Llegó el gran día, el plebiscito popular, la aclamación de los fieles, la acogida por parte de los jóvenes del mundo. Ya Benedicto XVI, recién elegido Papa, logró el amor de los jóvenes en la JMJ de Colonia. También Francisco los ha conquistado a pesar del frío, de la lluvia constante, del cansancio acumulado... 


Por la tarde del jueves se encontró con miles de jóvenes argentinos y desencadenó su discurso en la lengua materna, invitándoles a "montar un lío", en Río y en las diócesis, a combatir una cultura egoísta "que se ha pasado de rosca", a defender el inicio y el final de la vida, a sospechar de una cierta "eutanasia encubierta" contra los ancianos...

(Las agencias en lengua inglesa han decidido traducir "lío" por "a mess". Quizá no exista palabra para "lío" en culturas ordenadas como la japonesa o la coreana). 


Y ya recién anochecido, en Copacabana, con una multitud empapada pero incansable de cientos de miles de jóvenes, también recurrió al español en la mitad de su sermón para llamar a la revolución.

"La fe es una revolución; os animo a entrar en la onda de la revolución de la fe", proclamó con entusiasmo y fluidez en español, libre de las ataduras del portugués.

Fue entonces cuando quedó claro el sentido eminentemente hispano no sólo de la JMJ sino de la elección de Francisco como Papa: lograr hacer de los jóvenes católicos, de los fieles, del mundo hispano, un motor de transformación para toda la civilización.

Una revolución necesita esperanza: la convicción de que puede triunfar... y para eso la Iglesia necesitaba a América, el continente de la esperanza.


Pero la esperanza humana no basta y no es lo que la Iglesia busca. Busca las tres virtudes teologales: "fe, esperanza y caridad, las tres juntas" repitió el Papa, en su hoja de ruta revolucionaria. Las revoluciones marxistas, y las burguesas, han carecido de fe y de caridad... y han puesto su esperanza en ídolos. Por eso no logran gran cosa, y por eso la "revolución" del Papa puede triunfar. "¿En quién ponés tu esperanza, tu confianza?", insistió el Pontífice.

Benedicto XVI (a quien Francisco recordó como el convocante de la jornada, entre aplausos y vítores) también predicó hablando de "la revolución del amor", por ejemplo, en Cuaresma de 2007 o en su viaje a Líbano de 2012, en un discurso a los jóvenes, señalando que se basaba en el perdón al enemigo y que es una revolución que se consigue "confiando únicamente y sin reservas en su bondad misericordiosa”.

Pero en Copacabana, en labios de Francisco, en lengua española, ante cientos de miles de jóvenes hispanoamericanos, con las banderas de los jóvenes de todo el mundo y la sensación de que una generación convencida y bien conectada pude cambiarlo todo... ¡sonaba más revolucionario!


El encuentro era a la vez una oración y un espectáculo.

¿Qué es lo primero que hizo Francisco la noche que fue elegido? Puso a orar a la multitud romana en silencio, un minuto.

¿Qué hizo al dirigirse a los jóvenes del mundo en su primera noche en Copacabana? Poner a orar a la multitud durante un minuto en silencio. En este caso, por algo muy concreto: una joven peregrina fallecida en accidente y sus compañeros heridos.

El espectáculo parecía obedecer a dos intenciones. Por un lado, evocaba una especie de mini-Olimpiadas, con sus cantantes, proyecciones, coreografías y símbolos de cada región de Brasil. Uno podía pensar en un ensayo pre-Olímpico. Por otro lado, la JMJ atrae la atención de una cantidad enorme de ex-católicos que desde hace 5 o 10 años se consideran evangélicos, o católicos tibios y confusos que pueden intentar ser "las dos cosas" a la vez (o tres, o cuatro: el sincretismo se vende bien en Brasil).

Para este público (no solo brasileño, sino hispanoamericano), la Iglesia tenía un mensaje. Hermano, recuerda lo que te pierdes, todo aquello que tenías quizá en tu infancia, antes de hacerte evangélico:
- pierdes a la Virgen de Aparecida, nuestra madre;
- pierdes las procesiones, en las que se une todo el pueblo;
- pierdes la conexión con la historia y lo eterno, que se hace también en la misa.

Y así los números musicales recogían la llegada de los primeros descubridores hispánicos y la primera misa en suelo brasileño.

Y a la Virgen de Aparecida rescatada de las aguas, como Moisés, como el alma es rescatada del mar del caos y del pecado. Una Virgen pequeña y negra, como los esclavos e hijos de esclavos que la vieron como cosa suya. Francisco volvió a besar la imagen de Aparecida, al entronizarla.



Y el espectáculo mostraba al pueblo en procesión, con sus enfermos, mujeres, trabajadores... En cualquier lugar de Hispanoamérica, por caótico y desorganizado que sea, se cumple el axioma de que los católicos saben hacer procesiones (con pathos, si no con medios), y los evangélicos no. Y en el centro de la procesión, la Cruz, siempre en el centro, bien grande.

¿Que los evangélicos tienen buena música? En Brasil los católicos también. Allí estaba de telonero del Papa el padre cantante Fabio de Mello, de la potente comunidad carismática Cançao Nova, vestido de civil, cantando justo antes de llegar el Pontífice.

Pero recordando el "Ave María" de la película La Misión, que enlaza la América indígena y la cultura clásica con las Reducciones de los jesuitas (y su "Da panem celis", con imágenes de espigas), la historia, María y la Eucaristía se juntaban en una oferta robusta.

Y después de la llamada a la revolución, el Papa decidió cerrar las cosas con orden: un Padrenuestro en latín cantado en melodía gregoriana, y una bendición final en latín. Todo mucho más intenso, más colorido, más melódico que en Madrid (aunque lastrado por el caos organizativo civil). Pero esta JMJ se ofrece mucho más allá de la juventud católica.



Queridos jóvenes

Buenas tardes.

Veo en ustedes la belleza del rostro joven de Cristo, y mi corazón se llena de alegría. Recuerdo la primera Jornada Mundial de la Juventud a nivel internacional. Se celebró en 1987 en Argentina, en mi ciudad de Buenos Aires. Guardo vivas en la memoria estas palabras de Juan Pablo II a los jóvenes: “¡Tengo tanta esperanza en vosotros! Espero sobre todo que renovéis vuestra fidelidad a Jesucristo y a su cruz redentora” (Discurso a los Jóvenes, 11 de abril 1987: Insegnamenti, X/1 [1987], p. 1261).

Antes de continuar, quisiera recordar el trágico accidente en la Guyana francesa, que sufrieron los jóvenes que venían a esta jornada, allí perdió la vida la joven Sophie Morinière, y otros jóvenes resultaron heridos. Los invito a hacer un instante de silencio y de oración a Dios nuestro Padre por Sophie, los heridos y sus familiares.

Este año, la Jornada vuelve, por segunda vez, a América Latina. Y ustedes, jóvenes, han respondido en gran número a la invitación de Benedicto XVI, que los ha convocado para celebrarla. A él se lo agradecemos de todo corazón y a él que nos convocó hoy aquí le enviamos un saludo y un fuerte aplauso. Ustedes saben, ustedes saben que antes de venir a Brasil, estuve charlando con él y le pedí que me acompañara en el viaje con la oración y me dijo los acompaño con la oración y estaré junto al televisor, así que ahora nos está viendo.

Mi mirada se extiende sobre esta gran muchedumbre: ¡Son ustedes tantos! Llegados de todos los continentes. Distantes, a veces no sólo geográficamente, sino también desde el punto de vista existencial, cultural, social, humano. Pero hoy están aquí, o más bien, hoy estamos aquí, juntos, unidos para compartir la fe y la alegría del encuentro con Cristo, de ser sus discípulos. Esta semana, Río se convierte en el centro de la Iglesia, en su corazón vivo y joven, porque ustedes han respondido con generosidad y entusiasmo a la invitación que Jesús les ha hecho para estar con él, para ser sus amigos.

El tren de esta Jornada Mundial de la Juventud ha venido de lejos y ha atravesado la Nación brasileña siguiendo las etapas del proyecto “Bota fe - Poné fe”. Hoy ha llegado a Río de Janeiro. Desde el Corcovado, el Cristo Redentor nos abraza, nos bendice. Viendo este mar, la playa y a todos ustedes, me viene a la mente el momento en que Jesús llamó a sus primeros discípulos a orillas del lago de Tiberíades.

Hoy Jesús nos sigue preguntando: ¿Querés ser mi discípulo? ¿Querés ser mi amigo? ¿Querés ser testigo del Evangelio? En el corazón del Año de la fe, estas preguntas nos invitan a renovar nuestro compromiso cristiano. Sus familias y comunidades locales les han transmitido el gran don de la fe. Cristo ha crecido en ustedes. Hoy quiere venir aquí para confirmarlos en esta fe, la fe en Cristo vivo que habita en ustedes, pero he venido yo también para ser confirmado por el entusiasmo de la fe de ustedes.

Ustedes saben que en la vida de un obispo hay tantos problemas que piden ser solucionados y con estos problemas y dificultades la fe del obispo puede entristecerse, qué feo es un obispo triste, qué feo que es. Para que mi fe no sea triste, he venido aquí para contagiarme con el entusiasmo de ustedes

Los saludo con cariño, a ustedes aquí presentes, venidos de los cinco continentes y, a través de ustedes, saludo a todos los jóvenes del mundo, en particular a aquellos que querían venir a Río de Janeiro y no han podido. A los que nos siguen por medio de la radio, la televisión e internet, a todos les digo: ¡Bienvenidos a esta fiesta de la fe!

En diversas partes del mundo, muchos jóvenes están reunidos ahora para vivir juntos con nosotros este momento: sintámonos unidos unos a otros en la alegría, en la amistad, en la fe. Y tengan certeza de que mi corazón de Pastor los abraza a todos con afecto universal. Porque lo más importante hoy es esta reunión de ustedes y la reunión de todos los jóvenes que nos están siguiendo a través de los medios ¡El Cristo Redentor, desde la cima del monte Corvado, los acoge y los abraza en esta bellísima ciudad de Río!

Un saludo particular al Presidente del Pontificio Consejo para los Laicos, el querido e incansable Cardenal Stanislaw Rilko, y a cuantos colaboran con él. Agradezco a Monseñor Orani João Tempesta, Arzobispo de São Sebastião do Río de Janeiro, la cordial acogida que me ha dispensado.

Además quiero decir aquí que los cariocas saben recibir bien, saben dar una gran acogida y agradecerle el gran trabajo realizado para preparar esta Jornada Mundial de la Juventud, junto a sus obispos auxiliares con las diversas diócesis de este inmenso Brasil. Mi agradecimiento también se dirige a todas las autoridades nacionales, estatales y locales, y a cuantos han contribuido para hacer posible este momento único de celebración de la unidad, de la fe y de la fraternidad. Gracias a los Hermanos Obispos, a los sacerdotes, a los seminaristas, a las personas consagradas y a los fieles laicos que acompañan a los jóvenes, desde diversas partes de nuestro planeta, en su peregrinación hacia Jesús. A todos y a cada uno, un abrazo afectuoso en Jesús y con Jesús.

¡Hermanos y amigos, bienvenidos a la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud, en esta maravillosa ciudad de Río de Janeiro!

Queridos jóvenes:
“Qué bien se está aquí”, exclamó Pedro, después de haber visto al Señor Jesús transfigurado, revestido de gloria. ¿Podríamos repetir también nosotros esas palabras? Pienso que sí, porque para todos nosotros, hoy, es bueno estar aquí reunidos en torno a Jesús.

Él es quien nos acoge y se hace presente en medio de nosotros, aquí en Río. Pero en el Evangelio también hemos escuchado las palabras del Padre: “Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle” (Lc 9,35). Por tanto, si por una parte es Jesús el que nos acoge; por otra, también nosotros hemos de acogerlo, ponernos a la escucha de su palabra, porque precisamente acogiendo a Jesucristo, Palabra encarnada, es como el Espíritu nos transforma, ilumina el camino del futuro, y hace crecer en nosotros las alas de la esperanza para caminar con alegría (cf. Carta enc. Lumen fidei, 7).

Pero, ¿qué podemos hacer? “Bota fé – Pon fe”. La cruz de la Jornada Mundial de la Juventud ha gritado estas palabras a lo largo de su peregrinación por Brasil. ¿Qué significa “Pon fe”? Cuando se prepara un buen plato y ves que falta la sal, “pones” sal; si falta el aceite, “pones” aceite… “Poner”, es decir, añadir, echar.

Lo mismo pasa en nuestra vida, queridos jóvenes: si queremos que tenga realmente sentido y sea plena, como ustedes desean y merecen, les digo a cada uno y a cada una de ustedes: “pon fe” y tu vida tendrá un sabor nuevo, tendrá una brújula que te indicará la dirección; “pon esperanza” y cada día de tu vida estará iluminado y tu horizonte no será ya oscuro, sino luminoso; “pon amor” y tu existencia será como una casa construida sobre la roca, tu camino será gozoso, porque encontrarás tantos amigos que caminan contigo. ¡Pon fe, pon esperanza, pon amor!

Pero, ¿quién puede darnos esto? En el Evangelio hemos escuchado la respuesta: Cristo. “Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle”. Jesús es quien nos trae a Dios y nos lleva a Dios, con él toda nuestra vida se transforma, se renueva y nosotros podemos ver la realidad con ojos nuevos, desde el punto de vista de Jesús, con sus mismos ojos (cf. Carta enc. Lumen fidei, 18). Por eso hoy les digo con fuerza: “Pon a Cristo” en tu vida y encontrarás un amigo del que fiarte siempre; “pon a Cristo” y verás crecer las alas de la esperanza para recorrer con alegría el camino del futuro; “pon a Cristo” y tu vida estará llena de su amor, será una vida fecunda.

Hoy me gustaría que todos nos preguntásemos sinceramente: ¿en quién ponemos nuestra fe? ¿En nosotros mismos, en las cosas, o en Jesús? Tenemos la tentación de ponernos en el centro, de creer que nosotros solos construimos nuestra vida, o que es el tener, el dinero, el poder lo que da la felicidad. Pero no es así.

El tener, el dinero, el poder pueden ofrecer un momento de embriaguez, la ilusión de ser felices, pero, al final, nos dominan y nos llevan a querer tener cada vez más, a no estar nunca satisfechos. ¡“Pon a Cristo” en tu vida, pon tu confianza en él y no quedarás defraudado!

Miren, queridos amigos, la fe lleva a cabo en nuestra vida una revolución que podríamos llamar copernicana, porque nos quita del centro y pone en él a Dios; la fe nos inunda de su amor que nos da seguridad, fuerza, esperanza. Aparentemente no cambia nada, pero, en lo más profundo de nosotros mismos, todo cambia. En nuestro corazón habita la paz, la dulzura, la ternura, el entusiasmo, la serenidad y la alegría, que son frutos del Espíritu Santo (cf. Ga 5,22) y nuestra existencia se transforma, nuestro modo de pensar y de obrar se renueva, se convierte en el modo de pensar y de obrar de Jesús, de Dios. En el Año de la Fe, esta Jornada Mundial de la Juventud es precisamente un don que se nos da para acercarnos todavía más al Señor, para ser sus discípulos y sus misioneros, para dejar que él renueve nuestra vida.

Querido joven, querida joven: “Pon a Cristo” en tu vida. En estos días, Él te espera en su Palabra; escúchalo con atención y su presencia enardecerá tu corazón. “Pon a Cristo”: Él te acoge en el Sacramento del perdón, para curar, con su misericordia, las heridas del pecado. No tengas miedo de pedir perdón. Él no se cansa nunca de perdonarnos, como un padre que nos ama.

¡Dios es pura misericordia! “Pon a Cristo”: Él te espera en el encuentro con su Carne en la Eucaristía, Sacramento de su presencia, de su sacrificio de amor, y en la humanidad de tantos jóvenes que te enriquecerán con su amistad, te animarán con su testimonio de fe, te enseñarán el lenguaje de la caridad, de la bondad, del servicio. También tú, querido joven, querida joven, puedes ser un testigo gozoso de su amor, un testigo entusiasta de su Evangelio para llevar un poco de luz a este mundo nuestro.

“Qué bien se está aquí”, poniendo a Cristo, la fe, la esperanza, el amor que él nos da, en nuestra vida. Queridos amigos, en esta celebración hemos acogido la imagen de Nuestra Señora de Aparecida. Con María, queremos ser discípulos y misioneros. Como ella, queremos decir “sí” a Dios. Pidamos a su Corazón de Madre que interceda por nosotros, para que nuestros corazones estén dispuestos a amar a Jesús y a hacerlo amar. ¡Él nos espera y cuenta con nosotros! Amén.