Estos días han coincidido dos aniversarios que cambiaron la piel de España: uno, venturoso, fue la supresión hace diez años del servicio militar obligatorio, y otro, los terribles atentados del 11-M, acaecidos siete años atrás. De ambos viene a cuento decir unas palabras.
 
La “mili” forzosa era una pésima solución para la defensa de la patria, secuela de la nefasta Revolución francesa. La “nación en armas”, el Ejército “nacional”, involucraba a todo el mundo en las locuras bélicas de los tiranos y déspotas de turno, fueran vitalicios como los reyes absolutos, o interinos, como los elegidos más o menos democráticamente. La recluta obligatoria establecía un régimen temporal de semiesclavitud cuyos soldados estaban sometidos a una ocupación impuesta, gustase o no que a muy pocos gustaba, en caso de guerra muy peligrosa, separados de la familia, privados de toda libertad y sin derecho a ninguna retribución, más allá de la comida –casi siempre de mala calidad-, el vestido y muy poco más. Últimamente esas redadas de reclutas “nuevemesinos”, sin formación militar alguna, ni vocación castrense ni capacitados para el manejo de las armas tan sofisticadas como las que emplean ahora los ejércitos, eran perfectamente inútiles para las tareas que le asignaba un esquema defensivo obsoleto. Era un Ejército tan abultado como ineficaz, desprestigiado y fábrica de objetores e insumisos. Aznar, a la sazón presidente del Gobierno, con Federico Trillo ministro de Defensa, percibieron el gravísimo problema y tomaron la valiente decisión de profesionalizare las Fuerzas Armadas y dotar al país de un Ejército digno de este nombre, para bien de España. Ahora, en los actos conmemorativos del décimo aniversario de aquella efemérides, la cutre de doña Carmen, de la que no quiero seguir hablando porque se me llevan los diablos, ni siquiera los ha invitado a dichos actos. Es que son..., lo que son.
 
En cuando a los trágicos hechos del 11-M, siete años hace ya, qué puedo decir que no esté en el ánimo de todas las personas de bien y solidarias con las víctimas. Ramón Jáuregui, ministro de la Presidencia, dijo en la rueda de prensa tras el consejo de Ministros del viernes último, algo así como que era una cuestión “juzgada y sentenciada”. Y ahí acabo su respuesta ante las insistentes preguntas de los plumillas. Esto es, lo digo Blas, no se hable más. Pero, ¿qué se han creído estos tíos, que los españoles somos tontos? O sea, ¿que nos vamos a tragar la patraña sectaria del atentado islamista en venganza por la participación española en la guerra de Irak? Pero, ¿qué milonga es esa? Cierto, en la ejecución de los atentados hubo moritos, ahora bien, moritos muy distintos de los que se ”suicidaron” en Leganés o acabaron comiéndose el marrón en el juicio. Aunque también tuvo que haber más de uno que tal vez no supiera ni donde quedaba la Morería. ¿Alguno de aquellos sabía montar bombas tan precisas como las que estallaron en los trenes? ¿De donde salieron los explosivos utilizados en ellas? ¿De la mina Conchita? ¡Venga ya! Subsisten demasiadas preguntas sin responder para que nos traguemos tan lindamente la bola oficial. Recordemos a vuela pluma algunas de ellas. ¿Por qué tanta prisa en achatarrar los trenes afectados por las explosiones, destruyendo todas las pruebas que ellos podían proporcionar? ¿Qué fue de las cuantiosas muestras que la policía recogió con paciente minuciosidad en los lugares de los hechos? ¿A qué vino tanta urgencia en incinerar las ropas de las víctimas? ¿Qué se ha vuelto a saber de los tres huidos del piso de Leganés que lograron burlar con tanta facilidad el cerco policial? ¿Y de los autores de la profanación de la tumba del policía Torronteras? ¿Y de los instigadores de tamaña carnicería y que tanto benefició al PSOE? Demasiadas preguntas sin respuesta, demasiadas, para aceptar sin grandes dudas la versión oficial de la tragedia. Esto tiene la misma pinta oscurísima del magnicidio del general Prim o la muerte del teniente Castillo el 12 de julio de 1936, pretexto para que la “motorizada” de Prieto asesinara vilmente a Calvo Sotelo, y a Gil Robles no porque había tomado a tiempo las de Villadiego. Si los socialistas, ahora como entonces, ponen tanto empeño en echar tierra sobre el mayor atentado terrorista sufrido por España y que les permitió ganar unas elecciones que tenían perdidas, ellos sabrán por qué, pero los españolitos de a pie también queremos saberlo. Por justicia y por respeto a la verdad histórica y a la dignidad nacional. “España no se merece un Gobierno que miente”, ni una Justicia cómplice.