Stephen Hawking (1942-2018) falleció el 14 de marzo a los 76 años de edad. Su justa gloria científica alentó, sin embargo, errores manifiestos.

Hay tres Stephen Hawking.

El primero, sobre la base de una "teoría del todo" que es en realidad una hipótesis, y cuya validez se circunscribiría a las leyes físicas, excluyó algo que está por encima de las leyes físicas: el Dios de la metafísica.

El segundo, responsable de avances extraordinarios en el conocimiento de los agujeros negros, acabó formulando también críticas sustanciales a su propio modelo. Esto no es nada infrecuente en la historia de la Física y no quita valor a sus hallazgos ni intepretaciones: es más, los enriquece. Pero evidencia las limitaciones inherentes al conocimiento experimental de la realidad en campos aún muy inexplorados, y por tanto condiciona la formulación de una visión general del Universo.

El tercer Stephen Hawking fue un hombre aquejado de una grave enfermedad degenerativa, que desarrolló todo el trabajo por el que es célebre después de un diagnóstico por el que hoy muchos (él mismo) abogarían por la eutanasia como salida óptima... Nos habríamos perdido lo mejor de Hawking

Marco Respinti analiza estos tres Hawking en un reportaje de La Nuova Bussola Quotidiana:

Dios es sólo un truco: atribuir ese nombre a lo que no es más que el propio Universo. Es el gran "engaño" que ha acompañado el pensamiento de Stephen W. Hawking, el astrofísico que ha fallecido esta semana a los 76 años de edad. Su truco es haber destronado al Dios metafísico para sustituirlo con un subrogado, el Universo que se autogenera. Un gran plan que revela una angustia terrible.
 
Ahora el profeta de la "teoría del todo" sabe realmente todo. Stephen W. Hawking, fallecido en Cambridge esta semana a los 76 años de edad, sabe muy bien cuán estúpidas son las palabras que dijo a mediados de 2011 a Ian Sample, del periódico The Guardian, en una entrevista: "Considero el cerebro humano como un ordenador que dejará de funcionar cuando sus componentes desaparezcan. No hay paraíso o vida más allá de la muerte para los ordenadores rotos: es un cuento para quien tiene miedo de la oscuridad". Recordémosle en nuestras oraciones.




Físico y matemático, dominó durante decenios la escena de una ciencia, la astrofísica, que no existiría si no fuera por el padre jesuita italiano Angelo Secchi (18181878), atacado durante el Risorgimento por su fe y su fidelidad al Papa, que la fundó al ser el primero que, estudiando la composición químico-física de las estrellas (y fundando también la espectrometría astronómica y la clasificación estelar, además de una plétora de otras disciplinas), intuye hasta qué punto la astronomía debe ser consciente de la física de los cuerpos celestes para averiguar, más allá de la simple observación, las propiedades de los astros mediante la investigación de sus mecanismos.


A la izquierda, el padre Secchi. A la derecha, él mismo en el lugar central del grupo de astrónomos italianos reunidos el 22 de diciembre de 1870 en Augusta (Sicilia) para la observación del eclipse total de sol. Fuente: Accademia Nazionale dei Lincei.
 
Desde luego, es curioso, visto que Hawking ha sido enemigo jurado, merecidamente famoso, de cualquier perspectiva teleológica o teológica, por mínima que fuera, según la cual la física del Universo es compatible con una perspectiva transcendente, que se haya convertido en el propagandista de una de las mayores fake news de la historia occidental: la incompatibilidad entre ciencia y fe cristiana, una mentira planificada por motivos propagandísticos por dos estadounidenses del siglo XIX, el físico John William Draper (18111882), autor, en 1874, de Historia de los conflictos entre la religión y la ciencia, y el diplomático Andrew Dickson White (18321918), autor, en 1896, de los dos volúmenes que forman la obra Historia de la contienda de la ciencia con la teologia en el cristianismo. Para demostrarle personalmente que no es verdad y que la fe nunca tiene miedo de la verdad o de los anti-Dios como él, la Pontificia Academia de las Ciencias eligió a Hawking como miembro en 1986.


Ninguno de los cuatro Papas (aparte Juan Pablo I) que han gobernado la Iglesia en los años de celebridad de Stephen Hawking tuvo problema en reconocer sus aportaciones científicas objetivas, independientes de su ateísmo.
 
Nacido en Oxford en 1942, a los 17 años Hawking entra en el University College de la misma ciudad, donde se licencia en Ciencias Naturales en 1962. A continuación se inscribe en Cosmología en la Universidad de Cambridge y en 1966 se doctora en Matemáticas aplicadas y en Física teórica. Tras haber trabajado al lado del célebre matemático británico Roger Penrose sobre los llamados "agujeros negros" y haber sido en 1970 visiting professor en el California Institute of Technology de Pasadena, en 1979 es nombrado profesor titular de la Cátedra Lucasiana de Matemáticas de la Universidad de Cambridge, donde enseña durante treinta años, hasta 2009. Desde entonces y hasta el día de su muerte ha dirigido el Departamento de Matemáticas aplicadas y de Física teórica.

 
En 1988 publica el primer libro que le hace famoso, basado en estudios e hipótesis elaborados entre 1965 y 1970: Breve historia del tiempo: del Big Bang a los agujeros negros. Con este trabajo, Hawking sella el abandono del concepto metafísico de Dios para sustituirlo con un subrogado panfisicista: la hipótesis de la gran unificación.



Una advertencia: todos la llaman la "teoría de la gran unificación", pero es un error descomunal. No es en absoluto una "teoría", sino una hipótesis y como tal permanecerá hasta que no se demuestre, se vuelva a demostrar y se compruebe empíricamente, tal como prescribe el método científico hecho universal por Galileo Galilei (15641642). Esa hipótesis intenta, por consiguiente, unificar en una sola descripción todas las fuerzas físicas fundamentales de la naturaleza, sobre todo la fuerza de la gravedad. Los modelos propuestos son distintos y ninguno es universalmente aceptado por toda la comunidad científica. Entre ellos está el que ha sido llamado (inicialmente en broma) "teoría del todo", del que Hawking ha sido un defensor convencido.
 
Para el astrofísico, de hecho, la "teoría del todo", cuando sea demostrada, será la conquista definitiva del modo de razonar de Dios y, por eso, será un triunfo absoluto de la mente humana, capaz de acabar con la mente divina. Ésta, por lo tanto, no es tal, a menos que se entienda "divino" como una metáfora. Por otra parte, la coincidencia entre la mente divina y la mente humana llevaría a la conclusión que el único verdadero Dios es el hombre. Hawking, de hecho, si bien al principio no excluye, como hipótesis, la idea de Dios, tras haberla desmetafisicizado detalladamente, reduciéndola a capacidad suprema de la razón humana, decreta su total superfluidad. ¿Qué necesidad hay de tener un Dios para explicar el Universo, si el Universo se explica con la "teoría del todo", perfectamente disponible para la razón humana?
 
Muerto el Dios metafísico, entra en escena la nueva divinidad, el Dios panfisicista: un Universo que se explica por sí mismo a través de sus propias leyes. La formulación circular de esta visión se encuentra en otro de sus célebres libros, El gran diseño, publicado en 2010 junto al físico estadounidense Leonard Mlodinow. Dios es inútil y el Universo se crea espontáneamente por efecto de la ley de gravedad: visto que la gravedad es la primera de las fuerzas físicas fundamentales que la "teoría del todo" intenta unificar, su mera existencia automáticamente produciría el ser, es decir, el Universo, en lugar de la nada. Según Hawking y Mlodinow, Dios es sólo un truco: es atribuir ese nombre a lo que no es más que el propio Universo. El creador y la criatura coincidirían.


Pero la verdad es la contraria: el truco es haber destronado al Dios metafísico para sustituirlo con un subrogado, el Universo que se autogenera. A Hawking le respondió el matemático de Irlanda del Norte John C. Lennox, profesor en la Universidad de Oxford, con un pequeño volumen áureo, God and Stephen Hawking: Whose Design Is It Anyway? (Lion, Oxford 2011).


Una conferencia de John Lennox en el Ateneo de Madrid, en torno a la supuesta incompatibilidad entre cualquier conocimiento científico y la existencia de Dios Creador.
 
Además de ateo, Hawking siempre se ha definido panteista y El gran diseño -la summa de su pensamiento- lo demuestra bien. Pero El gran diseño revela también una angustia terrible: la necesidad que Hawking tiene, precisamente, de Dios. Decidido a no dejarse vencer por el Dios metafísico, el científico lo combatió sustituyéndolo con un sosias. Sed de Dios llevada hasta el engaño.


Existe, sin embargo, otro Hawking; es más, existen otros dos.
 
Uno es la autoridad en materia de "agujeros negros". Sus descubrimientos en este campo son numerosos. En la teoría de la relatividad general einsteniana, un agujero negro es una región del espacio-tiempo (la estructura en cuatro dimensiones del Universo, el palco en el que se mueve toda la realidad física) en la que la gran intensidad del campo gravitacional no permite que nada salga hacia el exterior, ni siquiera la luz, y que sería el resultado del colapso sobre sí misma de una estrella de masa enorme.


Con el número de National Geographic de marzo de 2014 ya en prensa, con los agujeros negros en portada como tema central, Stephen King dio a conocer que cuestionaba las ideas básicas al respecto que él mismo había sostenido. La revista tuvo que hacerse eco de ello (ver la frase subrayada) y publicó un artículo de Hawking exponiendo sus nuevas objeciones. Un tipo de rectificación muy normal en el ámbito de la investigación científica, pero que conviene tener en cuenta cuando, sobre la base de un modelo o una hipótesis mejor o peor ajustada a los datos experimentales, se pretende construir una explicación global del universo, máxime si se pretende hacerla competir con la idea de Dios.

Pero sobre los "agujeros negros" mucho está aún a nivel de pura especulación, incluido lo afirmado por Hawking. Para algunos científicos los "agujeros negros" ni siquiera existen. Sea como sea, en enero de 2014 fue el propio Hawking quien llevó el desbarajuste a sus propias certezas, alterando incluida la idea base, conocida también por los profanos, según la cual el "agujero negro" sería un monstruo horrible con forma de pozo sin fondo ni vía de salida, al acecho en los espacios siderales. Hay que rehacerlo todo. Pero si la ciencia, y Hawking en primer lugar, no sabe nada con seguridad sobre estos "agujeros", que no es casualidad que sean negros, ¿cómo puede la ciencia, y Hawking el primero, decretar con certeza la inutilidad de Dios?
 
El tercer y último Hawking es el hombre al que le diagnosticaron, en 1963, una terrible enfermedad degenerativa de las neuronas motoras que algunos han creído identificar con la esclerosis lateral amiotrófica (ELA) y otros, en cambio, con una atrofia muscular progresiva, menos mortal. Es un decir: porque Hawking se ha ido agarrotando progresivamente hasta convertirse en un montoncito informe de huesos, nervios y carne, inmóvil desde los años 80, condenado a una silla de ruedas y, a continuación, debido a una traqueotomía necesaria después de sufrir una neumonía en 1985 que casi lo mata, incapaz de proferir una palabra sin la ayuda de un sintetizador vocal que acabó incluso en una canción de los Pink Floyd.

De haberlo sabido, una persona así, en el mundo en el que vivimos ahora, ni siquiera debería haber nacido. En cambio, ha sido uno de los cerebros más agudos de la segunda mitad del siglo XX. Y no solo. Una vez diagnosticada la enfermedad, una persona así, para el mundo de hoy, debería haber acabado con su vida. La primera refutación de estos sofismas es el propio Hawking, al que en 1963 le dieron dos años de vida. Ha vivido mucho más, dando lo mejor de sí mismo después de esa sentencia de muerte. La enfermedad ha procedido en él de una manera que nadie habría podido imaginar. Efectivamente. Si Hawking hubiese elegido la eutanasia, el mundo no habría conocido nunca su genio. A decir verdad, Hawking pensó en el suicidio asistido y la eutanasia haciendo campaña a su favor, pero nunca las eligió para sí.
 
En 2014 salió una película sobre su vida, dirigida por James Marsch, cuyo título era, obviamente, La teoría del todo y que está basada en la biografía Travelling to Infinity: My Life With Stephen, publicada en 2007 por su ex esposa, Jane Wilde, madre de sus tres hijos. Jane y Stephen se casaron después de que él enfermara, en 1965, más o menos cuando debería haber muerto. Se divorciaron en 1995 y ambos se volvieron a casar (él se divorció de su segunda esposa en 2006).



La película es la historia de un hombre y de un científico que no se rinde, que no le deja a la muerte la última palabra. Un hombre agudo e ingenioso (consideraba la teoría del multiverso interesante, pero problemática: si uno no se acuerda de dónde ha aparcado el coche...), diferente al carácter huraño del eutanasista. También la película relata el momento en que, en 1985, la neumonía casi le mata y los médicos quisieron desenchufarle de las máquinas que lo mantenían en vida. Jane lo salvó. Ella es la persona a la que el mundo debe agradecerle el genio impertinente de Hawking. A veces, incluso las ex esposas te salvan. Entre la "teoría del todo" y el hambre por la vida, Hawking ha acabado siendo, a su pesar, un gran testimonio de Dios.
 
Traducción de Helena Faccia Serrano.
Artículo original publicado en La Nuova Bussola Quotidiana.