Decía André Malroux, hablando de los europeos modernos, que “no existe ningún ideal por el cual podamos sacrificarnos, porque de todos conocemos la mentira, nosotros que no sabemos qué es la verdad”. Es una afirmación cargada de amargo realismo, a la que desafían los 522 mártires que han sido proclamados en Tarragona, asesinados por odio a la fe durante los años 30 del pasado siglo. No ha sido un acto de autoafirmación, como una medalla que la Iglesia se cuelga de su propio pecho, sino un gesto de memoria que vivimos con temor y temblor. Como quien está frente a algo que es de otro mundo. Porque el mártir no se hace a golpes de esfuerzo: surge como una planta débil, como una flor de gracia en la tierra de la Iglesia. El mártir surge para proclamar ante el mundo la verdad que buscaba Malroux, para mostrar ese Ideal por el que merece la pena dar la vida.

Es cierto que a lo largo de la historia los cristianos hemos decaído muchas veces en lo que el Papa Francisco llama “la mundanidad espiritual”, nos hemos dejado mecer por los poderes del mundo, hemos terminado por confiar en los ídolos. Pero siempre, como un misterioso contragolpe, ha aparecido la gracia del martirio. Hombres y mujeres normales y corrientes, que no hubieran deseado ver sus nombres en los libros, se han plantado frente a la prepotencia del mal a pecho descubierto, con la sola fuerza de su fe. Como afirmó en su homilía el Cardenal Amato, “con su caridad, los mártires se opusieron al furor del mal, como un potente muro se opone a la violencia monstruosa de un tsunam; con su mansedumbre desactivaron las armas de los tiranos y de los verdugos, venciendo al mal con el bien. Ellos son los profetas siempre actuales de la paz en la tierra”.

Entre los que han sido nombrados en Tarragona, uno por uno, cada cual con su rostro y su historia bien documentada, los hay de todo tipo y condición. Jóvenes (casi niños) y ancianos; hombres y mujeres, intelectuales y gente de campo, religiosos y laicos. Son numerosos los casos en que los propios verdugos quedaron boquiabiertos como aquel centurión bajo la cruz, a las afueras de Jerusalén, preguntándose quiénes eran y qué tesoro poseían estos que aceptaban la muerte con el perdón y la gratitud en los labios, mostrando una humanidad que sus propios ejecutores no podían dejar de desear. Esa es la pregunta que justamente podemos hacernos todos, creyentes y no creyentes.

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