El Papiro Rylands, cuyo nombre de catálogo es P52, es uno de los grandes tesoros, si no “el gran tesoro”, de la Biblioteca John Rylands, de Manchester. Consiste en un pequeño pedazo de papiro que recoge unos breves pasajes del Evangelio de Juan, y constituyen el fragmento de cualquiera de los cuatro evangelios más antiguo nunca hallado hasta la fecha.

            Lo primero que ha de decirse es que se trata de un trozo de papiro. El papiro, de donde por cierto, viene la palabra “papel” (en inglés la relación es aún más evidente al decirse “paper”), fue el elemento comúnmente utilizado para la escritura desde el año 3000 a. C. y hasta el s. XI d.C., aunque ya desde el s. V es paulatinamente sustituído por el pergamino, y se obtiene de una planta acuática de idéntico nombre.
 

            Por lo que se refiere a nuestro P52, hablamos de un fragmento muy pequeño,  (ver en las fotografías, arriba el anverso, abajo el reverso, a tamaño prácticamente real), escrito por las dos caras, en una de las cuales leemos parte de Jn. 18, 31-33, a saber:
 
            “[…] los judíos: «Nosotros no podemos dar muerte a nadie.» Así se cumpliría lo que había dicho Jesús cuando indicó de qué muerte iba a morir.
            Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: «¿Eres tú el rey de los judíos?»”.




            Y en el reverso, parte de Jn. 18, 37-38, a saber:
 
            “[…] soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.»
               Le dice Pilato: «¿Qué es la verdad?» Y, dicho esto, volvió a salir hacia los judíos y les dijo: «Yo no encuentro ningún delito en él”.
 
            Coinciden los expertos en que fue escrito en los primeros años del s. II, y aunque algunos se atreven a datarlo en el reinado de Trajano, por lo tanto antes del 117, por la morfología de su escritura lo más probable parece que pertenezca al período adriánico, por lo tanto entre el 117 y el 138 d.C.. Algo que, en cualquier caso, tiene muchas implicaciones, pero dos de la máxima importancia.
 
            Por la primera, el Papiro Rylands desmiente a los exégetas que se habían manifestado a favor de una datación muy posterior del Evangelio de Juan, los cuales, basados tal vez en que la primera mención explícita al mismo se halla en San Ireneo hacia el año 180, situaban la obra en las postrimerías del s. II. Y contribuye, por el contrario, a emplazar su realización en los años finales del s. I, una datación que coincide plenamente con la tradición, según la cual, la habría redactado el apóstol Juan en sus últimos años de vida, concluída en torno al año 100. 
 
            Por la segunda, el Papiro Rylands representaría una de las primeras copias del Evangelio de Juan, de cuyo manuscrito original le separarían apenas unos pocos años, diez o veinte, no más. Lo que a su vez, representa un hito difícilmente superable de cercanía entre el manuscrito de una obra clásica y su copia más antigua conocida. Sólo a modo de ejemplo, tal diferencia, según acostumbra a señalarse, es tan grande como 1.600 años en las obras de Eurípides, 1.400 en las tragedias de Sófocles, o 1.300 en los escritos de Platón.
 
            El Papiro Rylands fue hallado en Egipto. Al respecto, no está de más señalar que, según la tradición, Juan escribió su Evangelio en Efeso, a varios miles de kilómetros. Fue adquirido en un mercado egipcio, junto con otros objetos, por Bernard Grenfeld, cosa que ocurrió en 1920. Si bien hasta que en 1934 Colin H. Roberts lo tradujo, no se fue consciente del contenido del fragmento papiráceo. Fácil de imaginar la cara que se le quedó al traductor al descubrir el texto que traducía.
 
            Está escrito en griego, que es, salvo quizás el de Mateo en una primera versión, como se escribieron los cuatro evangelios. Mide apenas 8,9x6 cms., es decir, poco más que una tarjeta de visita. A tenor de de su tamaño y del de la letra que contiene, se ha calculado que pertenece a una página que mediría 16x21 cms., y que el Evangelio de Juan del que procede se contendría en un tomo de unas 130 páginas. Y reviste otra importante curiosidad: los restos que lo acompañan permiten afirmar que pertenece a un códice y no a un rollo, lo que indicaría que los cristianos habrían adquirido muy tempranamente esta manera de encuadernar, la del libro que conocemos hoy en día en definitiva, en detrimento del sistema del rollo, tan afín a la tradición judía. Otro dato que añadir a la temprana separación de la nueva religión respecto del tronco judaico del que procedía.
 
 
            ©L.A.
           
 
 
 
 
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