, tomando pie del libro de Costanza Miriano, Cásate y sé sumisa. Para completar el comentario, y haciendo justicia a la autora, conviene hablar de su segundo libro, que da título a este artículo. El libro en español aún no está publicado, aún está en el horno de la editorial, así que he echado mano de algunos artículos y comentarios de la prensa italiana.

Muchas personas dan la vida por el trabajo, por la carrera, por una idea o una ideología. Sin embargo, parece pasado de moda pensar que se pueda dar la vida por una persona. Y con este “pasado de moda” olvidamos también la genialidad del cristianismo: “nadie tiene un amor mayor que el que entrega la vida por sus amigos”. Por eso nos extraña el título, por el miedo al compromiso, a la entrega, a dar la vida toda de una vez o gota a gota.

El hombre, dice Costanza, es mirado con dulzura y deja de ser el miembro de una sociedad terrible, patriarcal, para convertirse en algo (alguien) concreto, cercano. Las “mujeres sumisas” quieren ver en su marido a esa persona noble, dispuesto a entregar la vida, generoso, heroico. La verdadera virilidad, sigue afirmando Costanza, consiste, como nos ha enseñado Jesucristo, en la capacidad de morir a uno mismo para hacer vivir a los demás. Un hombre que debe saber sacrificarse y proteger a quien está cerca.

Una pareja de novios no se casa, o no se debería casar, esperando “que funcione” el matrimonio y la familia, casi como la manzana que cae al suelo por la ley de la gravedad, después de rebotar la cabeza de Newton. Un hombre y una mujer se casan con el fin honesto, el propósito, el esfuerzo de hacerlo funcionar. Esta delicada realidad no se basa en el amor romántico, que cada vez pesa menos en nuestro siglo, sino en el trabajo y complementariedad mutua, de la m4ujer como mujer y del varón como varón. Un periodista italiano recalcaba: el matrimonio no es una satisfacción perfecta; no existe mi media naranja perfecta.

Encontramos, tanto en este libro como en el anterior, la “bendita irreductibilidad”. Hombres y mujeres están ahí, queramos o no, como dos realidades iguales y distintas a la vez, que se complementan mutuamente. En algo sí deben ser totalmente iguales: en apostar y jugarse la vida seriamente el uno por el otro.

Lejos de la visión estereotipada de la igualdad, de lo “políticamente correcto”, la autora usa una hiperbólica ironía y descubre algo que reconocemos a simple vista: hombre y mujer son distintos, diferentes. Aquello de “Los hombres son de Marte, las mujeres de Venus”. Cada uno tiene un papel complementario en la relación de pareja, y en ningún caso él debe estar por encima de ella ni viceversa.

Como exhorta la autora, mujer, esposa y madre de cuatro hijos, las parejas deben volver a encontrar el significado y el coraje de una vida compartida, aportando cada uno su parte complementaria. Saber someterse al otro, que no es carecer de juicio sino ceder en lo que es secundario o accidental; y saber mandar sin tiranía como un servicio a la esposa. No quita que haya circunstancias en las que convenga obrar al revés: el marido con sumisión y la mujer con sacrificio.

¿Cuál es el secreto? La sumisión, franca y sincera, en ese clima de amor mutuo, que permite hablar al corazón. El amor todo lo soporta y todo lo consigue, transforma al alma más cerrada. Con cuánta más razón, unirá a quienes dijeron un Sí quiero, sí quiero construir un proyecto de vida caminando junto a ti.

El título del primer libro ha escandalizado a muchos, pidiendo para él la censura que tanto critican de años pasados; el del segundo, pasará sin pena ni gloria. Uno y otro son estereotipos. Igual que un buen marido no quiere tener a una esclava por mujer, como perrito que lleva aquí y allá, una buena mujer no quiere que su marido muera físicamente por ella. ¿Y qué va a hacer después, si lo que más anhela es compartir toda su vida con él?