Si hay una nación golpeada en los últimos tiempos por la naturaleza, ésa es Japón. Un terremoto, un tsunami y un escape radioactivo en Fukushima han removido los cimientos de la vida de los 126 millones de nipones. A pesar de todo, el país esta muy bien representado en la JMJ.

Unos 330 jóvenes de este país se alojan estos días en el convento San Pedro Mártir de los Padres Dominicos en Madrid. Hablamos con Emilio Martínez, un dominico que lleva 20 años en Japón, quien nos invita a pasar a una sala donde nos espera una decena de jóvenes japoneses, descalzos y sentados en el suelo.

«Cuando ocurrió lo de Fukushima pensé que no era posible que Dios permitiera eso, pero luego, cuando vi las ayudas que daba la gente, empecé a descubrir a Dios en medio de todo, que quizá Dios lo había permitido para que fuéramos testigos del amor», comenta Toru Murayama, uno de los jóvenes japoneses.

La identidad japonesa es muy compleja. Los 450.000 católicos de Japón son parte de una sociedad donde el suicidio es una moda, la adicción al trabajo es un síndrome común y las sectas cada día ganan más adeptos.

Yasuhiro Wakai tiene 31 años y es profesor en un colegio de Tokio. «En Japón se viven una serie de presiones en el trabajo y en la familia, una monotonía de vida de la que es muy dificil salir. Los que se suicidan no son más que víctimas de la sociedad», señala.

El joven Yasuhiro es el único católico de su familia. «Japón es el supermercado de la religión, allí se puede encontrar todo tipo de ofertas», señala, y añade que «el budismo que se practica en mi familia es sólo una serie de preceptos; sin embargo, en el cristianismo creemos en una persona física, que es Cristo».

Este grupo de 330 japoneses ha sido acogido en Galicia durante los Días en las Diócesis. «Hicimos el Camino de Santiago y los chicos caminaron 150 kilómetros; a pesar de las ampollas están encantados», comenta el padre Emilio.
 
«Espero encontrarme con un nuevo “yo”, y un “yo” que no sea cambiante. También quiero conocer más jóvenes cristianos porque en mi tierra hay muy pocos», afirma Mio, otra de las jóvenes japonesas. La naturaleza no ha podido frenar el deseo de estos jóvenes de estar con el Papa.