Las apasionadas palabras de León XIV en Guinea: «¡Qué hermoso estar todos unidos!», dice en español
El Papa hizo un improvisado discurso mientras bendecía la primera piedra de una iglesia en Guinea Ecuatorial.
Antes de entrar en la iglesia, el Papa lanzó al aire un rosario hecho con globos de aire.
En su segundo día en Guinea Ecuatorial, el Papa León XIV presidió la Eucaristía en la basílica de la Inmaculada Concepción de Mongomo, el edificio religioso más grande de África central.
Durante la homilía animó a los fieles a vivir sin temor la misión cristiana, exhortándolos a "anunciar y dar testimonio del Evangelio".
Antes de comenzar la misa, el Pontífice se detuvo para bendecir la primera piedra de la futura catedral de Ciudad de la Paz, un gesto simbólico que marcó el inicio de uno de los proyectos eclesiales más significativos del país.
"El futuro de Guinea pasa por las decisiones que ustedes toman; está confiado a su sentido de la responsabilidad y al compromiso compartido de custodiar la vida y la dignidad de cada persona", señaló el Papa.
Saludo y bendición antes de la Santa Misa en Mongomo
Buenos días. Un saludo muy grande a todos ustedes. Agradezco su presencia, ¡qué hermoso encontrarnos todos unidos para alabar al Señor, para dar gracias por sus dones, para recibir su bendición!
Es un día bendecido por el Señor. Ahora, en este momento, en la presencia de todos ustedes, queremos pedir la bendición sobre cada uno de ustedes y sus familias: vamos a hacerlo durante la celebración de la Santa Misa. Pero en este momento queremos pedir la bendición del Señor sobre esta primera piedra traída aquí, que será utilizada para iniciar la construcción de la futura catedral o iglesia de la Ciudad de la Paz.
Puedes escuchar aquí las improvisadas palabras del Papa.
Nosotros queremos renovar nuestra fe, queremos renovar nuestro compromiso de seguir a Jesucristo, con fidelidad, en su Iglesia —en la Iglesia católica—. ¡Estar todos unidos siempre en la Iglesia católica!
Y entonces vamos a pedir la bendición del Señor.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
Derrama Señor tu bendición sobre todo tu pueblo, hoy de manera especial sobre esta piedra que representa lo que es la fuerza de la fe, la fuerza que nos une, la fuerza que hace de nosotros hermanos y hermanas en Jesucristo, hijos e hijas del único Dios.
Que Dios los bendiga en este día, que bendiga esta piedra, que nos ayude a estar siempre unidos en el amor del Señor: Él que nos ha creado, Él que nos ha hecho sus hijos, Él que nos acompaña siempre.
Y la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre esta piedra y sobre todos ustedes siempre.
Homilía del Papa
Queridos hermanos y hermanas:
En esta espléndida basílica catedral, dedicada a la Inmaculada Concepción, Madre del Verbo encarnado y Patrona de Guinea Ecuatorial, nos hemos reunido para escuchar la Palabra del Señor y celebrar el memorial que Él nos ha dejado como fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia. La Eucaristía contiene verdaderamente todo el bien espiritual de la Iglesia: es Cristo, nuestra Pascua, que se nos entrega; es el Pan vivo que nos sacia; es la presencia que nos revela el amor infinito de Dios por toda la familia humana, que sigue saliendo también hoy al encuentro de cada hombre y mujer.
Me alegra poder celebrar junto con ustedes, dando gracias al Señor por los 170 años de evangelización en estas tierras de Guinea Ecuatorial. Se trata de una ocasión propicia para recordar todo el bien que el Señor ha realizado y, al mismo tiempo, deseo expresar mi gratitud a los numerosos misioneros, misioneras, sacerdotes diocesanos, catequistas y fieles laicos que han entregado su vida al servicio del Evangelio.
Durante la misa en Guinea Ecuatorial.
Ellos han acogido las expectativas, las preguntas y las heridas de su pueblo, iluminándolas con la Palabra del Señor y convirtiéndose en signo del amor de Dios en medio de ustedes; con su testimonio de vida, han colaborado a la venida del Reino de Dios, sin miedo a sufrir por su fidelidad a Cristo.
Es una historia que no pueden olvidar, que, por un lado, los une a la Iglesia apostólica y universal que los precede y, por otro, los ha acompañado para que ustedes mismos se conviertan en protagonistas del anuncio del Evangelio y del testimonio de la fe, cumpliendo aquellas palabras proféticas pronunciadas en tierra africana por el Papa san Pablo VI: «Vosotros africanos, ya sois misioneros para vosotros mismos. La Iglesia de Cristo está verdaderamente arraigada en esta tierra bendita» (Homilía al concluir el Simposio de Obispos de África, Kampala, Uganda, 31 julio 1969).
Desde esta perspectiva, están llamados a continuar hoy el camino trazado por los misioneros, los pastores y los laicos que los han precedido. A todos y a cada uno se les pide un compromiso personal que abarque la vida por completo, para que la fe, celebrada de manera tan festiva en sus comunidades y en sus liturgias, alimente sus actividades caritativas y la responsabilidad hacia el prójimo, para la promoción del bien de todos.
Este compromiso requiere perseverancia, cuesta esfuerzo, a veces sacrificio, pero es el signo de que somos verdaderamente la Iglesia de Cristo. La primera lectura que hemos escuchado nos narra en pocos versículos cómo una Iglesia que anuncia con alegría y sin temor el Evangelio es también una Iglesia que, precisamente por eso, puede ser perseguida (cf. Hch 8,1-8). Pero, por otra parte, el mismo libro de los Hechos de los Apóstoles nos dice que, mientras los cristianos se ven obligados a huir y se dispersan, muchísimos se acercan a la Palabra del Señor y pueden ver con sus propios ojos que los enfermos en el cuerpo y en el espíritu son sanados. Esos son los signos prodigiosos de la presencia de Dios, que generan gran alegría en toda la ciudad (cf. vv. 6-8).
Así, hermanos y hermanas, aunque las situaciones personales, familiares y sociales que vivimos no siempre sean favorables, podemos confiar en la obra del Señor, que hace brotar la buena semilla de su Reino por caminos que desconocemos, aun cuando parece que todo a nuestro alrededor es estéril, e incluso en los momentos de oscuridad. Con esta confianza, arraigada más en la fuerza de su amor que en nuestros méritos, estamos llamados a permanecer fieles al Evangelio, a anunciarlo, a vivirlo en plenitud y a dar testimonio de él con alegría. Dios no nos privará de los signos de su presencia y, una vez más, como nos dijo Jesús en el Evangelio que acabamos de escuchar, será para nosotros “el pan de vida” que saciará nuestra hambre (cf. Jn 6,35).
¿Cuál es el hambre que sentimos? ¿De qué tiene hambre hoy este país? El lema de mi visita es “Cristo, Luz de Guinea Ecuatorial, hacia un futuro de esperanza”, y quizá precisamente este sea hoy el hambre mayor: hay hambre de futuro, pero de un futuro habitado por la esperanza, que pueda generar una nueva justicia, que pueda dar frutos de paz y fraternidad. Y no se trata de un futuro desconocido, que debamos esperar de forma pasiva, sino de un porvenir que precisamente nosotros, con la gracia de Dios, estamos llamados a construir. El futuro de Guinea pasa por las decisiones que ustedes toman; está confiado a su sentido de la responsabilidad y al compromiso compartido de custodiar la vida y la dignidad de cada persona.
Es necesario, por tanto, que todos los bautizados se sientan implicados en la obra de evangelización, se conviertan en apóstoles de la caridad y en testigos de una nueva humanidad.
Puedes ver aquí completa la misa del Papa.
Se trata de participar, con la luz y la fuerza del Evangelio, en el desarrollo integral de esta tierra, en su renovación, en su transformación. Son muchas las riquezas naturales que el Creador les ha dado; los exhorto a cooperar para que puedan ser una bendición para todos. Que el Señor los ayude a convertirse cada vez más en una sociedad en la que cada uno, según sus respectivas responsabilidades, trabaje al servicio del bien común y no de intereses particulares, superando las desigualdades entre privilegiados y desfavorecidos. Que crezcan los espacios de libertad y que se salvaguarde siempre la dignidad de la persona humana; pienso en los más pobres, en las familias en dificultad; pienso en los reclusos, a menudo obligados a vivir en condiciones preocupantes de higiene y de sanidad.
Hermanos y hermanas, se necesitan cristianos que tomen en sus manos el destino de Guinea Ecuatorial. Por eso quiero animarlos: ¡no tengan miedo de anunciar y dar testimonio del Evangelio! Sean ustedes los constructores de un futuro de esperanza, de paz y de reconciliación, continuando la obra que los misioneros comenzaron hace 170 años.
Que la Virgen María Inmaculada los acompañe en este camino. Que ella interceda por ustedes y los haga discípulos generosos y alegres de Cristo.