Muchas veces, se suele entender la libertad como la posibilidad de hacer lo que uno quiera. En materia de sexualidad, se la asocia al hecho de “dejarme llevar por mis deseos”. Por eso, la castidad sería un obstáculo que me impediría “hacer lo que quiero”, quitándome libertad. ¿Esto es realmente así? ¿La castidad me quita libertad?

En realidad, más que quitarme libertad, la castidad me ayuda a ganar libertad. Lo propio del ser humano no es simplemente dejarse llevar por lo que siente —como ocurre con los animales—: lo propio del ser humano es precisamente ejercitar la libertad. Es decir, poder pararse frente a eso que uno siente y elegir actuar conforme a ello o no. En materia de sexualidad, de esto se ocupa la castidad. No se trata de rechazar los deseos que uno experimenta, sino de no proceder como si estos tuvieran la última palabra, y no la libertad.

La castidad fortalece mi libertad: me da la posibilidad de pararme frente a eso que siento y elegir: digo “sí” y accedo a mis deseos; o digo “no” porque prefiero decirle que sí a algo mejor. Pero incluso cuando elijo seguir mis deseos, no lo hago como si ellos tuvieran el control —lo cual anularía mi libertad—, sino buscando la mejor manera de hacerme bien a mí y a los otros.

Para quienes deseen profundizar, tenemos aquí el tercer capítulo del curso: "7 mitos sobre la castidad", en el que abordamos el siguiente mito: ¿La castidad me quita libertad?.