Música latina, países latinos. Personas latinas... que hacen cualquier cosa menos hablar latín.

            Lo habrán observado Vds.. Antes, al menos, se autodenominaban, los llamábamos, “latinoamericanos”, pero ahora el término se “apocopa” y queda reducido a un simple “latino”.

             “¿Vd. qué es?” . Y con todo desparpajo y en perfecto español, te responde "¡latino!" un mulatazo de dos metros veinte, o, por el contrario, pero con idéntico desparpajo, una preciosa mesticita chiquitita de dulcísimos modales.

             - “Y que canta Vd?”.

             - "Música latina”.

             A veces en quechua o náhuatl, las más de las veces en un precioso español lleno de aromas caribeños o pacifiqueños, o si en inglés, con cacofónico acento hispano... pero música latina.

             - “Y es Vd. yankee?”

             - “Noseñooorrr, yo soy latino”.

             La invención del término “Latinoamérica” es indiscutiblemente francesa. Hay muchas teorías sobre el primer autor que la utiliza, pero sin duda alguna, se fragua y se difunde en la Francia del último tercio del s. XIX, desde el II Imperio de Luis Napoleón III en adelante. Y no precisamente de una manera casual o desinteresada, no, sino para ir preparando el desembarco de los franceses en lo que no muchos años antes formaba parte del gran Imperio Español, de la gran España pentacontinental (increíble, pero aquella España estaba presente en los cinco continentes). Un desembarco no muy fructífero, a decir verdad, que dejará fracasos tan sonoros y dolorosos como el del II Imperio Mejicano, acabado con el cuerpo de un ingenuo aristócrata austríaco abatido ante un muro después de recibir los diez o doce impactos mortales que le propinan los componentes de un pelotón de fusilamiento: Maximiliano de Habsburgo-Lorena, naturalmente... ¿o deberíamos decir Maximiliano de Méjico?

             Los nobeles gobiernos criollos, que son los nuevos señores de las fragmentadas repúblicas que surgen como hongos en los otrora gigantescos virreinatos españoles, acogen el término con fruición: les sirve, les conviene, para “desespañolizar” aquella América ante cuyos ciudadanos tienen que justificar por qué se separaron de la Corona española, y ahora mandan ellos, aunque sea en perjuicio de un pueblo que no hace más que perder y perder poder adquisitivo, bienestar, tranquilidad y prestigio. Y ello, aunque el término lo haya “patentado” una nueva potencia mucho menos benévola que España, cuyas aspiraciones descaradas no son otras que hacerse con los recursos del continente... ¡quién sino los codiciosos gabachos!

             Y todo ello, obviando lo que es el verdadero significado de la palabra, que hoy hemos olvidado prácticamente todos. Porque “latino” no significa otra cosa que “perteneciente al Lazio”, la región italiana en la que se halla la ciudad de Roma, la que da nombre a la lengua latina, al latín, región percibida en el s. VIII a.C., desde aquella ciudad ambiciosa pero minúscula que era la Roma de Rómulo y Remo, como sinónimo de “extranjero”, o en otras palabras, el primer territorio por el que iniciar la deseada expansión mediterránea.

             Curiosamente, los que con más constancia siguen utilizando la palabra “español” ("Spanish") e “hispano” ("Hispanic", con hache aspirada) para referirse a la realidad hispanoamericana, -mucho más que, desde luego, los españoles-, son, fíjense Vds. la paradoja, los yankees. Y eso que también en los Estados Unidos se abre paso con inusitada energía el término “alternativo” “latino”, en este caso con un aditamento no poco divertido, una equis (“x”) -alusiva tal vez a la inmensa incógnita que el término representa-  añadida a la palabra, para dar “Latinx”.

             A las muchas paradojas señaladas, sólo añadir una todavía: la extraordinaria alegría con la que se acoge el vocablo en donde más debería ser combatido: la propia España, convertido en un término “moderno”, “progresista” e “intelectual”, que conviene a todos aquellos españoles que buscan denodadamente ganarse apelativos tales, aunque sólo sean auténticos analfabetos funcionales, sin la menor idea de lo que fue España en la historia. Una realidad que, por desgracia, cada vez atañe a más españoles, incapaces de ir, en su recorrido por la historia, año más allá del “felipato” (período en el que se inventa la Seguridad Social, las carreteras y el Estado de Derecho, según ellos), con una extemporánea incursión en la paradisíaca II República y el diabólico Alzamiento.

             En fin, qué se le va a hacer. Que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos.

             Argumentos como éste y otros no menos novedosos, puede encontrar Vd. en mi último libro “Historia desconocida del Descubrimiento de América. En busca de la Nueva Ruta de la Seda”.

 

 

            ©L.A.

            Si deseaponerse en contacto con el autor, puedehacerlo en encuerpoyalma@movistar.es. En Twitter  @LuisAntequeraB