Martes, 25 de junio de 2024

Religión en Libertad

Ex portavoz del Vaticano

Joaquín Navarro-Valls: «Juan Pablo II y Pablo VI también se plantearon la renuncia»

Joaquín Navarro-Valls
Joaquín Navarro-Valls

Darío Menor / La Razón

El cartagenero Joaquín Navarro-Valls fue portavoz de Juan Pablo II durante 22 años y también ejerció esta responsabilidad durante los primeros compases del pontificado de Benedicto XVI. Considera que no hay contraposición entre ambos Pontífices y desvela que el Papa Wojtyla y Pablo VI también se plantearon la renuncia. Desvela además que la canonización de Juan Pablo II será pronto, pues «ya hay algunos milagros» logrados supuestamente gracias a su intercesión que ahora deben ser estudiados por la comisión médica.

-¿El hecho de que Benedicto XVI haya renunciado a su pontificado supone una contraposición respecto a su antecesor, Juan Pablo II?
-No existe ninguna contraposición. El hecho de que un Pontificado termine con la muerte es solamente un dato histórico pero no jurídico: el derecho propio de la Iglesia contempla esa posibilidad, que está recogida en el Código de Derecho canónico vigente que promulgó en 1983 Juan Pablo II. La sorpresa radica en que nos habíamos acostumbrado a considerar la costumbre como una norma de derecho divino. Y no es así.

-¿Le comentó alguna vez Juan Pablo II si se planteó la renuncia al solio pontificio?
-Sí. Juan Pablo II se había planteado el tema como también Pablo VI. En términos jurídicos, como le decía antes, el tema estaba resuelto. Pero ambos a causa de edad y de salud, se lo habían planteado también a nivel existencial. Y ambos eligieron un camino análogo: dejar un documento escrito al Colegio de Cardenales quien debía decidir si había una imposibilidad real para continuar a ejercer el ministerio Pontificio. El enorme valor de Benedicto XVI es el de no dejar a otros la constatación de lo que para él mismo es evidente: aquella gran falta «de vigor en el cuerpo y en el ánimo» que le impide el ejercicio de su ministerio. Este Papa, que debe iluminar la vida de mil doscientos millones de católicos, ha perdido completamente la vista de un ojo; hay problemas cardíacos serios; caminar le es cada día más difícil...

-¿Cómo valora el gesto de Benedicto XVI?
-Es algo extraordinario y, a la vez, tremendamente humano. Como es magnífica la elegancia, sobriedad y elocuencia del modo como lo hizo público. Recuerdo que al inicio de su Pontificado dijo en su primera homilía: «Yo, pero ya no más yo». Es lo que ahora vemos no con palabras sino en su propia vida.

-¿Qué cree que pensaría Juan Pablo II al ver lo que ha hecho su sucesor?
- Me pide usted una hipótesis imposible: interpretar lo que hoy, desde la eternidad, pensará Juan Pablo II a la luz de la particular visión que un santo tiene junto a Dios. Pero salvando esa imposibilidad, diría que habrá acompañado a Benedicto XVI en esa decisión. Él que, precisamente con el entonces Cardenal Ratzinger había hablado de este mismo tema.

-¿Le quita sacralidad al cargo de obispo de Roma el hecho de que Benedicto XVI renunciara?
-La sacralidad permanece intacta: por eso estaba ya prevista en el derecho propio de la Iglesia. Si no fuera así, nos encontraríamos en el absurdo de una ley de la Iglesia que, si ejercida prácticamente, arruinaría a la Institución. Creo que hay que ver todo esto por encima y más allá de las emociones. Claramente el Papa que ahora venga no tendrá que restaurar nada porque nada ha sido demolido. La voluntad de Dios se puede manifestar tanto con la muerte, como con una fragilidad permanente. Es lo que el mismo Benedicto XVI nos dijo, elegantemente y con carencia absoluta de protagonismo personal, en su último Ángelus: «Si Dios me lo pide...»

-¿Qué características debería reunir el nuevo Pontífice?
-Es un tema que, frente al impresionante Juicio Universal de la Sixtina se plantearán los cardenales electores. Y no los envidio. Pero al mismo tiempo hay parámetros que parecen evidentes: edad, dominio de cuatro a cinco idiomas, densidad de pensamiento teológico mostrado en obras publicadas, pasión apostólica y misionera, experiencia pastoral... Y aquella gran cualidad imprescindible que es la certidumbre de ser incapaz de realizar el ministerio universal de un Papa.

-¿Cuáles son los desafíos más importantes que deberá afrontar en el gobierno de la Iglesia?
-Basta conocer nuestra cultura actual –mejor, las distintas culturas de nuestro tiempo- para responder a esa pregunta. El diagnóstico es fácil de hacer. Las incógnitas residen en la terapéutica. Precisamente un Papa debe iluminar el modo de aplicar los remedios –humanos y espirituales– para aplicarla.

-¿Veremos pronto la canonización de Juan Pablo II?
-Creo que sí. Ya hay algunos milagros que ahora deberán ser estudiados por la comisión médica.

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